Bailar es pecado

14 de marzo del 2015

“La película ‘Bailando por la libertad’ actualmente en cartelera es conmovedora”.

“En un país regido por la represión

usaron la única arma que tenían para luchar por su libertad: la danza”

La película “Bailando por la libertad” actualmente en cartelera es conmovedora; nada tiene de producción hollywoodiana, ni sus grandes decorados, ni sus estrafalarios costos, pero sí en cambio un penetrante mensaje de denuncia del secuestro de los derechos humanos y de privación de la libertad de expresión en la república islámica de Irán. Qué fácilmente extrapolable es a otras naciones confesionales o de corte tiránico, como infortunadamente abundan en el planeta y en nuestro vecindario.

En los países asolados por la calamidad musulmana como régimen de gobierno, el cuerpo es pecaminoso: su ostentación, su movimiento, su cadencia, su estética, la manera como se le viste y se le use. En particular, el cuerpo femenino debe ser ocultado porque porta en sí, según los anacrónicos preceptos musulmanes, la tentación que azuza a la violación del dictamen islámico, la máxima expresión de ética y ley. Al cuerpo hay que entonces envolverlo, emburkarlo, hacerlo invisible, para que Allah y sus fanáticos ayatolas no se ofendan. Transgredir estas imposiciones conlleva sanciones conducentes hasta la misma muerte; de tales menesteres de “decencia” obligatoria se encarga la policía moral y sus aliados los Basij, una fuerza paramilitar civil tan violenta y extremista como la primera.

En este desnaturalizado contexto el cuerpo es per se diabólico y promotor de pecado, sus acciones aún más; movimientos que comporten sugerencias eróticas son prohibidos y fuertemente reprimidos. La danza cuya esencia es la exhibición del cuerpo y que inherentemente posee una manifestación sensual, a fortiori está vedada, es considerada pecaminosa y veneno para la sociedad. Sonríe uno para paliar el llanto, al pensar que si hay desprecio por el cuerpo lo hay aún más por el intelecto, ese que no es permitido nutrir por fuera de las entorpecedoras suras del Corán. Se extasiarían los cristianos radicales viendo elevados a tan digna posición los versículos bíblicos con los que casi de manera única atiborran sus cerebros.

Los movimientos corpóreos expresivos y sin ataduras de un bailarín liberan mentes: las propias y las de quienes los observan; instalan peligrosamente un espíritu abierto y lo disponen a reflexionar sin sujeciones religiosas ni políticas (a menudo son las mismas o aliadas) para emprender rumbos liberadores. Ese cántico dancístico a la libertad se vuelve insoportable para un régimen religioso.

Por eso el iraní Afshin Ghaffarian que se siente atraído por la danza es peligroso para el régimen islámico, hay que cortarle las alas de libertad que a pesar de las tinieblas del despotismo le crecieron. La película narra su caso: es real e introduce al espectador en ese violento período en el que su pasión por la danza lo pone ad portas de la muerte y lo lleva al exilio.

A hurtadillas descubre YouTube y por él los censurados videos de Pina Bausch, Nureyev, Michael Jackson y Gene Kelly; su pasión se acrecienta al punto de crear un grupo de danza clandestino. Aberración imperdonable en ese ámbito de negación de la libertad individual. Irán invierte enormes sumas de dinero –del que ahora escasea por la desvalorización del petróleo– en fabricar solapadamente una asesina bomba atómica que no considera éticamente reprensible, pero castiga por inmoral a la danza. Matar no es pecado, danzar lo es.

La acción del filme se sitúa en el 2009 durante las elecciones presidenciales –entiéndase la farsa de democracia exhibida– en donde Musavi se enfrenta a Ahmadineyad, presidente en puesto e impuesto. El primero, de corte más liberal, seduce a la población joven, al estudiantado universitario y tiene amplias posibilidades de ganar. Como era previsible, el fraude triunfó: Ahmadineyad obtuvo la presidencia nuevamente por un amplio margen. A Musavi le correspondió la humillación y el encarcelamiento; en el que aún permanece. Desafiar ayatolas se paga con la vida o en el mejor caso con la tortura y la vida entre rejas.

En Irán la pérdida de libertad toma sustento de razones religiosas, otros países la pierden por diferentes resultas, pero los efectos son los mismos. Qué parecidos son los regímenes dictatoriales, ¿acaso no fueron los estalinianos, los hitlerianos, los maoístas, o los cubanos o venezolanos actuales de la misma calaña e igual nocividad? Los sistemas totalitarios impiden el desarrollo de la personalidad, anhelan tener una población de mentalidad en formato estándar y al servicio de la ideología oficial. Para ello, lo primero es impedir cualquier brote de crítica a los desmanes oficialistas. La represión es un acto que se justifica plenamente –según sus teorías– por la necesidad de disciplina de partido, según la cual se logran mejores patrias; justamente esas que nunca se alcanzan y que luego sus dirigentes disculpan diciendo que pudo haber excesos, pero que eran inevitables y necesarios.

En efecto, bailar es un pecado libertario porque pone la mente, influenciada por los movimientos corporales, en un estado de independencia, ese que prohíbe el Corán, y que a regañadientes soportan otras religiones. El cerebro, según sus fatuas teorías, no debe andar divagando libertades, debe ceñirse a los preceptos religiosos, a las suras coránicas (gemelas de los versículos bíblicos). Y tras de esa coacción que parece sólo de orden religioso se oculta con gran visibilidad, groseramente, la imposición política, la represión; esa que no duda en asesinar a quienes piensan diferente, o a quienes bromean de esa insensata sacralidad; tales hechos fueron causa de la reciente matanza en París en donde radicales islamistas no dudaron en masacrar por dizque sentir irrespetados sus disparatados ídolos.

Una mente liberada por el movimiento corporal se convierte en presa fácil de ideas audaces, innovadoras, de rechazo a la opresión, de repulsa a la legitimidad de embajadores de dioses que violentamente imponen arbitrarias normas. Hay, entonces, que acallar la danza y al pensamiento que es su consecuencia; privar los cuerpos de movimientos físicos y actuares mentales, son peligrosos para la continuidad de la imposición de la ideología oficial.

YouTube, totalmente prohibido por el régimen, resulta liberador porque incita a emancipaciones. Qué peligrosa es la libertad, qué amenazadores resultan para las dictaduras los medios de comunicación, por eso son los primeros que las satrapías amordazan, eliminan, toman a su control; pasquines como Pravda en la antigua URSS o el cubano Granma, aún vigente, son mera propaganda oficial en la que no se cuela ni un halo de libertad, o de algún germen que pueda contradecir la sacrosanta doctrina del Estado. A esos hay que acabarlos. Entonces una manifestación de libertad como la danza, que por dejar volar mente, o peor, transmitir ideas o favorecer la construcción de otras nuevas, se constituye también en elemento transgresor, en un alto riesgo para las dictaduras, un artificio por eliminar. El Irán islámico lo ha hecho.

Mi recomendación de asistencia a esta película dirigida a bailarines y espectadores críticos, y sobre todo a demócratas. Con una historia sencilla pero contundente, que por momentos se antoja ingenua, logra el cineasta mostrar el nefasto mundo de los islamistas que con demencial poder oprimen al pueblo en nombre de su dios. Ilustra el filme la represión del mundo de la danza que estos señorones encuentran pecado a sus creencias y atentado a sus ilimitados absolutismos. Que sirva esta historia narrada como toma de consciencia y antídoto contra émulos de estos vetustos designios. Que sirva también de denuncia a la salvaje destrucción de museos, bibliotecas antiguas, de la historia, y de todo aquello que no esté en sincronía total con el Islam. Tal es la vergonzosa tarea que realiza actualmente Isis, el terrorista Estado Islámico.

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