Bateau ivre que viaja de la música a la escritura

26 de febrero del 2011

“Barco perdido entre la cabellera de ensenadas, el éter echado por la racha, no merecí el remolque de anseáticas veleras ni de los monitores, nave borracha” del poema de Rimbaud, que lleva al origen para recomenzar.  Son los vaivenes de ese barco los que guían la estructura de Revelado de Santiago Cepeda, ganador del Premio de Novela Joven Embajada de España-Colsánitas 2010, publicado por Norma.  El relato oscila, se desequilibra, al saltar de 1971 en París al 2001 en Bogotá; por sus varios narradores; al usar los epígrafes tomados de la poesía de Jim Morrison, Vincey James en la novela; con el diario alucinado de éste; por las veintisiete fotos (¿una por cada año de los que vivió James?) y los cuatro negativos encontrados en la bolsa que llevaba a todas partes el cantante, que dan origen a algunos capítulos.  Tambalea como las vidas de James y de Andrés Valls trágicos,  autodestructivos, que emulan a los poetas malditos, marginados y genios del fin del siglo XIX.

Esta obra de Cepeda no sólo obedece a los vaivenes de lo tortuoso; es impensable sin sus secretos.  La muerte por infarto o por sobredosis de James, calcada del fallecimiento del vocalista rockero de The Doors, que después de julio de 1971 ha sido visto presuntamente en Los Ángeles, deja muchos interrogantes.  Muerte pensada como necesaria para que James alcanzara el absoluto.  Después de haberse acercado al chamanismo, mientras aspiraba a ser vidente.

Secreto otro, el del diario de James que le llega a Andrés a través de Ilka Fázakas, antigua amante suya y del músico norteamericano: el texto aparentemente perdido aparece sin que sepamos cómo y se integra a la novela.  Revela la psiquis del cantante hecha de “palabras pobladas de espíritus custodios: la noche, la bruma, el cielo azul, el oeste, la mujer, la adolescente, el niño, las manos y los pies del hombre, el país de las almas, los órganos sexuales del hombre y la mujer”.   Es la memoria de un proyecto espiritual decidido a “montar en la serpiente que conduce al interior del ser, a lo más íntimo”, en el animal totémico poderoso y evocativo, sensual y fuerte que escogió a James y se adentró en su cuerpo.  Para que James, a su vez,  invadiera el cuerpo de Andrés Valls que imaginó que el cantante y él eran una misma persona.  Esotérico juego de dobles.

Casi escondido en la novela, como si hubiera sido secreto, el episodio de masturbación y exhibición de su sexo denunciado por algunos asistentes al concierto de James-Morrison que lo llevó a juicio y a París.  Antes de ser condenado, el cantante escapó a esa ciudad y sustituyó la música por la poesía, su pasión irrefutable.  Para seguir arriesgando el pellejo con una sola tirada de dados. Intentando, como Mallarmé, reconciliar las palabras con sus atributos musicales.

Seduce la narración de Cepeda, de experimentos, sin banalidad.  Me reconcilia con la joven literatura nacional.

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