Conejo de la manga

Conejo de la manga

21 de febrero del 2017

En medio de la avalancha de corrupción que azota todas las instituciones del país, con la insoportable noticia de que se siguen muriendo niños de hambre, con el micro- tráfico alimentando todas las formas de violencia urbana, con las Farc manoseando el acuerdo de paz, con el gobierno más desprestigiado de la historia de este país de gobiernos desprestigiados, se les ocurre como fórmula salvadora una nueva reforma política.

Por fin los colombianos han entendido que el tema de las cortinas de humo es una especialidad de este gobierno que tiene comprados los medios de comunicación. Cuando un tema le incomoda, como en el caso de Odebrecht, saca un conejo de la manga para desviar la atención. A fuerza de sacar conejos durante siete años ya nadie se interesa por el flojo artista, mucho menos si tiene las sombras del ministro del Interior Cristo.

Proponer que los menores de 16 años voten en una locura. Quienes somos profesores percibimos la extrema inmadurez de los jóvenes actuales, inmersos en la dimensión digital donde todo lo que no se puede ver no existe. Nada es más superficial y manipulable que un joven actual, siempre pendiente de las modas, inestable como una veleta y que cree que la verdad está en Google.

El voto obligatorio es otra quimera. La gente no vota porque la política le parece inútil y sucia. Millones de colombianos saben que no pueden esperar nada bueno del gobierno y por ello salen adelante a pesar de las pésimas instituciones que tenemos. Obligarlos a votar es untarlos de algo que desprecian. Eso no es democrático.

Aumentar el período del presidente a cinco años es inocuo como lo es la eliminación de la Vicepresidencia. Esos no son los verdaderos problemas que aquejan a nuestra República.

La historia culpa a Santander, un primer santista, de la obsesión que tenemos por las leyes. Creemos que las leyes son la salvación y la respuesta para todo. Los griegos, que sabían de los temas consideraban que la democracia era la más exigente de las formas de gobierno porque exigía ciudadanos virtuosos, algo que adolecemos en la Colombia de hoy. Por ello la reforma política no cambiará nada porque electores y políticos serán siendo los mismos, capaces los unos de vender su consciencia y de comprar los votos los otros.

Santos, en su profundo cinismo, cree que puede seguir metiéndole los dedos en la boca a los ciudadanos porque no hay prensa que lo critique. Ya ni siquiera se esfuerza por convencer. Mientras el país naufraga en la corrupción el cuenta los días que faltan para ir a disfrutar su Nobel.

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