Corto o largo, ¿cómo prefiere?

Corto o largo, ¿cómo prefiere?

22 de noviembre del 2016

En estos días Stephen Hawking, un increíble científico atado a una silla de ruedas desde muy joven, hizo una predicción escalofriante. Dijo que en mil años este planeta no tendrá capacidad de albergarnos y los seres humanos tendríamos que buscar un sustituto donde sí hubieran condiciones para vivir.

Es realmente asustador, especialmente si uno se preocupa por las próximas generaciones, es decir, si piensa en el largo plazo. Pero si a uno lo que lo atormenta es el corto plazo, pues la angustia estaría generada por asuntos como la llegada de algunos dirigentes de las Farc al poder o el regreso del uribismo a la presidencia en el 2018.

Aquí estamos embebidos en una negociación a cortísimo plazo y las predicciones de lo que pase con el planeta no generan mayor controversia. El acuerdo de paz es como un sumidero que se lleva todas las deliberaciones a un escenario tan cortoplacista que parece miope.

La paz, en cambio, es un objetivo ni tan lejano, ni tan próximo y por lo tanto mucho más relevante que si Timo llega o no llega al Senado. Conseguir la transformación de este país en una verdadera democracia, derrotar la inequidad y elevar el nivel de vida de la población más pobre será algo a trabajar en las próximas décadas; claro a partir de firmar la paz con todas las guerrillas.

Pero esta preocupación de la paz es casi irrelevante en la negociación entre los del gobierno y los del NO. Parecen transados en una compra venta de semovientes. Que si vale tanto el kilo, que si es en pie o en canal, etc., etc.  Con el aumento de las exigencias y los reparos al nuevo acuerdo, da la impresión que se está perdiendo el horizonte más importante, el de la construcción de la paz.

A veces parece que aquí no importa tanto el futuro como el pasado; lo que buscan algunos es ver cómo le cobramos a la contraparte lo que se hizo en este largo período de guerra, sin importar mucho lo que vamos a construir conjuntamente. La paz es para el futuro y la negociación, como la están planteando los del NO, es para reparar el pasado.

Por supuesto hay partes del viejo y del nuevo acuerdo que buscan replantear temas hacia adelante para facilitar el crecimiento con equidad. Es el caso del tema agrario, aunque reformas agrarias “integrales” hemos tenido varias y ninguna ha resuelto ese problemita. Pero en general lo que se encuentra en la negociación, la nueva o la vieja, gira en torno a cómo reincorporar a la guerrillerada a la vida civil, cuál será su costo y cuáles los toma y dame de cada parte.

Que la tierra se va a acabar, gritaría si pudiera desde su silla de ruedas Stephen Hawking. Si, señor pero todavía nos quedan mil años de disputas por el poder, le contestarían los del NO. En eso consiste la diferencia entre una mirada microscópica o una telescópica. La mirada de personas cómo Trump, por ejemplo, no sobre pasa el largo de su brazo con que agarra para sí todo lo que sea aprovechable (incluidos los cuerpos de las mujeres).

En nuestro entorno político, una persona como Alvaro Uribe se empeña en el cortoplacismo y de ahí su terca oposición a los acuerdos de la Habana. La renegociación le parece todavía incompleta y exige que se sigan discutiendo aspectos que le darían tranquilidad con relación al castigo por lo que ya se hizo, pero que poco o nada tienen que ver con la construcción de la paz.

En esas discusiones “santanderistas” nos ha hemos pasados los 200 años de independencia, sin avanzar mucho, con períodos cortísimos de paz entre una guerra y otra. Esperemos que el gobierno, que con este proceso está pensando en el mediano plazo, no permita que se embolate la paz y que gastemos parte de esos mil años que nos quedan en la tierra, en nuevos y más idiotas conflictos.

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