Corzo en busca de su patente

10 de agosto del 2011

La legislatura que acaba de comenzar anuncia, no una hecatombe como algunos sueñan, pero por lo menos sí una estortillada de huevitos. Y aunque tampoco terminará en pericada como aspirarían otros, lo que es seguro es que mínimo va a ser un revueltillo que pondrá palos en la rueda a la onda progresista del gobierno […]

La legislatura que acaba de comenzar anuncia, no una hecatombe como algunos sueñan, pero por lo menos sí una estortillada de huevitos. Y aunque tampoco terminará en pericada como aspirarían otros, lo que es seguro es que mínimo va a ser un revueltillo que pondrá palos en la rueda a la onda progresista del gobierno Santos. Y muy bien condimentado si se mete a la cocina la Procuraduría que tiene su particular picante.

Si la batalla política la viene ganando la Unidad Nacional, la parlamentaria tiene un segundo round con el uribismo que nada garantiza que se vaya a dar a mano limpia. Y menos que no aparezcan otras manos de tonos más oscuros. Los campanazos están dados. De un Senado encabezado por un uribista saltimbanqui, que rápidamente se acomodó al gobierno e hizo llave con el ministro símbolo del antiuribismo y ayudó al Ejecutivo a despachar su agenda en el Congreso, se pasó a la presidencia de un conservador uribista encaramado en el moralismo y la caverna que viene a intentar recuperar la iniciativa parlamentaria o por lo menos sabotearla si no la consigue.

Derrotados en los terrenos de las leyes reparadoras de víctimas de la violencia y lejos de ganar las faenas sobre la distribución de las regalías, la sostenibilidad fiscal, o el estatuto anticorrupción, los uribistas, en vísperas de elecciones, han decidido sacar sus espadachines conservadores y desempolvar banderas del populismo de derecha mezcladas con parlamentarismo a ultranza e irse lanza en ristre contra el reformismo para recuperar el protagonismo político y facturar réditos en la próxima jornada electoral.

Colocar en el Congreso como prioridades la penalización del aborto, el impedimento matrimonial en el mismo sexo y ahora la objeción de conciencia burocrática no tienen otro propósito que el de alborotar los escombros religiosos de los colombianos pacatos para poner contra la pared a sus congresistas en temas que para una sociedad de doble moral se convierten en un activo, de paredes para adentro en el Capitolio, con consecuencias mediáticas y por supuesto electorales.

La camándula y la Biblia son un buen truco para poner a debatir sobre el sexo de los ángeles a unos congresistas que les da igual ponerle velas a Satanás o a los santos a la hora de conseguir votos. Y que son expertos en servir a Dios y al diablo al mismo tiempo. O que fácilmente pueden estar con un Juan Manuel o con otro. Y eso lo sabe la mano negra que el presidente Santos denuncia.

La idea de revivir la inmunidad parlamentaria del nuevo presidente del Senado no es la patente de corzo que quisieran tener los congresistas sin dios ni ley.  Es puro populismo parlamentario para seducir bancadas y recuperar terrenos o bríos uribistas refundidos en los salones del Capitolio. No hay nadie que crea que esa propuesta es seria. Salvo uno que otro parlamentario que comparta con Juan Manuel Corzo causa en las investigaciones sobre el tráfico de notarías en la reelección de Uribe, o ad portas de vínculos en los expedientes de la parapolítica.

La inmunidad parlamentaria, el fuero militar, como tantas excepciones que se podrían aplicar en democracias nórdicas, en Colombia no resisten un debate. Todo el mundo sabe que la reserva del sumario, el sigilo, el secreto profesional, en fin, el secreto de confesión y hasta la reserva de la fuente, en nuestro país, son un burladero. Y aunque parezcan palabras de Godofredo Cínico Caspa, en Colombia nadie quiere que existan tales prebendas estratificadoras que inevitablemente terminan en encubridoras pero nadie se pronuncia en su contra, porque teme ser despedazado por la opinión publicada.

Aquí lo que está en juego es ni más ni menos que la batalla entre la reforma y la contrarreforma. Que se vuelve entre el centro y ultraderecha. Y cuando alguien va perdiendo en terrenos de la razón o de los argumentos echa mano de los bajos instintos, las pasiones religiosas, o las descalificaciones moralistas para tomar un segundo aire y luego asestar el golpe de gracia en los temas sustanciales.

Como van las cosas, no nos queda más que encomendarnos al Divino Niño para que los conservadores, que ya pusieron su sello y la Procuraduría su marca, no logren patentar sus posturas retardatarias. Que pidamos, como decían las abuelas, que Dios nos libre de hombre sonso y mujer caritapada porque detrás de esos debates moralistas vienen los furibundos revanchistas con mano sucia, mano negra y mano alzada a intentar devolver la historia y recuperar lo que no ganaron con la histeria.

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