Ciudades “amafiosadas”

Ciudades “amafiosadas”

1 de diciembre del 2018

Entre los siglos 15 y 16, el inmortal Maquiavelo se tomó la molestia de escribir sobre cómo era la vida cotidiana cuando la decadencia de Florencia. Si bien le faltaron detalles, aquí van algunos de los que escribió al respecto: “Los jóvenes, más libres de lo acostumbrado, hacían gastos excesivos en trajes, en comilonas y otros semejantes libertinajes y, como estaban sin ocupaciones, gastaban su tiempo y su dinero en el juego y en mujeres. Su mayor afán era aparecer espléndidos en su vestir e ingeniosos y avisados en sus conversaciones, y el que con más habilidad zahería a los demás ese era el más sabio y el más estimado por todos”.

Hoy, en Colombia, el párrafo suena a combos, oficinas, bandas, carteles y demás frutos de la decadencia de nuestras ciudades, en general, y no de unas pocas. Menos mal que los colombianos no fuimos los inventores de los fenómenos y las conductas que recuerda Maquiavelo, aunque nos reservamos una multitud de “derechos” y prácticas mafiosas que han envilecido la convivencia en este país, de tal modo que podríamos hablar de ciudades “amafiosadas”. No porque se hallen habitadas en su mayor parte por narcotraficantes, sino porque su destino parece estar en manos de hombres y mujeres que actúan en la cotidianidad con esa mentalidad.

Para empezar, digamos que en una ciudad amafiosada se distinguen dos grandes fuerzas: las delincuenciales y las anti-sociales (no siempre son las mismas), que imponen sus leyes y caprichos. Las primeras, las delincuenciales, con acciones que desafían el poder de las instituciones mediante la casi libre comisión de asaltos, atracos, secuestros, asesinatos, amenazas, extorsiones, torturas, agresiones de todo tipo, desmembramientos, control territorial, desapariciones, robos, hurtos, etc.

En cuanto a las fuerzas anti-sociales (que a veces se confunden con las primeras), se valen de acciones contra la convivencia originadas en la arrogancia, el desprecio por los demás, la grosería, el espíritu de cuerpo, el rencor maquillado, el complejo de inferioridad omnipotente, el desafío puro y duro. Todo toma cuerpo en numerosos actos “simples”, ejecutados a la luz del día y de la noche, que vienen a constituir rasgos propios de una ciudad amafiosada, algunos de los cuales son:

  • Sobrepasar a los demás en una curva; llevar la música a todo volumen en el vehículo; parquear, sin tener derecho, en lugares para personas con limitaciones; abusar del pito o bocina; cerrar a otro vehículo en la vía; conducir vehículos ruidosos; no dar paso a los demás; no respetar ni a los peatones ni a los pasos para peatones; parquear en cualquier parte “como si nada”; excederse en velocidad.
  • Armar problemas porque “¿usted no sabe quién soy yo?” en restaurantes, estadios…; emplear un vocabulario violento en el hogar, el trabajo, etc.; decir piropos denigrantes “porque puedo”; irrespetar las filas.
  • Poner la música a todo volumen en donde se vive o trabaja; violentar la tranquilidad ajena con fiestas ruidosas; taconear en el apartamento; obstruir el parqueadero del edificio; dejar los carritos en cualquier lugar; no recoger los excrementos de las mascotas; ingresar al parqueadero del edificio o condominio con exceso de velocidad y sin luces.
  • Presumir de “mis” escoltas; tener negocios ilegales; robar en tiendas y supermercados; hacerse “el loco” cuando en la cuenta hay un error en contra del establecimiento; faltar a la palabra “porque yo soy así, y qué”; maltratar el mobiliario urbano.

Esos pocos y sencillos ejemplos nacen en las honduras de la arrogancia visceral, la pedantería criminal, el desprecio estructural, el desafío detestable, propios de los peores años y daños liderados en la “gesta” del narcotráfico en ciudades y pueblos. Genes con eco suficiente para “amafiosar” a las ciudades y adjetivarlas en consecuencia, en las que el poder que no ejercen las fuerzas legales lo toman las ilegales y antisociales, que imponen sus disposiciones sobre las disposiciones de ciudad. Donde el poder informal supera al poder formal. Donde no impera la Ley, sino la “ley”.

Es que en tales ciudades, esas fuerzas reúnen un poder tal que enfrentan a las institucionales y a la sociedad misma, sin que ésta y las instituciones logren neutralizarlas por carecer de un liderazgo y un poder real que sirvan para confrontarlas con éxito. Por ello, cuando la ciudadanía se queja ante sus autoridades, casi la única respuesta que obtienen es un lánguido “estamos haciendo todo lo posible”, lo cual llena de desesperanza y enojo a las gentes de bien de todos los estratos y de virulencia a quienes con sus conductas, en todos los estratos también, llevan a hablar de “ciudades amafiosadas”.

Razón tenía el insigne poeta del pasado siglo, Rafael Maya, cuando, el 21 de noviembre de 1962, se lamentaba ante los bachilleres de la Universidad de Antioquia: “Algo falla en Colombia por algún lado y yo estoy convencido de que lo que falla es el hombre colombiano. Hay causas esencialmente nuestras que han determinado la crisis, y una de ellas es la desvalorización del hombre colombiano como sujeto de responsabilidades y deberes, como instrumento de una tradición de honorabilidad y pulcritud que nos enaltecía”.

Nos enaltecía. Ahora, y desde hace años, corren otros vientos.

INFLEXIÓN. Si Maquiavelo visitara hoy algunas de nuestras ciudades, volvería a decir, con pocas variaciones, lo que dijo entonces.

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