Colombia se enciende como un fósforo de esos que se ahogan en el inodoro

29 de junio del 2012

Cuando era una niña quería ser Nadia Comaneci. Entré al equipo de gimnastas del colegio y descubrí que a pesar de ser muy flexible, no tenía talento (pasarían muchos años para que me dijeran: “Eres muy flexible para ser gorda”). Después quise ser veterinaria, y debí perder el interés cuando tuve que comenzar a recoger […]

Cuando era una niña quería ser Nadia Comaneci. Entré al equipo de gimnastas del colegio y descubrí que a pesar de ser muy flexible, no tenía talento (pasarían muchos años para que me dijeran: “Eres muy flexible para ser gorda”). Después quise ser veterinaria, y debí perder el interés cuando tuve que comenzar a recoger mierda de perro en el jardín de la casa. Quise ser actriz, y fui la estrella del teatro del colegio, pero peleé con el resto del elenco. Me presenté a la única función y cuando terminó la obra me encerré en un baño a quitarme el disfraz mientras lloraba sin hacer ruido. Cambié de colegio y olvidé mi capacidad para improvisar en escena robándole la luz a todo lo que me rodeaba.

Entré a la universidad decidida a ser una estrella de la radio y me convertí en periodista. Comencé a dar los pasos indicados y el diablo, el mismísimo diablo se cruzó en mi camino. Corrí entonces en la dirección opuesta y me volví una escritora. En el proceso tuve que limpiar apartamentos y prometí no volverlo a hacer. Y sin embargo, si hiciera falta, limpiaría apartamentos.

Mientras terminaba un pregrado y hacía una maestría, viajé y escribí una novela. Me mantuve económicamente con diferentes trabajos bien pagos pero que no me interesaban. Entonces un día dejó de llover, se abrieron las nubes espesas y entre ellas salió el arcoíris y el sol comenzó a brillar en el cielo. Sonaron trompetas y del cielo bajaron legiones de unicornios blancos cabalgados por los ángeles de Victoria’s Secret trayendo excelentes noticias: Kien&Ke necesitaba un Redactor Senior. El Señor existe. El Señor me ama. Empaqué mis libros y mi ropa y dejé de ser New Yorker en cuestión de tres semanas.

Hoy han pasado casi cuatro meses y aún no estoy tan enterada de todo cuanto pasa en este país como para atreverme a opinar. Es un proyecto para el que me preparo sin afán. Voy sin prisa y con mucho esfuerzo batallo contra la apatía que me produce tanta impunidad y tanta ridiculez. Una vez fui a un circo cuando era niña y no me volvió a llamar la atención visitar otro. Volví después de nueve años a un lugar en el cual sólo viví seis. Apenas comienzo a enterarme. Infinita jartera me ha producido siempre la realidad nacional de cualquier nación a la que he llegado.

Llegué a vivir a Bogotá muy enterada de tantos riesgos, rutina diaria de sus habitantes. Sabía muy bien a lo que venía. Desorden. Me propuse entonces no quejarme de nada, y mi gente es testigo de que no lo hago. Todos los días intento seguir moviéndome como los caballos, mirando solo hacia adelante. No me quejo de nada.

Después de cuatro años en que fui periodista antes de irme para Nueva York, juré no volver a meterme en ese mundo jamás. “¿Y es que usted se cree mejor que nosotros?”, me dice mi amigo Natos. Yo soy una atrevida que se cree escritora, y tengo la inmensa suerte de ganarme la vida escribiendo. Mi plataforma es el periodismo, así que aquí estoy. No quería ser periodista, pero yo ya había aprendido que en la vida lo que funciona no es necesariamente lo que uno cree que va a funcionar, o lo que uno más quiere. Me siento bendecida y estoy aprendiendo a ser periodista. Todos los días aprendo algo del grupo de gente con que trabajo. Comienzo a entender este caos que es la patria de la Nucita.

Me da la impresión de que Colombia está todavía en una fase de organización, todavía determinando con qué fichas jugar y cómo moverlas. En el proceso, el descaro de los protagonistas es desconcertante. Y yo, que todavía estoy en nivel ‘Colombia para Dummies’, preferiría aprender a hablar y escribir en japonés.

Me entero de lo que está pasando en la redacción de la revista, leyendo El Espectador y El Espacio, en Twitter, y oyendo el programa de Gustavo Gómez Córdoba en Caracol (aún no me entero del nombre del espacio, no identifico la frecuencia de la emisora, ni el apellido de los otros periodistas). No tengo televisión hace seis años. Vi series en internet pero ya no veo ninguna, y desde que llegué a Colombia jamás he prendido un televisor. Si la televisión en Estados Unidos me parece patética, la idea de la televisión colombiana, que es una copia de la gringa, me produce escozor.

Mientras me preparo para escribir sobre las quijotadas que pasan aquí, me sorprende la rapidez y la genialidad con la que los colombianos se burlan, con la pesadez de un elefante, de los absurdos tropiezos que dan los infames dirigentes políticos. Me sorprende aún más la capacidad de indignación de la gente. Colombia se enciende como un fósforo de esos que se ahogan en el inodoro. ¿Y después qué? ¿Qué fue de Rosa Elvira Cely, por ejemplo? Rosa Elvira ya no es Trending Topic en Twitter, ahora están de moda Simón Gaviria y Juan Carlos Martínez. Que pasen de moda pronto: a mí me gustan los escándalos con escena de crimen.

La gente continúa marchando indignada, los malos siguen robando y el que no roba, viola, empala y mata. Aburrido. Toda esta actualidad me aburre inmensamente. Es lo malo de ser periodista. Por eso, cuando yo sea grande voy a ser autora.

@Virginia_Mayer

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