La importancia de que el problema mundial de la droga se trate en la cumbre de las Américas es innegable.
Históricamente, ese será un nuevo capítulo en el libro que da cuenta de todo lo que Colombia ha hecho, tratando de lograr que la región a la que pertenecemos tenga voz y posición unificadas en el combate a un mal que afecta a toda la humanidad.
Si el resultado de las deliberaciones, que se celebrarán al más alto nivel, es sentar las bases para que, por fin, las naciones del hemisferio se decidan a actuar sin fisuras en el escenario multilateral, lo que se hará en Cartagena habrá valido la pena.
De lo contrario, solamente se tendrá una foto más y saldrá un mensaje carente de integralidad que será, por lo tanto, confuso e inconveniente.
Además de los gigantescos esfuerzos internos que ha realizado nuestro país, a lo largo de los años nos hemos visto obligados a impulsar, en el campo internacional, la adopción de conceptos que hagan posible la definición de políticas eficaces contra el flagelo de las drogas ilícitas.
El empeño no ha sido en vano. En medio de muchas dificultades, logramos que se aceptara el principio de la responsabilidad compartida. Así mismo, después de innumerables debates, tuvimos éxito cuando propusimos y defendimos con ahínco la necesidad de caracterizar el tema como el problema mundial de la droga y de abocar su tratamiento con una visión integral, equilibrada y multilateral.
A pesar de esos avances, sin los cuales sería imposible alcanzar los éxitos que todas las naciones anhelan, aún falta un trecho por recorrer hasta lograr que ellos se traduzcan en acciones colectivas más eficaces.
Parecería, señor Presidente, que todavía hay países que creen que el problema es Colombia, o que la defensa de los principios por los cuales hemos abogado ha perseguido apenas obtener unos recursos de cooperación.
Hemos tenido que hacerle frente a esas actitudes en distintos escenarios. Así fue, por ejemplo, durante los trabajos que condujeron a la aprobación de la estrategia hemisférica de lucha contra las drogas, en el marco de la OEA. Igualmente, con ocasión de las discusiones en Viena, en 1998, donde se acordaron los documentos que luego fueron aprobados en la sesión especial de la ONU. También cuando propusimos y logramos, venciendo muchas resistencias, la adopción del sistema de monitoreo de cultivos ilícitos de las Naciones Unidas, para mencionar solo algunos episodios.
Más recientemente, se perdió la oportunidad de tratar el tema, como asunto prioritario, en las agendas de las cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, de Viena y Lima, en el 2006 y el 2008, debido a la abierta oposición de varios países de la región.
Es evidente que el debate debe continuar. Y con mayor razón, cuando las realidades de hoy muestran que el problema ha evolucionado de manera muy significativa.
La frontera entre países productores y consumidores está desapareciendo y el consumo aumenta, aún en aquellas zonas en las que se ha aplicado la política de reducción del daño.
Las organizaciones criminales han sofisticado sus acciones delictivas, el lavado de activos es una epidemia global y existen un número cada vez mayor de drogas legales que producen el mismo efecto de las ilegales. En medio de ese panorama, Colombia, a quien nadie puede desconocerle la dimensión de seguridad nacional que se ve obligada a tener en cuenta, está en capacidad de mostrar resultados, ejecutando una política integral para combatir todos los eslabones de la cadena.
Pero, en dicho debate es necesario que se conserve la integralidad en el tratamiento del problema, y debe basarse en los principios en cuya adopción y vigencia hemos trabajado con tanto esfuerzo, dedicación y consistencia. Por todas las razones anteriores y algunas otras, con el mayor respeto, me atrevo a decirle, señor Presidente, que quizás lo mejor sería aprovechar el encuentro de Cartagena para construir la voluntad política regional común, que no ha existido. Si usted lo consigue, se darían, entonces, las condiciones para poner en marcha un proceso de reflexión útil con fundamento en la reiteración de que el problema de la droga es mundial y que hay que enfrentarlo compartiendo la responsabilidad con un enfoque integral, multidisciplinario, equilibrado y multilateral.
