Crónicas de Navia en la Asturias española

Crónicas de Navia en la Asturias española

27 de agosto del 2016

“Y en mia casa mando yo…, cuando la muyer nun tá”

Refrán asturiano

España estuvo sometida entre los siglos VIII y XV al yugo musulmán, ocho luengos siglos de ocupación islámica. La región norte de la Ibérica se jactaba por entonces diciendo “Asturias es España y el resto tierra conquistada”; y es que desde el siglo VIII con pies y manos sus habitantes, encabezados por el rey Pelayo, organizaron decidida resistencia a la invasión mediante una forma de intifada y luego de combates directos, que hicieron recular el poderoso ejército musulmán. Menos influencia tuvo, entonces, en Asturias la cultura de ocupación. Por ejemplo, el idioma castellano quedó fuertemente impregnado de palabras y fonética árabe; la muy gutural “jota” no existe en la lengua asturiana, ampliamente hablada, tiene, así como el gallego practicado en el vecindario, una consonancia más asimilable al portugués.

foto

El Principado de Asturias es una región de origen celta, pletórica de atractivos turísticos y culturales, con bellos pueblos y ciudades como Oviedo su capital, Gijón y Avilés. Goza de una estupenda gastronomía con platillos de fuertes ingredientes proteínicos propios de una región de lluvias abundantes y bajas temperaturas en invierno. El cerdo se degusta de múltiples formas: apetitosos chorizos, morcillas, longanizas y, por supuesto, en los renombrados jamones ibéricos. Es muy corriente ver en cada hogar la “pata” de jamón que se rebana día a día y a lo largo del año. Ni hablar de la enorme variedad de mariscos y pescados de los que abunda el mar Cantábrico que baña la región. La “fabada asturiana” es la reina de la culinaria tradicional: grandes fríjoles blancos guisados con frutos de mar con pescado o cerdo; una delicia de gran valor calórico que más vale consumir con prudencia. Y ni qué decir del pulpo que se consume en todas sus formas, siendo, a mi gusto, con pimentón picante su mejor versión. Las verduras son poco apetecidas, el rezago socio-cultural de siglos anteriores está aún presente, eran pitanza de pobres, la nobleza consumía carnes. En el inconsciente colectivo son aún poco dignas. Por ejemplo, el maíz es, en general, comida de animales, los asturianos lo desdeñan en sus cocinas, muy al contrario de la papa –patata, por esos lares– que está muy presente en sus platos, una buena asimilación de este tubérculo traído de la América colonial, así como el tomate, el cacao y el mismo pimentón. Y de postre, la riquísima “venera”, típica de Navia, una tarta seca de almendras que este pueblo de inmigrantes huyendo de las penurias económicas en el siglo XIX llevaba en los barcos como suministro nutricional del largo viaje.

El pueblo de Navia, que he tenido la fortuna de visitar en varias ocasiones, es un asentamiento identificable celta en el siglo VI ac, un buen arquetipo del pueblo asturiano. Un municipio  ganadero, pesquero y astillero.

Es cuna del poeta y político Ramón de Campoamor, posee unos 9.000 habitantes que se dan a grandes fiestas locales en época estival, como buena parte de pueblos y ciudades españoles. Disfrutar de su periodo veraniego es placer inusitado: días soleados en la multitud de bellas playas que posee, al tiempo que se participa de los muchos festejos tradicionales, la alegría y las manifestaciones gastronómicas. Claro, con el asiduo acompañamiento de la ancestral “sidra”: una bebida fermentada de la manzana que abunda en la región. Poco alcoholizada, agradable, refrescante y, a la postre, embriagante dadas las altas dosis ingeridas en cada sesión de jolgorio. El arte consiste en “mazarla”, “escanciarla”, es decir, en verterla en delgado chorro, con gran estilo y puntería, desde lo alto con el brazo bien estirado hasta hacerlo golpear firmemente el borde de un vaso grande y muy delgado que se sostiene en la mano del brazo opuesto; se oxigena así la bebida confiriéndole su especial gusto agridulce. Luego, el vaso se rota amistosamente entre los participantes de la gesta embriagante. Es corriente ver los charcos formados por las gotas que inevitablemente escapan en el choque con el vaso o por la falta de tino de algunos inexpertos bebedores. Un verdadero placer de sabor y simpático espectáculo que con gran camaradería sus habitantes se ofrecerán a enseñarle al turista.

El súmmum de los jolgorios veraniegos es la “Fiesta de la Virgen de la Barca”, en donde la imagen de la santa patrona es llevada en hombros a lo largo del pueblo entre trepidantes cohetes de pólvora, vistosos y elegantes trajes típicos y bandas musicales en donde predomina la gaita, instrumento de origen celta que con estridente melodía alegra fiestas, contentos y tristezas de la región, un lánguido y agudo sonido que evoca en sus sobrias tonalidades tradición y recuerdos pastoriles, creando un ambiente bucólico que embarga de tintes de melancolía a quien escucha. Difícil al oído no entrenado diferenciar una tonada de otra a lo largo de las prolongadas sesiones musicales.

Recoge la leyenda del siglo XIII que en las costas de Navia unos pescadores a punto de perecer en una tormenta, se encomendaron a la virgen María y esta provocó una gran ola que los arrojó sobre una peña junto con su estatua y su niño; un milagro que desde entonces el pueblo agradecido conmemora anualmente con veneración festiva a esta protectora a quien denominaron “La Virgen de la Barca”.

Pasean la virgen por la desembocadura del río Navia por allí en donde el mar Cantábrico penetra el río, cambiándole de rumbo a su amplio estuario fluvial en sus mareas altas, anegándolo y convirtiéndolo en ría que baña el pueblo y alrededores y haciendo una mezcla de mar y río, de aguas saladas y dulces.

Es, obviamente, una celebración de emanación religiosa en la que todo tipo de gentes y autoridades participan. En primera fila de la procesión avanza de paso firme el alcalde del pueblo, muy al lado del clero, de los burgueses, de los campesinos y de los aldeanos. En ese desfile de ostensible carácter religioso, con solemnidad, llevan en ancas a su reina y patrona anualmente desde hace siete siglos. No forzosamente la virgen marca un contenido religioso en los muchos participantes o en el público observador, ella es más bien un símbolo unificador del pueblo y garante de hermandad y tradición cultural, así como también lo es la romería de la virgen del Rocío en Andalucía, o las peregrinaciones hacia Santiago de Compostela o, más generalizado aún en el mundo “católico” la navidad. En realidad es una fiesta pagana que permite con hilaridad y sentido de comunidad entregarse a gestas estivales en donde jóvenes y viejos participan del barullo y la parranda, creando nexos de amistad, sin intención deliberada de que este símbolo sea de real semántica o convicción creyente. Es a mi gusto un buen destino de la religión, en lugar del dogmático, del irracional de fe y retrógrado que todavía marca (o intenta) otras regiones del mundo. La tradición cultural primando y valiéndose de lo religioso, y controvirtiendo la exterioridad.

Tan pagana esta virgen y su homenaje como el nombre del pueblo Navia que toma su origen de la diosa celta de la fertilidad y la abundancia. Diosas que se dan cita cada año para animar alegrías, para iluminar festividades y no para convocar creencias religiosas. La liturgia tradicional y sus vestimentas son sólo instrumentos que se ponen al servicio de lo divertido, pretextos para lanzarse en celebraciones del mar, de la parranda, de la sidra, de la buena gastronomía, de la amistad, lejos, muy lejos, de la hostia y sus desmanes irracionales.

¡Joder, qué viva la fiesta!

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.