Como si no pasara nada

25 de marzo del 2015

George Sebald encabeza su libro  Sobre la historia natural de la destrucción citando al escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem: “El truco de la eliminación es el reflejo defensivo de cualquier experto.” En ocasiones eliminar se convierte en un asunto de magia. Ocultando es como el mago hace desaparecer lo que sea, según sus […]

George Sebald encabeza su libro  Sobre la historia natural de la destrucción citando al escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem:

El truco de la eliminación es el reflejo defensivo de cualquier experto.”

En ocasiones eliminar se convierte en un asunto de magia. Ocultando es como el mago hace desaparecer lo que sea, según sus talentos. Eliminar también significa quitar, excluir, matar y asesinar. El verdadero “truco de la eliminación” radica en ocultar lo que se ha eliminado. La sola eliminación, sin el ocultamiento de lo eliminado, es asunto de novatos.

El truco es ocultar lo eliminado como “reflejo defensivo” tal y como ocurrió con los desastres causados por los intensos bombardeos sobre las ciudades alemanas de los que se ocupa el libro de Sebald, en el que dice:

”Efectivamente, en Hamburgo, en el otoño de 1943, pocos meses después del gran incendio, florecieron muchos árboles y arbustos, especialmente castaños y lilas. ¿Cuánto tiempo habría hecho falta si el plan Morgenthau de “pastoralización” de Alemania se hubiera impuesto realmente, hasta que en todo el país las montañas de ruinas rebosaran de bosques?”

Pero algo sorprendente ocurrió:

”En lugar de ello, volvió a despertar con sorprendente rapidez ese otro fenómeno natural, la vida social. La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania en aquella época. Se decide, al principio, por simple pánico, seguir adelante como si no hubiera pasado nada.”

Los bosques de árboles, de edificios, de palabras y, sobre todo, “ese otro fenómeno natural, la vida social” han sido los elementos para ejecutar “el truco de la eliminación” para que todo sea “como si no hubiera pasado nada”; mientras presenciamos en el aire las chispas que dejó el gran fuego, prendiendo aquí y allá.

Como si no hubiera pasado nada en Alemania, como si no pasara nada en Colombia y en la región: bosques y vida social, lo que sea con tal de ocultar, de eso se trata el asunto. Y si se logró con tanto desastre causado en la Segunda Guerra Mundial cómo no con nuestras pobres desventuras, tan pueriles que no deberían mencionarse ante el tamaño de lo ocurrido en la primera mitad del siglo pasado en el puro centro de Europa, el centro del mundo hasta ese momento.

Y así nos mantenemos con el cuento de que lo nuestro es poca cosa. ¿Qué es un país sembrado de miles de minas al lado de esos bombardeos que dejaron millones de víctimas? ¿Qué significado pueden tener los asesinatos, secuestros, extorsiones, torturas de unos cuantos colombianos comparados con los campos de concentración nazis? Somos inferiores hasta en nuestras desgracias.

¿Será necesario caer más profundo para que los colombianos seamos tenidos en cuenta por los otros y por nosotros mismos? ¡Qué apocalíptico se convirtió el mundo luego de un siglo XX lleno de barbarie! ¿Se requerirán miles o millones de muertos para que el mundo reaccione?

Antes de que nos apliquen “el truco de la eliminación” podríamos comenzar aceptando que hemos tocado fondo y que más profundo no podemos caer. Ya con los pies en tierra firme reflexionemos y comencemos a actuar. Si admitiéramos que la caída terminó, nos veríamos en la obligación de asumir el reto de salir del oscuro hueco en el que nos encontramos.

Podríamos dejar de señalar al otro y no seguir considerándonos víctimas de las circunstancias, lo que nos ha llevado a la pasividad y la resignación, para recobrar un espíritu libre y combativo.

Admitamos que no estamos a la altura de las circunstancias por encontrarnos adormecidos. Comencemos por confesar, ante nosotros mismos y ante el mundo, que requerimos de una ayuda efectiva.

Admitamos que el Totalitarismo del Siglo XXI ve en Colombia un bastión por tomar -la débil democracia colombiana es un estorbo para lograr una plena autocracia en América Latina-. Si cae Colombia la región no tendrá salvación posible.

Muy tarde, y a un costo brutal, Venezuela vino a entender la imposibilidad de liberarse sin apoyo del exterior. Como a nuestros hermanos venezolanos, nos han venido construyendo una celda de a poquitos.  Admitamos que nos está cogiendo la noche para reaccionar. El silencio, cobarde y cómplice de los mandatarios de la región y del mundo entero será el que nos corresponderá cuando nos llegue la hora, la maldita hora que viven los venezolanos.

Antes de que las rejas nos aíslen del mundo libre hagamos un llamado de auxilio. Quitémosle la máscara a la paz de Santos y dejemos al descubierto el monstruo que hay detrás de ella.

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