El contratista y la desgracia del Estado

20 de enero del 2015

“Los contratistas son un mal del que también muchos se aprovechan.”

El caso de Nicolás, que se cansó del abuso de una entidad pública para contratarlo este año, nos recuerda que los contratistas son un mal del que también muchos se aprovechan.

La nómina pública de Colombia en 2015 costará 25 billones de pesos. Nada menos. Nicolás esperaba ganarse algo de ese dinero este año en un reconocido Instituto, en Bogotá.

Nicolás era contratista, así que terminó el 2014 a la deriva: sin la seguridad de ser contratado este año, pero con la confianza de ir en enero a la oficina a “patinar” su contrato. Es decir, presentar documentos, recoger firmas, pagar pólizas y, entre otras engorrosas tareas, cambiar el objeto del contrato ya que algunas entidades hacen eso para evitar posibles demandas por derechos laborales adquiridos. Todo esto, tristemente, con la venia de los superiores.

Siempre es así. No importa el nombre. Los contratistas del Estado empiezan cada año con incertidumbre, sin vacaciones, sin prestaciones, con la obligación implícita de presentarse en su puesto de trabajo -sin trabajo- y en muchas ocasiones con la orden de seguir laburando para salvaguardar su lugar mientas el vínculo laboral se legaliza.

-Nicolás, ¿será que nos puede ayudar mientas sale su contrato? – le pidieron en el Instituto.

Él, economista de 27 años, en un acto de heroísmo -la amenaza de quedarse sin trabajo permite la afirmación- dijo que no.

-La verdad, lo que me piden no es ayuda sino cosas que toman tiempo. ¡Es trabajo! Y yo todavía no tengo contrato – reiteró.

Pasó entonces una semana. Y pasaron dos. Hasta que volvieron a llamar a Nicolás para avisarle que, ahora sí, podía ir a trabajar porque ya estaba listo su contrato.

-Muchas gracias, pero yo ya no voy a trabajar con ustedes- respondió Nicolás, para sorpresa de todos.

Llegamos al problema en sí. La informalidad permite abusos de parte y parte.

No acerca en absoluto a las personas al sano sentido de pertenencia que se debe tener hacia la empresa para la que se trabaja. Y el otro lado no deja de ser un pantano. Sin miedo de caer en una falsa generalización, el contratista mal habido es una plaga: cumple con sus labores apenas para poder cobrar, hace muy poco por la excelencia, hace nada por mejorar y cobra sueldos altos en comparación con la media.

Así lo decía Antonio Caballero: “Un secuestro no es una retención, como, por ejemplo, un contratista de una empresa no es su empleado”. Hay que tener eso claro, no pedirle -ni esperar- más del contratista de lo que le corresponde.

Pero también lo recordaba hace poco Juan Pablo Calvás con una ironía que se vive día a día en el Ministerio de Trabajo: “No deja de sorprender que el 65 por ciento de los trabajadores de la oficina dedicada a los procesos de formalización del empleo estén vinculados a través de la fórmula de prestación de servicios”.

Esto de los contratistas debe revaluarse. De parte y parte porque no satisfacen las necesidades de la ciudadanía. Y eso sin hablar del mal que ya aquejamos con aquellos empleados públicos, aquellos llamados de planta, que abusan de su puesto porque es muy difícil despedirlos.

* Me pidieron no escribir el nombre completo de Nicolás ni el Instituto citado en esta historia. Lo respeto, aunque creo que debemos dejar de temer a hacer denuncias. Los miedosos deberían ser otros.

@javieraborda

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