Augusto Ramírez Ocampo

19 de junio del 2011

In Memoriam

Quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo sabemos de su tenacidad, inteligencia, humanidad y, sobre todo, de su patriotismo abnegado por Colombia. Muchas de las charlas que, en ambiente académico, entablé con Augusto Ramírez Ocampo me llevaron a admirarlo profundamente, a seguirlo atentamente y a aprender de cada una de sus invaluables palabras. Sus consejos, cortos pero profundos, fueron fundamentales para construir mi opinión sobre vastos temas de la realidad nacional, siempre pensando en los más altos intereses de la nación.

Fue mucho, demasiado, lo que este diplomático y constitucionalista consagrado le brindó a Colombia en varios campos de la vida nacional. Sus esfuerzos permanentes en la búsqueda de la paz, con una visión nada ingenua, sino más bien estratégica y sofisticada, permitieron abrir caminos importantes en coyunturas muy difíciles para el país. De igual forma, su visión constitucional y su gran capacidad para lograr consensos fueron fundamentales en la elaboración de la Constitución de 1991, posiblemente su más grande legado.

También se destacó por sus habilidades gerenciales en la administración pública. Como alcalde de Bogotá, hizo grandes transformaciones reconocidas por unos y otros; gestó, como visionario que fue, uno de los símbolos más representativos de la ciudad: la ciclovía. Como Ministro de Desarrollo, en el gobierno de Andrés Pastrana, demostró su capacidad para emprender la recuperación económica y manejar temas sensibles relacionados con la construcción de vivienda de interés social y el impulso a sectores económicos marginados. Pero, principalmente, como diplomático dejó un sello imborrable en Colombia y América Latina.

El mundo de la diplomacia latinoamericana no podrá olvidar el esfuerzo sincero de Ramírez Ocampo en el apaciguamiento de la conflictiva Centro América. Fue pieza fundamental del Grupo de Contadora, que buscaba frenar la violencia en dicha región y para lo cual adelantó acciones permanentes y sistemáticas que lograran el loable objetivo. También fue parte de la Comisión que supervisó la aplicación de los acuerdos de paz de El Salvador entre 1992 y 1994; representante personal del secretario general de la Organización de Estado Americanos (OEA) y Jefe de la Misión para la Reinstauración de la Democracia en Haití; y Canciller de Colombia en épocas muy difíciles y turbulentas para el país.

Sus profundos conocimientos teóricos y prácticos lo llevaron a convertirse en una de las personas con mayor autoridad en temas de Paz, de diplomacia y de defensa de la Constitución Política del 91. Sus palabras se convirtieron en un punto obligado y necesario para cualquier discusión sobre estos asuntos, a tal punto que era una voz común en foros, entrevistas, medios de comunicación e informes internacionales.

Cada una de sus intervenciones se convertía en una clase magistral que obligaba a reflexionar de inmediato a los asistentes y, que venidas de su boca, pesaban mucho más. Siempre se caracterizó, y lo seguirá haciendo, por su envidiable sinceridad y nobleza, anteponiendo sus principios a cualquier debate político o personal. Su vida se constituye en ejemplo para las nuevas generaciones y sus consejos en una guía para afrontar las circunstancias difíciles que se presenten en el acontecer nacional. La calma y el buen pulso ante las situaciones más espinosas y complicadas, serán también uno de sus sellos característicos.

Los miles de estudiantes que pasaron por su salón de clase son muestra de su vocación de enseñanza, de su gran capacidad oratoria y argumentativa y de su compromiso perenne en la formación de las nuevas generaciones. Su legado está inscrito en esos jóvenes que tuvieron el privilegio de recibir sus enseñanzas.

Augusto Ramírez Ocampo fue también y ante todo un gran conservador. El partido tuvo el privilegio de contar en su militancia con este prohombre, que en todos los cargos que ocupó, privados y públicos, siempre dejó en alto el nombre de los conservadores, como baluarte de la defensa de los derechos humanos y los principios constitucionales. Sin duda, para el partido es una gran pérdida, pero también les deja una gran responsabilidad de manejar su legado político.

Recuerdo una conversación sobre los Leopardos que tuve con él, en la cual me relató con precisión la personalidad de su padre, Augusto Ramírez Moreno, fundador de este grupo de principios del siglo XX, y a través de la cual pude sentir el amor profundo y la admiración infinita que sentía hacia su padre y la obra que realizó durante su vida. De lejos, fue este ejemplo de vida el que lo marcó y lo impulsó a trabajar arduamente por este país. Como su padre, Augusto Ramírez Ocampo dejó marcado su nombre en la historia de los grandes hombres en la vida republicana de nuestro país.

Mi abuela, Cecilia Londoño Ocampo, alguna vez me dijo que nuestra estirpe tenía hombres y mujeres muy valiosos para Colombia; que debía estar orgulloso de mi familia y de las ideas que representaban. Puedo decir hoy que mi abuela tenía razón, uno de esos hombres grandes fue Augusto Ramírez Ocampo y a pesar de que mi limitado vínculo con él, estuvo sustentado en la academia, compartimos esos principios que nos inculcaron en el seno de nuestra gran familia.

Colombia perdió a un grande, ojalá sepamos cómo administrar todas sus valiosas y numerosas enseñanzas. Gracias Augusto Ramírez Ocampo por una vida entregada al servicio de nuestra nación.

Escolio: Fue vergonzosa la audiencia de versión libre que la Comisión de Acusaciones citó para escuchar al expresidente Álvaro Uribe Vélez. En una actitud claramente dilatoria, la defensa de Piedad Córdoba buscó por todos los medios impedir que Uribe hablara y los ilustres representantes investigadores fueron su mayor soporte. ¿Qué garantías tiene el expresidente ante una comisión que, presionada por intereses específicos, no hace cumplir a cabalidad la norma constitucional, legal y sustentada en providencia de la Corte Suprema de Justicia? Además, asusta la sonrisa malévola del hijo del ¨mártir¨, que en primera fila se jactaba de haber cumplido su caprichoso objetivo. Una muestra más de la combinación de todas las formas de lucha. Patético episodio de nuestra historia republicana.

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