Un dedo de azafato para revolver el café

30 de marzo del 2011

Azafato con piedra

La percepción de las cosas que tienen los pasajeros y que tienen los auxiliares de vuelo pueden ser muy distintas.

Después del almuerzo, el pasajero que va acomodado en la tercera fila escuchando música para relajarse, decide abrir los ojos y oprimir el timbre de llamada y pedir un “tintico”. El cabinero contesta el llamado y cuando regresa a entregar la taza humeante, al pasajero sentado en la segunda fila le dan ganas y también pide un cafecito… negro, sin nada. El que pidió inicialmente el tintico observa cómo al tripulante le cambia el rostro de color blanco a rojo, hace gestos de desespero y tuerce los ojos en un gesto de impaciencia antes de levantar las manos y finalmente marcharse molesto en busca del café.

¡Qué mal servicio! –comenta el pasajero en fila tres a su vecino.

Pero esperen, ahora veamos el asunto desde el punto de vista de Rigoberto, un tripulante que yo observaba desde antes del incidente, porque se notaba desanimado.

Al empezar el servicio de comidas, Rigoberto ya había recorrido la cabina unas siete veces de ida y seis de vuelta revisando equipos de emergencia e implementos de cabina, sugiriendo maneras de acomodar  maletas, indicando números de sillas correctas, revisando cinturones de seguridad, llevando vasos de agua, entregando documentación y contestando que el vuelo de Miami a Quito duraría alrededor de cuatro horas, que despegamos 35 minutos retrasados por el mal tiempo y que nosotros no podíamos hacer nada al respecto.

Cuando terminó el servicio ya había repartido alrededor de 80 comidas y/o bebidas de todo tipo y vuelto a pasar por la cabina ofreciendo agua y café. Al final, ya había pasado una última vez recogiendo basura.

Rigoberto le comentó a Magolita, nuestra compañera de trabajo, que le molestó que el pasajero de la segunda fila le hiciera perder el tiempo al hacerse el gringo y no querer  hablar en español a pesar de que casi no se le entendía el inglés.

–¿Guat du yu sei? Ay don onderstan –respondió cuando le ofreció pollo o carne.  Rigoberto es muy bueno para imitar a los pasajeros  y Magolita se destornilló de la risa.

A continuación desarmaron el carro, guardaron los productos en sus puestos, pusieron en su sitio los vasos y tazas y… Ring, sonó el timbre. Rigo, así le decimos los amigos, fue a la tercera fila donde el señor que no se molestó en contestar cuando le ofreció café, ahora decidió que sí quería tomar café. Hasta ahí la cosa era tolerable y normal. Regresó al galley, sacó la taza, nuevamente preparó café y se lo llevó al señor de la tercera fila. Justo en ese momento el señor de la segunda fila que se hace el gringo y antes no quiso nada para tomar, ahora quiere café. Después de expresar un poco airadamente sus sentimientos, Rigoberto regresó al galley.

Casi siempre las cosas no pasan a mayores, pero en ocasiones la situación se vuelve catastrófica, como ese vuelo a Quito. Para un tripulante, “sin nada” significa “sin nada”, pero no para el señor.  De muy mala gana, Rigo volvió al galley y trajo azúcar. Antes de que Rigoberto se marchara, el pasajero, molesto por la actitud descortés y al notar que no tenía con qué revolver, comete uno de los gestos más detestados por un azafato: lo tomó de la camisa y le dio uno, dos, pequeños jalones.

–No me trajo con qué revolver.

Rigoberto se volteó ya energúmeno y enloquecido de la ira. Aparentando estar calmado y frio, metió el dedo en la taza de café, lo revolvió fuertemente pero con cuidado de que no se derramara y con gran sonrisa miró al pasajero y le respondió:

–Listo señor, ¿algún otra cosa?

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