Coca y FARC: matrimonio indisoluble

Coca y FARC: matrimonio indisoluble

17 de abril del 2018

Cuando algunos escépticos del proceso de paz se han atrevido a afirmar que las FARC son narcotraficantes se les ha venido el mundo encima. Se les acusa de ser la expresión de la ultraderecha, del paramilitarismo, o de los enemigos de la paz. Sobran los epítetos contra quienes han puesto el dedo en la llaga y se niegan a tapar el sol con el mismo dedo, respecto de la participación de esta organización guerrillera en la cadena criminal del tráfico de cocaína. Esa solidaridad a ultranza con la guerrilla más antigua del mundo desconoce que el traqueteo de las FARC se puede matizar, colorear, disfrazar, subestimar, o simplemente ignorar, pero difícilmente ocultar. 

Más allá de estar o no en desacuerdo con la manera en que se desarrollaron los acuerdos de La Habana con las FARC, lo que no se puede es desconocer la realidad. Las FARC terminaron desde hace más de 30 años involucradas en el mundo del narcotráfico y, como es casi leyenda universal, el que se mete en la mafia nunca logra salirse. Las FARC como toda organización guerrillera, que se debatía en la ilegalidad, que necesitaba asaltar bancos y secuestrar, requería lidiar con hampones y acudir a todas las formas de delincuencia para financiar su guerra, luego tarde o temprano terminaría metida hasta el tuétano en el proceso industrial del narcotráfico. 

Y cómo las cosas avanzan de lo simple a lo complejo, el haber comenzado por cobrar el gramaje, una especie de peaje por cada gramo que permitían circular en su zonas de influencia, cuando los narcotraficantes no pagaban, la guerrilla se cobraba así fuera en especie. Entonces el famoso gramaje devino en canjes por gramos, kilos y hasta toneladas, según la importancia del narco ¨boleteado¨. Al mismo tiempo la vida del bajo mundo de las FARC tenía que contar con operaciones en el exterior para el tráfico de armas o el lavado de dinero para adquirirlas. Así las FARC terminaron metidas por todos los flancos en la cadena de producción y trafico de estupefacientes. 

Por eso escandalizarse o fingir sorpresa porque un miembro de la cúpula aparezca en operaciones de tráfico ilegal de drogas es por lo menos ingenuo, o es creer que el resto de colombianos es caído del zarzo. Quienes creen que ser amigos de la paz supone volverse ilusos y decretar el romanticismo de una organización lumpenizada, o declararse ignorantes de la realidad para pensar que de la noche a la mañana los cabecillas de una organización guerrillera, que terminó controlando la mayor parte del negocio del narcotráfico como el mejor émulo de los carteles de la coca, iban a dejar la actividad por el simple hecho de haber firmado un acuerdo de paz. 

Nadie que conozca mínimamente el submundo de la droga se puede imaginar que un negocio tan rentable y donde las condiciones de supervivencia en la selva habían colocado a las FARC como los más expertos en cada uno de los procesos de la cadena criminal; amparados además en la ¨legitimidad¨ que le otorga la moral leninista para la cual lo bueno es lo que el sirve a a la revolución y lo malo es lo que no le sirve, se iría a desmontar por el solo hecho de quererlo. El propio ritmo de esta actividad hace físicamente imposible controlar que se pueda parar. Donde alguien para aparecen miles de sustitutos y eso los saben bien quienes han participado de la cadena. 

Las FARC a lo máximo que podían aspirar era a que no se les saliera de madre este asunto y, si acaso se cargaban de buenas intenciones, a desligarse lentamente del negocio. No se podían comprometer a entregar a los demás traficantes porque saben que en ese mundo la delación se paga con la muerte y eso significaba exponerse a acelerar una retaliación que terminaría por repetir inexorablemente la historia de la UP. No se necesita ser muy lince para saber que sus socios en la cadena criminal son de la talla del Cartel del Golfo, del Clan Úzuga o de los carteles mejicanos como el de Sinaloa. Y con ellos las leyes de la mafia se cumplen o se dan por muertos.

Pero con cierta razón a cuenta de qué las FARC iban a entregar todas sus reservas si no tenían una plena garantía de la contraparte. Porque por buenas intenciones que tuvieran algunos de los firmantes del acuerdo por parte del gobierno, nada garantizaba en medio de una negociación hecha a los brochazos, por decir lo menos, que no surgieran elementos díscolos dentro de las Fuerzas Armadas del Estado que se prestaran para eliminar selectivamente a los cabecillas guerrilleros. La desconfianza que animó la negociación en La Habana y la desconfianza en el propio presidente Juan Manuel Santos, porque no les parece un hombre de palabra, no daban para más.

Por eso por más que inventen fábulas de contraespionajes y se hagan películas sobre una conspiración norteamericana para petaquearse el proceso de paz, no se equivoquen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Alias Jesús Santrich no cayó en una trampa de la DEA, él estaba en cumplimiento de una tarea de finanzas de las FARC, porque hay que tener claro que los demás miembros de la cúpula no son ni brutos, ni ciegos, ni sordomudos. Puede que sean torpes, trastas y hasta testarudos, pero no como para no ver lo que estaba pasando sino más bien para creerse listos y pensar que se aún puede jugar a combinar todavía todas las formas de lucha.

Y no hay que poner en duda que en la división del trabajo de una organización ilegal con maestría en prácticas conspirativas, con PH en mimetizaciones y con doctorado en segmentación celular de su operatividad, alguien “ailslado” debía continuar con las tareas de finanzas, esta vez para soportar el ejercicio de la nueva actividad política legal. Y en ese marco caben perfectamente las supuestas disidencias de las FARC, que ahora se encargarían del trabajo sucio. Así cumplirán a cabalidad el mandato de Jacobo Arenas en la década de los 80 cuando dijo claramente a los frentes guerrilleros que deberían vivir con lo que daba la tierra en cada una de sus zonas de operaciones. 

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