Una carta envenenada

18 de julio del 2016

La carta de Santos a Uribe era innecesaria.

La carta de Santos a Uribe era innecesaria. Si algo ha demostrado el segundo es coherencia: por una edulcorada misiva, era obvio que el expresidente no cambiaría de opinión, y, de buenas a primeras y después de muchas críticas a los diálogos en Cuba, iba a subirse en el bus de la paz. Por más halagos y referencias consideradas que contuviera la carta, Uribe no caería en la trampa de Santos. Y no de otra forma puede verse la actitud del Presidente: Santos le ha dicho a Uribe hasta “rabo e mica”, no lo baja de paraco, pero, de un momento a otro, en un “acto de contrición”, le hace saber que es la panacea y que lo necesita para que la paz sea sostenible y duradera. ¡Sí como no, de eso tan bueno no dan tanto!, como dijo el bobo Cosiaca.

La carta no era para Uribe; estaba dirigida a la galería. Los medios la conocieron primero que el destinatario. El Presidente buscaba dejar una constancia pública e histórica, para validar de alguna forma la negociación, sobre la base de que Uribe “despreció” una cordial invitación y de paso presentarlo como un enemigo rabioso de la paz ante Colombia y el mundo. Lo que no dijo el Presidente en su carta es que ya todo está consumado y que nada importa lo que piensen su exjefe y sus seguidores.

Como todo lo de Santos, la mentada carta tenía su buena dosis de veneno. Nada que se haga de mala fe sale bien. El Presidente se equivoca, cuando piensa que él es inteligente y los demás somos tan imbéciles como para no percatarnos de sus segundas intenciones.

Uribe está en el derecho de pensar y actuar como le venga en gana (de eso se trata la democracia). Yo estoy con la paz, pero no por ello considero que a Uribe y a sus copartidarios haya que satanizarlos y perseguirlos, porque se oponen al proceso de negociación con las Farc. Todo lo contrario: hay que darles garantías para que manifiesten su inconformidad. No creo en la doctrina Santos, según la cual deben lograrse consensos para todo. Que el Presidente defienda a capa y espada el acuerdo con la guerrilla, y que Uribe haga cuanta oposición considere necesaria: ambos están en su derecho, amparados por la Constitución y la ley.

Paradójicamente, el gran enemigo del proceso no es Uribe, sino Santos: la gente lo percibe tan falaz y malasangre que un acuerdo que, en esencia, puede ser una gran cosa para el país es visto por la mayoría con desconfianza, por el solo hecho de que es de la cosecha de Santos. En este caso, el producto es bueno, pero el vendedor es un desastre. Eso, por supuesto, no lo entiende un Presidente que nunca logró conectarse con la realidad, y que, para colmo de males, está rodeado de un combo de asesores, que creen que Colombia es la Zona T o el parque de la 93.

La ñapa I: ¿Y todavía hay dudas? La única forma de materializar las reformas fundamentales que requiere la justicia es a través de una Asamblea Nacional Constituyente.

La ñapa II: se encontraron el hambre y las ganas de comer: camioneros extorsionistas y un gobierno sin autoridad. Gracias a ello, Colombia sufre una parálisis sin precedentes.

Por: Abelardo De La Espriella

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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