Continuará…

17 de mayo del 2011

Más allá del proyecto que pretende reformar a la educación superior en Colombia y a La Ley 30 de 1992, considero que se está aprovechando la coyuntura para repensar al país, porque cuando un Estado no cumple con su deber constitucional y con el derecho que tenemos todos a la educación, la sociedad, tarde que temprano, termina pagando las consecuencias.

Es cierto que el gobierno se quiere desentender de sus obligaciones con la educación superior, porque se entiende mejor siguiendo las directrices del Banco Mundial. También es cierto que ampliando la cobertura sin calidad sería como financiar a la sociedad del desconocimiento, porque éste ha sido un Estado que históricamente no ha invertido en educar a sus educadores o en mejorar sus salarios y por lo tanto, es un Estado que no puede educar a sus estudiantes como debería.

Al mismo tiempo, todos sabemos que la investigación es el eje fundamental para desarrollar a un país y que cuando hablamos de modernizar al sistema educativo, no nos referimos a donar computadoras, sino en mejorar la calidad de vida de toda la población. Lo que a Colombia le hace falta es un modelo de desarrollo propio, porque el Ecaes, por ejemplo, es el ISO9001 de la educación superior para que pensemos como piensa el mal llamado primer mundo.

Además, estoy de acuerdo de que en vez de tener pregrados de buena calidad y postgrados de mala calidad, cada centro educativo fuese consciente de sus limitaciones. Eso lo llamaría Weber, gracias a Hegel y a Kant, la ética de la responsabilidad o de las convicciones. Sin olvidar, que los postgrados deberían tener en cuenta la capacidad adquisitiva o el nivel socioeconómico de los estudiantes.

Y que los programas académicos se adecuaran a las necesidades productivas de las regiones pero que también respetaran las inquietudes de, por ejemplo, un estudiante que quiera estudiar literatura, ampliando la oferta de humanidades. Porque una universidad, ante todo, debe formar seres humanos, pensadores, soñadores, propiciando espacios para que las utopías venzan los sesgos paradigmáticos de las realidades y comprometiendo al Estado para que cada beca en el exterior automáticamente tenga una visa.

Pero también seamos un poco autocríticos, porque no es posible pensar en las universidades, es decir, repensar al país, cuando uno tiene que levantarse todos los días para ganarse la vida y por eso tres millones de jóvenes, entre los años 2000 y 2010, desertaron. Lo que sí debe quedar claro es que el gobierno estudiantil tiene que entender que una universidad no se defiende con papa bombas, sino con argumentos e ideas…

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