¿Constituyente o reconstituyente?

28 de mayo del 2015

“A Colombia es probable que le haga falta una constituyente, pero no para reformar la justicia.”

A Colombia es probable que le haga falta una constituyente, pero no para reformar la justicia. Si el tema fuera que existiese una excepcional crisis en la justicia mientras que el resto de las instituciones funcionaran a la perfección, pues claro que buena falta haría una medida tan contundente para tales efectos. Pero la crisis en la justicia no es ajena a la crisis política del país. Es más, es hija de la crisis política. Luego se debería empezar por identificar el origen del problema, que no es otro que la crisis ética de la política. Esa que se refleja en la crisis de los partidos políticos, en la crisis de legitimidad del Congreso y en la de los poderes en contravía que generan permanente los choques de trenes. Y para reorganizar el Estado y armonizar los superpoderes de las ías puede que haga falta una constituyente.

Si de verdad se quisiera pensar en un nuevo país, para lo cual habría que hacer cambios fundamentales en la ética de lo público, en lo que significa ser funcionario público, en lo que implica la responsabilidad histórica con los problemas que se han acumulado deficitariamente en el país, debería pensarse en una constituyente. Es decir que si se quisiera hacer algo para que los colombianos no elijan sus parlamentarios como los eligen hoy, que los electores no terminen en el trueque perverso del voto por puesto y para que los partidos no sean esas maquinarias electoreras de oscuros maridajes con la contratocracia; o para que el contralor y el procurador y el fiscal no sigan siendo unos cargos de omnipotentes personajes con aceitados aparatos que les sirven de trampolines electorales, pueda que haga falta una constituyente.

Pero simplista sería imaginarse que el problema es solo de la justicia. Esa es la lógica que pueda querer aplicar la clase política, al estilo del pescador costeño que se regodea en la esquina de la canoa porque aquella está haciendo agua por el lado de su vecino. Lo deplorable es que desde cada esquina la institucionalidad hace agua pero cada vecino ve solamente la crisis de su compañero de viaje. La miopía hace creer que el tema se resuelve reformando drásticamente un sector cuando lo que hay que repensar es la forma de reformar todo. Máxime cuando se está ad portas de abordar una sociedad del posconflicto. Y claro en esa visión cegatona hasta las FARC desde su orilla quieren una constituyente, como los uribistas desde su otra orilla quieren su propia constituyente.

La triste realidad colombiana es que el concepto de constituyente se ha vuelto una fórmula facilista y cada vez más manoseada para proponer un aparente cambio o para que se reacomoden las fuerzas de poder que se sienten mal ubicadas y no para resolver una crisis estructural de país. A quienes la han propuesto hasta ahora les importa un pepino la suerte del país porque sólo apuntan a objetivos particulares y no tienen problema con embarcarnos en esta aventura ni con someter a los colombianos a un ejercicio tan sagrado como debiera ser una constituyente. Esa palabra que tiene toda la carga emocional de mandato constitucional no responde a una visión holística y de futuro, sino que quienes la han propuesto parten de visiones cortoplacistas y mezquinas.

Tanto que cada quien desde su orilla identifica la pequeñez del trasfondo de la de su vecino. Por ejemplo para los antiuribistas la constituyente lo único que quiere es reformar un articulito que permita que el expresidente Álvaro Uribe regrese al poder, y por eso desde su reduccionismo se oponen a ella. Para los uribistas, lo que las FARC quieren es llegar con impunidad y automáticamente al Congreso y por eso no le hacen mucha fuerza, y para  algunos magistrados de las altas cortes la constituyente resultó la fórmula mágica para que se abortara un macheteado proyecto de reforma a la justicia. Sin embargo, para los entendidos y comprometidos en materia de paz por mucho que se dilate el tema, el proceso con las FARC y con el ELN tarde o temprano terminará en constituyente.

Pero quizás lo que necesita Colombia antes de la constituyente es algún tipo de reconstituyente. Una pócima que al dársela a algunos personajes los haga meterse en la realidad y los lleve a comprometerse con la transformación de las prácticas imperantes durante más de cinco décadas. Algo como lo que debe tomar Antanas Mockus cuando es capaz de hacer una especie de mea culpa sobe una vieja simpatía con las FARC, incluso hasta a autoincriminarse como auxiliador, lo que para muchos ha resultado otra payasada del exalcalde bogotano. Es tan mezquino el país político que no alcanza a vislumbrar la grandeza que conlleva una confesión de este tipo. Es un llamado implícito a la verdad y a la autocrítica, una admonición a tener la capacidad de reconocer que la tragedia colombiana no está escrita en moldes de blanco y negro sino que existen los grises y que la lectura del país hoy requiere de amplitud de pensamiento, de comprensión de los matices y de un compromiso de futuro que obliga a reformular conceptos atávicos.

Tal vez lo que habría que encontrar es un reconstituyente para que se revitalicen los protagonistas y puedan dejar de lado los macartismos y los maniqueísmos, para que nadie sienta que la cosa no es con él. Para que todo el mundo comprenda la frase de Mercedes Sosa cuando canta “El que no cambia todo no cambia nada”. Le va a costar mucho a los creativos y a los pedagogos para hacer entrar en razón a quienes creen que el problema es del otro. Se requiere hoy que todos los actores hagan el cambio para que por ejemplo los colombianos pudieran tener en el Congreso vehementes prohombres defensores de la paz en lugar de terminar por aceptar que quienes hoy tiran la línea en esa dirección son parlamentarios tan de baja credibilidad y de poca sintonía con el tema social como Armando Benedetti y Roy Barreras. O que quienes previenen sobre los riesgos de caer en la impunidad guerrillera no fueran quienes de alguna u otra manera hubieran querido en un pasado no muy remoto impunidad para los paramilitares o incluso para los narcos.

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