Bogotá: “de moreno a oscuro”

23 de enero del 2011

La capital de la República Bananera termina hoy lejos de erigirse en la “Atenas Suramericana”, convertida en la ciudad donde conviven muy altos  grados de desgreño institucional y un permanente atropello al ciudadano, tornándola más que una ciudad para vivir, en un privilegiado espacio para sufrir.

El modelo de contratación aplicado en la capital de la República revela como el erario público cada vez se pone al servicio de los grandes “capos” de la contratación, que distribuyen los grandes embarques de “mordidas” a diestra y siniestra, dejando claro como las coimas forman parte de una mayor proclividad del “servidor público” de “cuello blanco” en Bogotá.

Por su parte, los órganos de control en la ciudad  evidencian la palmaria desprotección ciudadana para la vigilancia de lo público, incrementando la permisividad urbana frente a prácticas censurables, a la cual se suma la terca demora en la imposición de sanciones por parte de los órganos  de control y judiciales a nivel nacional. Ya va siendo hora que el país  piense en acabar con estas ruedas sueltas de la impunidad que son la personería y la contraloría distritales,  para  incorporarlas a un sistema  nacional de control y vigilancia territorial que obedezcan a procesos de selección realmente democráticos y basados en meritos de servicio a la comunidad, más que a una clase política para que todo siga igual.

Los anteriores paradigmas de desmadre capitalino cumplen roles aun más perversos en el micro-día de cada habitante de clase media y pobre de la devoradora  capital.  El peatón es apabullado por el caos que se sufre en cada cruce peatonal donde se realizan los megaproyectos  y particularmente los de Transmilenio.  Contratistas y entidades distritales olvidaron los códigos de la señalización peatonal  y en  esos puntos críticos no aparece la policía de tránsito ni por equivocación.

La pérdida  de las garantías de respeto a la dignidad ciudadana, se evidencia por desgracia en esta  concentración de obra física donde se fortalecen  preocupantes procesos de desaprendizaje de las rutinas cívicas que hacían hasta hace poco menos hostil a Bogotá. Los megaproyectos en construcción al olvidar el peatón, han arruinado practicas de convivencia y respeto cívico cuya interiorización y habituación demandaron un gran proceso de formación social y vastos recursos del rubro de educación ciudadana y convivencia.

Las modalidades de virulencia que aparecen a la vista pública no son más que la exacerbación de esa violencia diaria que la ciudad ejerce contra sus habitantes en los cada vez más escasos espacios de ejercicio, de uso y goce de lo colectivo.  Un ejemplo cada vez más notorio, lo constituyen la puja entre el vendedor ambulante, -su propia carencia de oportunidades laborales formales- y el apresurado peatón -cada vez más confinado-. Mientras que la administración distrital se aleja más de su tarea de gobernar y solo parece tener tiempo para defenderse.

Bogotá ha dejado de lado al ciudadano para convertirlo en contribuyente, en fuente de recursos “cartelizables” a través de la contratación  pública; dispensario de coimas, recomendaciones, contratos a dedo que  hipotecan el futuro colectivo de Bogotá como ciudad. Nuestra querida Bogotá, esta convertida hoy más que nunca, en un modelo de exclusión e incivilidad, en un escenario de mayor desconfianza ciudadana validada por la precaria presencia institucional, y en la consolidación  de paradigmas regresivos que desalientan el propio rumbo nacional.

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