Crónica de un tipo cualquiera (2)

26 de enero del 2012

Teniendo en cuenta los cada día más sofisticados descubrimientos médicos del siglo XXI, los avances en el cuidado de la mente y el cuerpo, los procesos asombrosos de índole estético en el ser humano, el viagra y la gran variedad de posibilidades existentes para conservar intacta la juventud, el vigor y el buen estado físico, […]

Teniendo en cuenta los cada día más sofisticados descubrimientos médicos del siglo XXI, los avances en el cuidado de la mente y el cuerpo, los procesos asombrosos de índole estético en el ser humano, el viagra y la gran variedad de posibilidades existentes para conservar intacta la juventud, el vigor y el buen estado físico, cumplir 48 años de edad no debería ser una tragedia. Eso iba pensando Aicardo Rodado mientras caminaba hacia el occidente por la calle 106 rumbo al Transmilenio. Tenía exactamente una hora para llegar al taller de actuación para su clase de expresión corporal. El taller está ubicado a unas veinte cuadras de distancia, tenía tiempo más que suficiente para llegar en punto ya que a esta hora de la tarde no hay tanta congestión en Bogotá. A pesar de la pesadez de espíritu y la angustia existencial que le causaba su cumpleaños, la falta de trabajo y la escasez de plata, la perspectiva de embarcarse en esta aventura de la actuación lo animaba un poco. Por andar pensando en los problemas de un típico colombiano recientemente desempleado, con obligaciones financieras y responsabilidades familiares, sin una entrada fija o posibilidad de negocio en mente, y a punto de cumplir 48 años, se estrelló con una bolsa de basura que estaba en medio del andén y casi va a dar de cara en mitad de la calle. La bolsa repleta de cáscaras, restos de fruta, pulpa y jugo, era el producto de los desechos de una vendedora de salpicón que instala su puesto en la vía pública y con la que él, por el mismo motivo, ya había tenido una discusión en el pasado.

—Señora, ¿es posible que quite la basura de la mitad del andén de una vez por todas? —le dijo Aicardo a la vendedora de frutas tratando de controlar la ira que le producía, no solo la invasión del espacio público sino la falta de consideración al dejar la basura en medio del camino de los peatones.

Pero es obvio que la vendedora concibe la existencia colectiva de otra forma, y le responde de un solo respiro y sin pensarlo dos veces nombrándole la madre y todos sus descendientes hasta la cuarta generación, antes de informarle que ella tiene el derecho al trabajo y que Aicardo ya se estaba volviendo un problema muy “hijueputa” para ella.

Algunos de los transeúntes se detienen al presentir que algo interesante está por suceder. Pero experto en esto del deambular por la ciudad, Aicardo trata de evadir la confrontación bajando el tono de voz y seleccionando cuidadosamente sus palabras.

—No estoy impidiendo que ejerza su derecho al trabajo y ni siquiera voy a mencionar mi derecho a transitar libremente o a circular por el andén sin obstáculos o los derecho que me dan pagar impuestos para que se conserve el espacio público o…. —¡Error! nuestro personaje se equivocó al usar esas dos palabras tan controversiales y peligrosas: espacio público. Sin realmente escuchar lo que le está diciendo Aicardo y presumiendo que le está cuestionando su derecho a invadir el espacio público, la vendedora continúa su retahíla de insultos y ahora llega hasta la honra de la quinta y sexta generación de antepasados del atribulado casi cincuentón. La experiencia y el instinto de conservación le indican a Aicardo que la única salvación es huir, si es que lo logra antes de que otros vendedores ambulantes, voceadores de prensa, taxistas y hasta señoras encopetadas que se solidarizan con la pobre y desprotegida vendedora, lo linchen o como mínimo lo atropellen en su físico, espíritu y moral.

Veloz, acostumbrado a huídas de esta índole, se desplaza rápidamente hacia el Transmilenio, ofendido, humillado, molesto y emberracado. Sin embargo, Aicardo va cuestionándose la cordura y buen juicio, no tanto de la vendedora, que finalmente tan solo aprovecha la oportunidad que le da una administración pública descuidada, desinteresada, sin autoridad ni moral, y sin capacidad de brindarle un trabajo verdadero y digno. No, Aicardo se cuestiona es la lógica de sus clientes, que a pesar de que están conscientes de que la mujer vende su mercancía desde un carrito obviamente sucio, sin ningún tipo de control en cuanto a higiene o salubridad, sin agua corriente o manera de limpieza y sin seguir ningún tipo de protocolo o siquiera procedimiento de aseo, continúan consumiendo muy orondos, los productos que a tan buen precio les suministran. Al mismo tiempo, el caminante duda de su propio buen juicio, por haberse expuesto inerme ante una jauría de bogotanos en busca de una presa con quien desahogar sus complejos sociales, sus deseos de sangre y frustraciones urbanas.

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