Si Colombia, en lugar de selvas y montañas, tuviera pelos, seguro que hoy los tendría parados de punta. Por la indignación, la vergüenza, el estupor. Las cosas que pasan y vuelven a pasar en este país histriónico no dan respiro a los espectadores ni para dejar enfriar las butacas.
Para qué los reality, me pregunto, si con nuestra realidad basta y sobra. Aquí la sintonía está garantizada. Sin necesidad de patrocinios millonarios. Y sin necesidad de contratos ídem con las firmas encuestadoras de medios.
Mire, si no, la semanita que acabamos de pasar. No tiene desperdicio en cuanto a sainete se refiere. Para empezar: Francisco Rojas Birry. Atrincherado en su residencia, protegido por un puñado de emberás, el expersonero de Bogotá pretendía evadir la acción de la justicia. ¿Por qué? ¿Por un delito que cometió contra la ley a la que todos los nacionales, sin excepción, nos tenemos que someter? Eso sí que suena discriminatorio. Tal vez se les olvidó –a él y a sus guardianes– que fue elegido por méritos –se supone–, no, por ser integrante de una minoría; que recibió los 200 millones de pesos de DMG (2008), en calidad de ciudadano; que no se declaró impedido frente al tema de David Murcia Guzmán, siendo funcionario público; y que la destitución, la inhabilidad y la sentencia de ocho años de cárcel, dictada por un juez de la República, debe cumplirla como cualquier colombiano, sea de la etnia que sea.
Sin palabras nos tiene el caso de Sigifredo López, el único exdiputado sobreviviente del grupo secuestrado por las Farc, en Cali (2002). Liberado tras casi siete años de malvivir en la selva –el día del regreso su deterioro era visible–, protagonizó con sus dos hijos el encuentro más emocionante de cuantos se hayan dado hasta el momento en circunstancias similares. Por eso, por el libro que escribió con su dolorosa experiencia, por la lucha incansable de los suyos para que lo liberaran, porque encarnó un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte, vuelvo la vista atrás, y me cuesta creer en las acusaciones que le hace la Fiscalía General de la Nación.
Es aterrador por el lado que se le mire. Del de la Fiscalía, porque si las evidencias de que fue promotor y partícipe de una tragedia, que nos estrujó el alma a los colombianos, resultan ser paquete chileno, los efectos serían devastadores para la credibilidad de su labor como ente acusador y porque –algo peor– habría cometido una infamia con un hombre y una familia que ya creían haber pasado por el infierno. Del lado de Sigifredo, porque si las evidencias resultan ciertas, los efectos serían, también, devastadores para los sentimientos de sus seres queridos, de los familiares de los diputados muertos, de los otros exsecuestrados, de las comisiones humanitarias, de la gente común…, y porque nos obligaría, en adelante, a desconfiar de todo y todos.
¿Qué decir del exministro Fernando Londoño que el video en el que lo vimos saliendo de la camioneta calcinada, sostenido por dos de sus escoltas y caminando como un zombi ensangrentado, no hubiera dicho ya? Pues ni sé. Sea lo que sea que se diga, va a resultar una de esas frases de cajón, de las que tanto echan mano el presidente, los ministros, los altos mandos militares: condenamos el terrorismo, la guerrilla está acorralada, nunca se había combatido a la subversión con tan buenos resultados, Venezuela impedirá que las Farc se escondan en su territorio, el deterioro del orden público es cuestión de percepción, blablablá.
Lo cierto es que una democracia no puede preciarse de serlo mientras las opiniones encontradas que le dan sustento no se combatan limpiamente con opiniones (no comparto el radicalismo y el tono desafiante de Londoño para exponer sus ideas, pero las respeto –aunque igual reniego– y reconozco su coherencia); mientras siga fungiendo de sepulturera, llenando de héroes de la patria los cementerios (ya no queremos más mártires, muertes como las de los dos escoltas del exministro en lugar de enorgullecernos, nos deberían avergonzar); mientras dos dirigentes políticos –el uno presidente, el otro expresidente, ambos en funciones–, que tienen la meta común de trabajar por una Colombia mejor, pero estilos diferentes para intentarlo, no se bajen de la nube de los twits calientes y los mantras metafóricos en la que están obnubilados, para aunar esfuerzos en un momento en el que el país necesita de su grandeza (el día del atentado contra FL fueron inoportunos el trino inicial de Uribe y el silencio inicial de Santos; estamos hartos del intercambio de puyas y de que cada uno tire de su esquina, para quedarse con la porción mayor de la pizza doble queso en que se ha convertido la opinión pública); mientras los uniformados que la cuidan sigan cayendo como cucarachas fumigadas y las condecoraciones les sigan llegando póstumas.
Uy, qué desánimo. No sé si Colombia, no sé si usted, pero yo, al menos, que sí llevo pelos en la cabeza –y bastantes– los tengo como púas de puerco espín.
Con los pelos de punta
Jue, 24/05/2012 - 01:00
Si Colombia, en lugar de selvas y montañas, tuviera pelos, seguro que hoy los tendría parados de punta. Por la indignación, la vergüenza, el estupor. Las cosas que pasan y vuelven a pasar en este
