Burundanga

21 de mayo del 2013

Después de intentar en vano conseguir taxi por teléfono, una chica sale a buscarlo en la calle, ¿qué le pasó? / Columna de Margarita Londoño.

Viernes, cuatro de la tarde, Bogotá. Después de intentar en vano conseguir taxi por teléfono, una chica sale a buscarlo en la calle. No puede esperar, llegará tarde a su compromiso.

Un carro, otro carro, otro…todos se niegan a llevarla. Van para un lugar distinto, ya están comprometidos o no hacen carrera para el centro. Finalmente aparece una cara amable, un taxista joven, no tiene ningún inconveniente en hacer la carrera.

Arranca y de inmediato entabla conversación. Todas las ventanas del taxi están cerradas. El hombre no para de hablar. Ella no le contesta, la tienen nerviosa sus continuas miradas por el retrovisor. Él no se inmuta, sigue hablando, se ufana de estudiar idiomas. Estira el brazo hacia el asiento de atrás y le pone frente en la cara un periódico. Mire, me la paso leyendo en inglés, dice, y sacude la publicación. Afortunadamente ella no se la recibe.

Inmediatamente se siente mal, baja la ventanilla para tomar aire. Tiene mareo, palpitaciones, ve luces, pero está consciente. Marca el celular de los amigos que la esperan y les dice que va en camino, tiene voz de borracha. Como se siente cada vez peor, cuando el taxi se detiene en la esquina, se baja, le tira el monto de la carrera y se aleja asustada.

Está desorientada, nerviosa, los sonidos y luces de la ciudad parecen salir de un túnel, con eco y amplificados. Como el taxista sigue ahí, ella cruza la avenida para alejarse.

Camina sin rumbo, llorando, asustada. Un policía bachiller la acompaña varias cuadras hasta que cree que ha llegado a su destino. Cuando se queda sola, no reconoce dónde se encuentra, los síntomas siguen, luces, mareo, palpitaciones, los recuerdos de lo que sucedió se diluyen. Se comunica con sus amigos que asustados no entiende su demora. Por celular la acompañan y la guían para que camine hasta donde ellos y la llevan al hospital San Ignacio.

La recibe un médico joven, practicante apenas, y la trata como si fuera una drogadicta. La regaña, no le da nada, solo le pone suero y la deja en una sala de espera repleta, en donde no hay un sitio libre para sentarse. Después de cuatro horas le toman el examen toxicológico. Todavía tiene que esperar muchas horas más para que otra persona, una médica igual de joven e inexperta, le diga que salió negativo y que lo que ella tiene es un ataque de pánico. Como no le dicen nada más, ni le hacen nada, ella decide, bajo su responsabilidad, dejar el hospital.

Casos como este suceden a diario en Bogotá. Un informe que consulté dice que son más de quinientos mensuales.

Otras personas no han tenido la suerte de mi hija y terminaron perdidas, drogadas, atracadas, violadas o muertas. Las que se salvan, como ella, caen en las garras de médicos ineptos, que no reportan los casos a las autoridades porque, según ellos, las víctimas están desquiciadas o son drogadictos.

www.margaritalondono.com

http://blogs.elespectador.com/sisifus/

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO