Criminales en potencia

18 de marzo del 2015

“Somos, por el hecho de ser humanos, criminales en potencia”.

Me he sumergido en Recuerdos, sueños, pensamientos de Carl Gustav Jung fascinado ante la manera de abordar sus memorias este genial psicoanalista. Como ocurre cuando nos ocupamos del inconsciente, mis sueños se han hecho más vívidos y los recuerdos me acosan haciendo que mis pensamientos y juicios sobre los sucesos del momento queden en suspenso y no sean inmediatos.

Que esto me ocurra cuando los hechos nos sobrepasan y mientras presenciamos cosas inimaginables pocos años atrás, considero que no es simple coincidencia. Esto me lleva a indagar sobre las preguntas fundamentales que nos hacemos, hoy día con mayor insistencia, los colombianos: ¿Hasta dónde llegará esto? ¿Qué podemos hacer? Ante estos interrogantes no es raro que nos encontremos en completa perplejidad con nuestras mentes embotadas. Por ello es tan importante escuchar al inconsciente y a la intuición de la que nos habla Jung en cada página de su magistral autobiografía.

En mi niñez la clase de Historia Sagrada ocupaba un lugar importante en mi imaginación y en especial dos relatos la despertaban por su dramatismo. Estos eran el Juicio de Salomón y el Sacrificio de Isaac. Aunque el final en las dos historias es venturoso, mi mente se concentraba en el desenlace trágico, injusto y violento que se anunciaba y mi imaginación seguía anclada en la muerte sangrienta, viendo correr la sangre y sufriendo con el dolor de los niños, de la madre y de Abrahán.

En el primero de ellos, cuando el rey pedía una espada y ordenaba partir al niño en dos para dar una mitad a una madre y la otra mitad a la otra, el tiempo se detenía para mí y, conteniendo la lagrimas, veía correr la sangre del inocente sacrificado en aras de un juicio justo. Ante el mandato de Salomón no había quien se le pudiera oponer, tan sólo el dolor de la verdadera madre impediría el desenlace fatal.

Cuando pasa por la imaginación de los colombianos que al país se le puede partir en dos porque las FARC reclaman que Colombia les pertenece, escucho a la falsa madre gritar: “Ni a mí ni a ti; ¡partidlo!” En momentos tan angustiantes podemos caer en decisiones torpes y movidas por el desespero. Este suceso bíblico no puedo dejar de asociarlo con la propuesta de dividir el departamento de Cauca en dos con la premisa de que las FARC lo quieren para ellas. La senadora Paloma Valencia plantea, con su propuesta de referendo para que los colombianos decidamos si una mitad de Cauca es para nosotros y la otra para los criminales, una aterradora perspectiva como la que quedaba flotando en mi mente imaginando al niño cortado en dos mitades. Así como con ese departamento me atrevo a decir de Colombia: o el país lo salvamos entero o es preferible decir como la verdadera madre: “¡Ah, señor mío! Dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis.”

En el segundo relato, cuando Isaac le pregunta a su padre Abrahán: “Tenemos el fuego y la leña pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”, veía con inmenso dolor como ardía el fuego y con él Isaac. Ni las palabras del Ángel deteniendo la mano de Abrahán, lograban consolarme. Tan sólo con la posibilidad de que un padre pudiera sacrificar a su hijo era suficiente para que quedara aterrado.

Saber que el soldado Mario Alejandro Perdomo Rodríguez, de la Brigada de Selva Número 22 de San José del Guaviare, de apenas veintitrés años, fue quemado vivo por el Frente 44 de las FARC pocas semanas después del asesinato de los cuatro niños del Caquetá, perpetrado por el mismo grupo terrorista, traspasa el campo de la imaginación en el que se instalaban los relatos del Antiguo Testamento para llegar al de una realidad espeluznante.

Los pensamientos de Jung enunciados hace medio siglo me dan la impresión de que tienen en su interior la clave para responder las dos preguntas acuciantes:

¿Hasta dónde llegará esta terrible situación?

¿Qué podemos hacer en este momento?

Dice Jung:

“Cada uno está seguido por una sombra, cuanto menos integrada está en la vida consciente del hombre más negra e intensa se vuelve. Nadie está fuera de la negra sombra colectiva de la humanidad, por lo tanto está bien tener una imaginación del mal, puesto que sólo los tontos pueden descuidar las premisas de la propia naturaleza.

Han sucedido, y aun suceden cosas terribles, pero son siempre los otros los que las han hecho. Nosotros, en cambio, llevamos en nuestro ser, invariables e inamovibles, la capacidad y la inclinación a repetir cosas similares. Somos, por el hecho de ser humanos, criminales en potencia.”

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