¿Campañas o feria de promesas?

Mar, 11/10/2011 - 08:32
A medida que nos aproximamos al día de las elecciones se hace patente cómo el certamen tiende a trivializarse, empobrecerse, hasta tornarse más una feria de promesas

A medida que nos aproximamos al día de las elecciones se hace patente cómo el certamen tiende a trivializarse, empobrecerse, hasta tornarse más una feria de promesas que un debate de ideas y propuestas viables, donde sale mal librado el voto programático, el elector y el frágil sistema democrático.

El mapa electoral se torna más crítico, pues no existe una cultura pública de cara al elector respecto de las competencias, facultades y funciones de candidatos a gobernaciones, alcaldías, concejos municipales o distritales, ni juntas administradoras locales. Entonces, cualquier promesa le puede resultar creíble al votante pese a ser legalmente mentirosa, vale decir, imposible de cumplir. De otra parte, los candidatos no tienen formación en competencias democráticas básicas, por lo que generalmente carecen de un conocimiento mínimo de las funciones puntuales para el cargo de elección popular al cual aspiran. Por eso, algunas veces por desconocimiento, y otras por la presión misma del certamen prometen cuanto no saben si podrán cumplir, y terminan incumpliendo incluso cuanto podrían cumplir en el evento de resultar electos, empeñados hasta los dientes para vencer a sus contrincantes en la subasta electoral desde la teja, el almuerzo, el puesto, la decisión o el contrato, según el caso.

Por cada cargo de elección pública hay no menos de diez candidatos, y aunque los partidos han avanzado en exigencias éticas, ellas por desgracia no se han sido acompañadas de decisiones del Consejo Nacional Electoral, ni de un concluyente marco legislativo que permita a partidos y movimientos actuar más coherentemente. Peor aún, las aspiraciones por firmas son utilizadas cada vez por candidatos cuestionados, que por serlo se sienten victimizados, abusando de un mecanismo de excepción, que se ha convertido –léase pervertido- en casi regla general, y solo en algunos pocos casos en opciones reales de poder. De él no alcanzan a dar cuenta los partidos y movimientos legalmente constituidos, pues la democratización interna de ellos no es más que una promesa fallida.

Partidos y movimientos políticos y aún las aspiraciones por firmas poco han aportado en la cualificación de sus candidatos, pues no existe en el sistema electoral una exigencia de capacitación previa, ni un control de cada colectividad de los programas de los candidatos, del uso ético de la publicidad y espacio público; sino un proceso de selección casi natural definido en términos de fortalezas puramente clientelistas, burocráticas, o de caudales electorales, de lisas mayorías, sin que vaya parejo un proceso interno de evaluación de propuestas y de cualificación no solo uno o dos meses antes de las elecciones, sino como una dinámica continua de educación político-institucional de militantes y eventuales aspirantes.

La política ha pasado a ser más la técnica del resultado, y la fábrica de votos a escala industrial, que el escenario para construir y convalidar un pacto político. Hay excepciones, contadas, que solo confirman la mencionada regla general, de ahí la importancia de un análisis concienzudo por parte de los electores, y un voto por propuestas viables, a efecto de que ese voto, si se decide, se deposite como un voto libre, y no como parte de la mercadotécnica de la voluntad maniquea de un voto industrial, esto es, del voto mercancía. Ojalá la gente se queje menos virtualmente, en twitter y facebook, y más en las urnas, votando por quien mejor y en conciencia le plazca, o absteniéndose de votar muy conscientemente.

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