Colombia, tierra querida

30 de julio del 2012

Me atrevo a asegurar que no hay un país en el mundo más sórdido y delirante que el nuestro. Aquí pasan tantas cosas paradójicas a la vez y tan rápido que uno no sabe si sobrecogerse, llorar o reír a carcajadas. En Colombia la ficción supera con creces la realidad, y parece mentira, pero, cuando […]

Me atrevo a asegurar que no hay un país en el mundo más sórdido y delirante que el nuestro. Aquí pasan tantas cosas paradójicas a la vez y tan rápido que uno no sabe si sobrecogerse, llorar o reír a carcajadas. En Colombia la ficción supera con creces la realidad, y parece mentira, pero, cuando el camino se encuentra medianamente despejado para que esta nave a la deriva que nos correspondió por patria zarpe a puerto seguro, afloran como hiedra del pantano, nuevas y adversas condiciones que obligan a replantear la estrategia. Probablemente, este “parto cósmico” en el que vivimos constantemente los colombianos es la consecuencia del tránsito hacia el desarrollo. ¡Qué costos tan altos los que hay que pagar para llegar un día (si es que lo logramos) a ser una nación civilizada! Los ejemplos de nuestra incongruencia como sociedad y como Estado abundan. La siguiente es una pequeña muestra de ello.

La violencia se extiende por todo el territorio nacional como una peste bubónica que amenaza con arrasar lo que a su paso encuentre, y en el entretanto el Gobierno busca mil excusas para “maquillar” su responsabilidad frente a los elevados índices de inseguridad. El desastre del Cauca es tan solo uno de muchos casos. Los indígenas del Cauca creen que están por encima de la ley, al igual que Piedad Córdoba, que cada cierto tiempo aparece en escena azuzando a la turba enardecida, para que se levante contra las instituciones legalmente constituidas. El Gobierno, a su turno, se hace el bobo frente a la bomba social que impera en esa región del país, y la Corte Suprema hace lo propio, pues a estas alturas no les parece sospechosa la actitud de Piedad.

Mientras Angelino Garzón se debatía entre la vida y la muerte, su jefe, Juan Manuel Santos le sugirió al Congreso tramitar un proyecto para abolir la Vicepresidencia. Tan pronto el Vice despertó de su letargo fue informado por sus seres queridos que Santos le estaba corriendo la butaca, y más demoraron en decirle que Angelino en salir a manifestar que apoyaba la Constituyente de los uribistas, solo para devolverle el golpe al Presidente.

En medio de la polémica, aparecieron mediando y atacando lagartos de uno y otro lado. Al final, la discusión se resolvió con una visita del Presidente al Vicepresidente, en la que este último dijo que ya no es  partidario de la iniciativa.

Con Dilian Francisca Toro ya son 11 los expresidentes del Congreso enredados en distintos y complejos líos judiciales. Ninguna democracia seria aguanta semejante estropicio, y el Congreso, en vez de cambiar su rumbo nefasto de siempre, premia a varios de los autores de la mal llamada reforma a la Justicia, con privilegiadas posiciones a la cabeza de las comisiones más importantes de Senado y Cámara; y lo más grave es que le están haciendo creer al país que con la salida de Emilio Otero de la Secretaría general, el Congreso se transformó para siempre. ¡Qué gran mentira!

El Alcalde de Bogotá, esclavo de su soberbia y envenenado por sus complejos y resentimientos, está conduciendo a la ciudad al peor de los mundos. En Bogotá reina la improvisación de la mano de Gustavo Petro y su insubstancial gabinete. Los odios de Petro, sin duda, están por encima del bienestar de la Capital y sus moradores.

El país está escandalizado por dos realities: Protagonistas de nuestra tele y El desafío. No entiendo por qué tanto  alboroto. La verdad es que la gente que participa en esos programas es digna representante de la “colombianidad”. No hay de qué preocuparse: la deslealtad, la violencia, la trampa y el arribismo son el pan nuestro de cada día.

El verdadero cambio está en cada uno de nosotros. Hagamos un esfuerzo por dejarles a nuestros hijos y nietos un país distinto.

La ñapa: Bien por el valiente Director de la Dian, que, sin importar  la condición de los evasores de impuestos, ha hecho caer sobre ellos todo el peso de la ley.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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