Banderas rojas

6 de julio del 2012

Y vuelvo a JDate, el sitio de citas para los judíos. Creo que por ser étnico no voy a encontrar locos acá y todo el mundo es de confiar. Una y otra vez conozco tipos que no son locos sino simples tontos, fracasados como yo que piensan que van a encontrar su pareja en internet. […]

Y vuelvo a JDate, el sitio de citas para los judíos. Creo que por ser étnico no voy a encontrar locos acá y todo el mundo es de confiar. Una y otra vez conozco tipos que no son locos sino simples tontos, fracasados como yo que piensan que van a encontrar su pareja en internet.

Barry es un abogado. Vive en West Orange, New Jersey. Me invita a visitarlo y para allá me voy. Me cuenta que es divorciado con dos hijos pero ellos no quieren visitarlo. No me extraña. En el suelo de la cocina están las bolsas del supermercado sin guardar. Las dos habitaciones de los hijos están llenas de basura encima de las camas. Y para mí, en mi locura, eso no es una bandera roja.

Me invita a una casa de verano que tiene en los Catskills. Yo obviamente, culipronta, voy. Lo quiero impresionar cocinando y me pongo a pelar papas. De pronto oigo un grito indignado. Hay un rayón en la fórmica de la cocina y dice que lo he hecho yo con el cuchillo. Trato de explicarle que yo no fui y sigue gritando.

Salgo de la casa con mi morral y me siento en un tronco. A los 15 minutos sale Barry y me pregunta si quiero dar una caminada. Lo que quiero es volver a Nueva York. Le digo que me lleve a la estación del bus. Primera y última vez en los Catskills. Meses después me contacta Barry y dice que le parezco conocida. No se acuerda de nuestros encuentros. Lo mando al carajo.

Dan negocia con monedas antiguas y relojes. Tiene un Rolex en la muñeca y un gato. Su casa es impecable. Es bien parecido pero sordo. Tiene audífonos con antenitas. Cuando llega a la casa tiene el ritual de acostarse en el piso de la casa y el gato le camina alrededor. Me gusta el Rolex y me gusta la casa. Sobre Dan, mejor no opino.

Es mi cumpleaños y Dan me invita a pasar el fin de semana en su casa. Me recoge en mi apartamento y nos dirigimos a Queens donde el vive. En el camino empiezo a pensar. Un fin de semana ¿con este tipo? ¿Pasar mi cumpleaños con este tonto? Se me prende un bombillo de alarma. Vamos bajando por Columbus Avenue y le pido que pare. Sin una explicación me bajo del carro y lo dejo plantado en medio de la calle. El tráfico lo obliga a arrancar. Adiós para siempre Mr. Rolex.

De este otro personaje juro que no me acuerdo de su nombre. Dice en su perfil que tiene una colección de huevos Fabergé. ¡Es rico! me cuenta que trabaja en una empresa de software y me invita a un restaurante en New Jersey. Me dice que me puede mandar una limusina a recogerme. Me tiene impresionada.

La limusina que llega es un taxi. Bandera roja. Pero como siempre, no escucho. Al llegar a New Jersey el taxi empieza un recorrido interminable para recoger al personaje en su casa. Vamos a un restaurante excelente. Es bailarín y en el restaurante bailamos un poquito. Paso la prueba.

Un día después repetimos el plan pero lo veo menos entusiasmado. Cuando tomamos el taxi de regreso lo dejamos a él primero en su casa. Le digo que estoy cansada de tenerlo que llevar y traer, que por favor la próxima vez él tome su propio taxi. Veo que se baja y está expectante. Se le ve nervioso. Quiere que yo pague parte de la carrera esta vez. Oídos sordos.

Al día siguiente una llamada. Es el personaje que me está botando. Me explica que con su sueldo no le alcanza para estar pagándome taxis y cenas. ¿Dónde quedaron los huevos Fabergé? No puedo creer que el tipo se atreva botar a una excelente pareja como lo soy yo. Estoy histérica de la risa y le digo ¿Are you breaking up WITH ME? ¿Estás rompiendo conmigo? sigo riéndome, no puedo creer que sea tan tonto de botarme A MI.

Por último está Ariel. Por internet me ha mostrado su dotación. Esta bandera es más roja que el mismo Chávez, pero como siempre, no escucho. Llega a mi casa armado de varios baretos y una botella de whisky. Trajo sus provisiones. Me cuenta que los fines de semana se traba, se emborracha y toca música en una organeta. Tiene un loro que se le para en el hombro cuando toca. Al día siguiente me dice que se quiere quedar en mi casa y pasar el día conmigo.

Por primera vez escucho la voz de mi conciencia. Yo, una alcohólica redimida y ex fumadora de bareto no puede estar con un tipo que consuma. Además es todavía más tonto que los demás. Le pido que se vaya. Y ahí empieza la llamadera. Durante 45 días me llama todos los días y me deja mensajes desesperados. Está enamorado de mí, quiere estar conmigo después de que nos entendimos tan bien aquella noche. Nunca contesto el teléfono.

Me empieza a dar miedo y llamo a la policía. Me regañan porque dejo entrar desconocidos a mi casa. Tienen razón. De todas maneras parece que visitaron a Ariel en su apartamento en Brooklyn y cesan las llamadas.

¿Aprendí de mis errores? No lo creo. Pienso que el problema es que estos tipos no viven en Manhattan. No más New Jersey, ni Queens ni Brooklyn. La próxima vez voy a refinar más mi búsqueda y mi seguro contra tontos será una restricción geográfica: para salir conmigo tienen que vivir en la ciudad.

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