Queda poco tiempo para reaccionar

26 de febrero del 2015

“Es la última oportunidad para poner freno a la crisis generada por el cambio del clima.”

Las negociaciones internacionales sobre el cambio climático que tuvieron lugar en la Conferencia de las Partes (COP 20) en Lima, pretendieron construir un borrador de acuerdo que será pieza central para reemplazar el actual Protocolo de Kyoto en la COP 21 en París en diciembre 2015. En la COP de Lima, ciudad Andina y Amazónica, se reunieron actores sociales que no tuvieron acceso a las negociaciones: representantes de Gobiernos Locales, de Pueblos Indígenas, de ONGs, de sindicatos, empresarios, mujeres, jóvenes y otras organizaciones  que viajaron desde la selva, desde la alta montaña y se hicieron presentes para ser escuchados. Sin embargo, sus manifestaciones en Lima no permearon las posiciones de los delegados negociadores. Se evidenció la distancia que el sistema de Naciones Unidas la ONU impone entre negociaciones oficiales y eventos de la sociedad civil: la participación estrictamente reglamentada, marcó las distancias que reinan entre la diplomacia internacional y actores no gubernamentales, limitando los espacios de encuentro y dialogo, de escucha y concertación.

Algunos analistas sostienen que 2015 es la última oportunidad que tendría la humanidad para poner freno real a la crisis generada por los impactos del cambio del clima. El desafío global y de las regiones no es de poca monta. Ya se viene alertando sobre esta crisis de civilización que nos pone en un umbral de alta incertidumbre. La resiliencia impone límites pero cuando se transgreden los umbrales, ya estamos en los bordes de una civilización decadente. Ejemplos en la historia de la humanidad son muchos.

Desde finales del siglo XX se han realizado muchas conferencias mundiales para abordar estas incertidumbres, sin embargo, el hambre aumenta en muchas regiones, la subida del mar en otras, la pobreza y los conflictos bélicos acrecientan vulnerabilidades, y el clima sigue cobrando víctimas, produciendo graves efectos sobre poblaciones humanas, ecosistemas y biodiversidad.

El Protocolo de Kyoto, acordado en 2005 ya llega a su fin en 2015. ¿Qué esperamos para reaccionar en lo que resta del año?

Uno de los programa de Su Madre Naturaleza, de Canal Capital (con el título de este texto), busca alimentar este debate sobre la necesidad de pensar con celeridad, cómo y con quién reaccionar para generar más masa crítica, más espacios mediáticos para hacernos escuchar ante los gobiernos nacionales. Actualmente, solo los Estados acuerdan entre ellos el futuro de todos nosotros. Gracias a KienyKe por unirse de forma decidida a esta iniciativa de pensar cómo reaccionar y contribuir desde los medios y la academia a esta incertidumbre.

A instancias de las Naciones Unidas, los líderes de la mayor parte de los países del mundo, desde 1995 al día de hoy, no han logrado un acuerdo vinculante entre las naciones, con el fin de lograr una mitigación sustantiva de los actuales niveles de gases de efecto invernadero. El hecho que Colombia produzca poco en relación con otros países, no quiere decir que bajemos los brazos y deleguemos exclusivamente a los gobiernos nacionales, la co-responsabilidad de actuar en el ámbito local. Estamos interconectados entre territorios a un sistema global. La tala del bosque en la Amazonia afecta directamente el clima de Bogotá, el deshielo de los nevados en la cordillera Central afecta el suministro de agua potable a poblados lejanos. Las ciudades son responsables de la muerte de los corales del Caribe por no tratar las aguas servidas que de los ríos llegan al mar… Estamos ahora, más obligados a actuar como grupo de individuos de una misma civilización en alerta.

Estados Unidos, China, India, están entre los mayores emisores de gases de efecto invernadero generados por la actividad humana. Estos y otros han sido reticentes a los compromisos de reducción de emisiones y a detener la producción industrial a partir del uso intensivo del petróleo y el carbón. Las estrategias de Adaptación al Cambio Climático están siendo poco atendidas en el marco de las conferencias mundiales de Naciones Unidas, a pesar de los esfuerzos territoriales de ciudades y regiones: su compromiso político con el cambio climático tiene poco eco en las negociaciones entre países y su visibilidad en muy escasa en las negociaciones. El Fondo Verde del Clima, anunciado pomposamente en 2010, aun no opera ni se prevé que pueda hacerlo antes de 2020. Algunos países admiten como cierta las advertencias del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC en inglés) que ya anunció en sus informes científicos las amenazas y escenarios posibles del planeta a corto y mediano plazo.

Ante esta situación, la reacción y las medidas adaptativas y conscientes de la ciudadanía deben ser prontas, contundentes y masivas. Es cierto que la reacción no es solamente política sino cultural, con sociedades más educadas, mejor informadas, más responsables. Los países y muchas agencias de Naciones Unidas lo vienen intentado pero falta mucho más decisión y músculo financiero para enfrentar las causas de forma integral, con la visión del todo interconectado. Desde las instituciones, el ciudadano de a pie percibe acciones erráticas, desarticuladas y fragmentadas. Aquí cabe la pregunta: ¿Cómo amarrar esfuerzos sueltos para que se tengan mayor impacto y se reduzcan las vulnerabilidades de poblaciones y territorios en alerta?

Si en París los países se comprometen con un nuevo acuerdo global sobre el clima, abriendo escotillas y reconociendo la acción de gobiernos locales y actores no gubernamentales, de pueblos indígenas y minorías étnicas, la Conferencia 21 en París, será un paso alentador. Queda poco tiempo para reaccionar y ya es hora de reconocer los esfuerzos y compromisos de todas las partes, sobretodo, desde lo local.

El análisis de esta situación suscita varias preguntas:

¿Por qué no se ha podido lograr todavía un acuerdo global más tranquilizador?

¿Prevalecen los intereses de las grandes empresas multinacionales, concentrando tierras para monocultivos extensivos, minería extractiva, y muy poca investigación que evalúe la responsabilidad de estas actividades en los cambios del clima?

¿Cómo se construye coherencia entre los esfuerzos locales y las metas nacionales de competitividad en la economía de mercado? ¿Quién le pone coto al comercio de armas, de pesticidas, de madera, de comida chatarra, de vehículos, que crecen sin control?

El debate está abierto para que pensemos como virar la cultura del consumo sin restricciones hacia una cultura de la sostenibilidad del planeta.

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