Complicidad nacional

12 de julio del 2012

Los episodios generados por la intentona de golpe de justicia protagonizada por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en el peor arranque de cinismo que se haya visto en Colombia han dejado claro que los colombianos o viven un momento de esquizofrenia o que por lo menos al decir de los abuelos no les corre […]

Los episodios generados por la intentona de golpe de justicia protagonizada por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en el peor arranque de cinismo que se haya visto en Colombia han dejado claro que los colombianos o viven un momento de esquizofrenia o que por lo menos al decir de los abuelos no les corre sangre por las venas. Por un lado dicen estar indignados con lo que se hace en sus propias narices con las componendas oscuras entres congresistas, magistrados y ministros pero por otro siguen tan campantes con la famosa unidad nacional, tan felices con su clase política y tan orgullosos de sus organismos de control, que acrecientan cada vez más el descontrol, y tan ilusionados con sus ministros lavamanos que tanto les prometen ya la casita.

Dicen por ahí que los pueblos se merecen los dirigentes que tienen. Dicen que la sabiduría popular escoge con tino a quienes rigen sus destinos y hasta Jorge Eliécer Gaitán decía que el pueblo no se equivocaba. Pero lo que queda demostrado es que algo le está pasando a los colombianos. Y como se siga por ese camino del irrespeto a la inteligencia, de agresión a la filosofía democrática de la separación de poderes y de burla a la voluntad de las mayorías, irremediablemente se va a terminar en una nueva categoría que los asesores de imagen pueden estar pensando en definirla como complicidad nacional. Que en últimas no será otra cosa que la indignidad antinacional con la aquiescencia de todos.

Se suman redes de descontentos, emberracados e indignados que piden la convocatoria de una constituyente y la revocatoria del Congreso. Suena bonito y hasta romántico pero ignora que en nuestra historia reciente cambiar la Constitución o convocar nuevas elecciones sirve para tres cosas. La constituyente y la revocatoria poco sirven a un país en donde la Carta del 91 ha sido descuartizada por lo menos en un promedio de una vez por año desde que nació. Lo que se iba a hacer con la supuesta reforma a la Justicia era algo así como la estocada final. Para qué sirve una constitución si cada que un presidente quiere cambiarle un articulito, soborna al Congreso y lo logra. Para qué sirve una constituyente si cada que un ministrico quiere reformarla para acabar con conquistas de la democracia en materia de televisión y pluralidad informativa, canjea unos puesticos y logra la mayoría reformadora.

Las consignas calenturientas de convocatoria y revocatoria a lo sumo servirán para que uno que otro mamerto y uno que otro uribista hagan política y se monten en una campaña de recolección de firmas con propósitos electorales. Pero el problema de fondo es que la constituyente ya demostró que no sirve para nada. Una reforma a la Carta Magna en Colombia no se le niega a nadie. Así que una nueva constituyente no servirá sino para calmar los ánimos, aparentar cambios y mantener el statu quo. La historia lo demostró. La Constitución del 91, así haya costado sangre, sudor y lágrimas, porque ya es hora de que se empiece a decir la verdad sobre cómo se montó a sangre y fuego y unos buenos fajos de billetes inspirados en los apetitos de poder, impunidad y sometimiento de la justicia por parte de Pablo Escobar, con excepción de una suspensión temporal de la extradición, no fue mucho lo que aportó a la democracia colombiana. Porque hasta la tutela tiene sus días contados.

La Constitución del 91 nació muriendo porque lo que mal empieza mal acaba, así haya servido de pretexto para que el entonces presidente Cesar Gaviria la vistiera de modernidad y para que el exministro Fernando Carrillo la haya adornado con el mote de séptima papeleta del movimiento estudiantil, o para que el M-19 tuviera una salida digna frente a su fracaso como proyecto armado y pudiera regresar a la legalidad. La Constitución del 91 y su Constituyente no sirvieron sino para maquillar la esencia antidemocrática de la clase política, que sobre la propia tumba de Luis Carlos Galán lanzó al mejor manzanillo de todos los tiempos para que se dedicara a construir, con manos más delicadas, una nueva clase política que poco y nada se diferencia de la tradicional y que más bien se confunde fácilmente con los saltimbanquis y los voltearepistas y con la política dinámica sin, o mejor con, barreras.

Para qué serviría revocar la clase política si el país ha tenido que presenciar cómo cada que un congresista pierde su curul por parapolítica o por corrupción, sencillamente cede su butaca a su esposa, cuñado, hijo, sobrino, hermano o pariente cercano que le permita dirigir la política de su departamento desde la cárcel. O acaso alguien cree que la revocatoria del Congreso hace algo más de 20 años logró que se renovara siquiera en un 5% la clase política o alguien supone que introdujo algún propósito reformista en beneficio de las clases desfavorecidas o de los pobres o de los excluidos. Puede alguien creer que un país donde existen unas empresas electorales apoyadas casi siempre por toneladas de dinero non sancto y por los profesionales de la maquinaria que no están dispuestos a perder su prebendas y su participación en la contratocracia, se convoquen a unas nuevas elecciones limpias y se garanticen representatividad y participación como quiso el constituyente del 91.

Aquí solo queda celebrar que la dignidad total no se ha perdido. Dos ejemplos de valor civil en estos momentos de semiefervescencia y semicalor, la actitud valerosa de Julio Sánchez Cristo cuando le pidió al aire la renuncia a Simón Gaviria al reconocer su irresponsabilidad democrática, que fue la que realmente inspiró las redes de indignados que terminaron en la “patrasiada” del Gobierno y el hundimiento de la reforma en el Congreso, y la renuncia del magistrado Jorge Otálora porque la Judicatura perdió la credibilidad. Indignados y descontentos, sensatos y decentes tienen que aferrarse y destacar a estos dos casos donde la dignidad supera la indignación.

Porque de poco y nada sirve que nos indignemos o nos hagamos los indignados y saquemos a relucir con furia nuestra adrenalina en las redes si a la hora de participar somos los primeros en sacar el bulto. Si criticamos la corrupción pero íntimamente admiramos el dinero fácil o el enriquecimiento ilícito y estamos dispuestos a aceptar un cargo en el que se pueda ganar mucho sin trabajar tanto, o donde su pueda aprovechar el cuarto de hora para sacar algo por la ventanilla trasera. Cómo nos podemos ubicar en la franja amarilla de William Ospina o en la línea de los indignados si no producimos con calidad y tratamos de sacar provecho de los descuidos de la Dian, de la legislación laboral y no dignificamos el trabajo. Y lo peor, para qué queremos revocar congresos y convocar constituyentes si, cuando no estamos dispuestos a vender el voto, asumimos el rol de la indiferencia. No olvidemos que el que calla otorga y que con razón en los setentas se gritaba, ¡indiferencia! ¡Complicidad!

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