Claudicación intermitente

6 de julio del 2016

Santos estrechando cálidamente la mano de un criminal como Timochenko.

Cuando al caminar sentimos dolor en las piernas lo más seguro es que nos detengamos unos momentos a ver una vitrina o a mirar al cielo pretendiendo con esto distraer el dolor mientras esperamos a que amaine y así poder retomar nuestra ruta.

Esto lleva el nombre de ‘claudicación intermitente’ pero también se le conoce como el ‘síndrome del mirador de vidrieras’ o la ‘enfermedad del escaparate’.

Hasta ahí la cosa es muy normal y conocida por todos, pero ¿qué ocurre cuando algunos lideres de opinión comienzan a sufrir de claudicación intermitente? Estos personajes, luego de haber decidido emprender el camino propuesto por Álvaro Uribe de la Resistencia que iniciaron con buen paso, de repente se sienten presionados, asustados y perplejos y olvidan el significado del compromiso asumido cuando la cosa se pone peliaguda. Entonces se toman un tiempo para reflexionar, o salen de vacaciones, o se permiten escribir que “hay que doblar la página” (Plinio Apuleyo Mendoza) y “preparémonos para la foto de Timochenko y Santos dándose la mano anunciando el acuerdo de paz” (Juan Lozano) porque “los pactos de La Habana son solo una batalla y en ella nada podíamos hacer los de a pie” (Rafael Nieto).

¿Será que no entendieron desde el comienzo su compromiso y ahora consideran que es válido, tal y como le ocurre a quien sufre del síndrome de las vidrieras, detenerse sin que eso signifique de ninguna manera claudicar? Porque es bueno recordar que claudicar significa ceder, dar su brazo a torcer para poder ocuparnos de otras cosas porque ¡qué ingenuidad! tan solo se ha perdido una batalla pero no la guerra.

Resulta que las guerras se van perdiendo cuando somos derrotados en las batallas y, más grave aún, cuando no vamos hasta el final en cada enfrentamiento. Y ocurre que claudicar significa transigir, es decir, admitir algo que va en contra de los principios de uno mismo. Cuando se emprende el camino de la resistencia en ningún momento se puede bajar la guardia con los principios. Que nos “preparemos” para ver a Santos ¡de nuevo! estrechando cálidamente la mano de un criminal como Timochenko mientras firman la entrega del país al narcoterrorismo, significa permitir algo que va contra nuestros principios.

Claudicar significa rendirse ante las presiones y los inconvenientes. ¿De qué otra forma que no sea rendición, podríamos entender a un líder de opinión cuando dice que ante los pactos funestos de La Habana “no podíamos hacer nada”? ¿Qué clase de democracia es la que le arrebata al ciudadano la posibilidad de oponerse a unos acuerdos que, lo sabe muy bien, tan solo le traerán desgracias? Y resulta que la claudicación es una muestra de flaqueza. Quien claudica deja de lado los principios porque ellos exigen demasiado esfuerzo. Entonces se consuela diciéndose que es tan solo un alto en el camino, como los que hacen quienes sufren de arterioesclerosis mientras pasa el dolor. Pero quien asume la resistencia, y en particular aquel que mantiene un compromiso como líder de opinión, no está para detenerse y hacerse el loco luego de perder una batalla consolándose con la idea de que la “batalla final” está por librarse. Mientras tanto él puede tomarse un descanso y ¿por qué no? invitar a sus lectores a “superar la polarización entre uribismo y santismo”.

Admitir que “Santos ha sometido al país a una gran derrota” cuando tan solo se ha representado una show mediático de pésimo gusto que se quiso mostrar al mundo como un triunfo de “la paz”, es una forma de claudicación intermitente que anuncia la claudicación final y, de ninguna manera, llamado a ganar “ las batallas definitivas” que están por librarse.

Por mas que sea tiempo de vacaciones, o creamos que debemos ocuparnos de ver como sorteamos lo que “ya está acordado” para salir menos golpeados, o que no es el momento de generar pánico para que todo siga en calma mientras esperamos pacientemente al 18 cuando habrán elecciones, no debemos bajar la guardia. Nada de claudicaciones intermitentes. El llamado a la resistencia no permite que nos detengamos a ver vitrinas mientras el siniestro plan sigue su marcha.

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