Cómo nos cambia la vida

6 de septiembre del 2011

La muerte del soldado William Domínguez me impactó. No le resultó fácil la vida a ese muchacho que pasó del anonimato, como miembro muy joven de las Fuerzas Militares, a la desgracia de caer en las manos de la guerrilla y sufrir por dos años las vejaciones de las Farc. Dos años que parecen pocos […]

La muerte del soldado William Domínguez me impactó. No le resultó fácil la vida a ese muchacho que pasó del anonimato, como miembro muy joven de las Fuerzas Militares, a la desgracia de caer en las manos de la guerrilla y sufrir por dos años las vejaciones de las Farc. Dos años que parecen pocos frente a los muchos más que han padecido y están padeciendo otros miembros de nuestras Fuerzas Armadas, pero que para él fueron, posiblemente, desencadenantes de su tragedia.

Cuando se produjo su liberación todo era alegría, su rostro juvenil, su sonrisa, sus ojos llenos de ilusión y ese caluroso recibimiento que recibió. En la propia casa de Nariño, frente al presidente Uribe y a las cámaras de televisión, tuvo su momento estelar y fue entonces cuando expresó de manera espontánea e inocente, a través de una canción, las reflexiones que lo habían acompañado en esos largos meses de cautiverio. Allí, sin ningún protocolo, ni vergüenza, entonó para toda Colombia Cómo nos cambia la vida y, en medio de tanta emotividad, muchos lo acompañamos con los ojos llenos de lágrimas.

William no tenía futuro como compositor ni como cantante, sus pocos estudios y carencia de talento no le permitirían avanzar en el mundo del espectáculo, pero ha podido tener un mejor futuro como exsecuestrado. Su vida, sin embargo, tomó un rumbo inesperado hacia la drogadicción y terminó como habitante de esa otra selva, las calles de Bogotá, donde sobrevivir es tanto o más azaroso que sobrevivir a un secuestro. Y de allí se fue con dos balazos y una puñalada, en una riña inútil que acabó la existencia de otro muchacho más en Colombia. En esas mismas calles en que un joven grafitero perdió la vida hace pocos días por andar pintando ilusiones sin permiso de la autoridad.

La frase única de su canción “Cómo nos cambia la vida, ayer fui uno y hoy soy otro” me da vueltas y vueltas. Pienso en tantos jóvenes que no tienen control de su situación, que la vida los va llevando de un lado a otro, como una ola, sin sentido ni destino. De muchacho pobre a soldado, de soldado a secuestrado, de secuestrado a estrella por un día, de estrella por un día a habitante de la calle y de allí a la muerte. Trágico, ¿no? ¿Será que el futuro de muchos de nuestros jóvenes es así? La vida los trastea de un rincón a otro hasta que logra deshacerse de ellos y en esa misma vida seguimos sin inmutarnos.

¿Para qué le sirvió a las Farc tenerlo dos años? ¿Para qué sirvió su liberación? ¿Para qué sirvió su paso por el ejército? Seguramente todo esto le sirvió a otros, pero a William ese trayecto no le permitió construir una buena vida, sino que lo fue hundiendo sin remedio. Cómo los maltrata la vida, diría yo, esa vida que no les dio la oportunidad a ese par de jóvenes, asesinados en las calles de Bogotá, que ayer eran unos y hoy no pueden ser “otros”.

Nota: Mi escrito de la semana pasada lastimó a personas muy cercanas a mis afectos, a quienes respeto y admiro, por ello les ofrezco disculpas.

De ninguna manera quise demeritar las condiciones personales, profesionales o morales de Susana Correa o Rodrigo Guerrero, solo pretendía discrepar de sus actuaciones públicas. Seguramente lo que escribí tiene una explicación política pero me nació más de la emotividad que de la razón.

Ese es el precio de manejar una columna de opinión y participar en procesos políticos porque cuando nos involucramos demasiado podemos perder esa otra perspectiva, también importante, que es la dimensión humana y hacerle daño a gente que queremos.

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