Crónica de un tipo cualquiera (9) – Rol masculino

21 de julio del 2012

Aicardo camina hacia la estación del Transmilenio en el norte y piensa que a medida que pasa el tiempo, el rol masculino en la familia y la sociedad en general se va desfigurando. El hombre en realidad aún no tiene cabida en muchas de las actividades o funciones consideradas hasta hace poco como exclusivas de […]

Aicardo camina hacia la estación del Transmilenio en el norte y piensa que a medida que pasa el tiempo, el rol masculino en la familia y la sociedad en general se va desfigurando. El hombre en realidad aún no tiene cabida en muchas de las actividades o funciones consideradas hasta hace poco como exclusivas de la mujer.

Socialmente y de manera hipócrita, un hombre educando niños en un jardín infantil, o quedándose en su casa cuidando del hogar es mal visto. Sin embargo, se espera que de alguna forma el hombre sea sensible, sea partícipe y más comprensivo con esas actividades.

Aicardo ya no es el proveedor de su hogar, pero siente, porque la gente a su alrededor se lo hacen sentir, que tampoco está bien que se quede en casa haciendo el papel de cuidador de la familia. Por su edad no consigue trabajo, y a pesar de sus esfuerzos no logra que lo contraten, eso hace que su esposa, la familia y la sociedad en general lo vean como una persona sin empuje, sin verraquera y a decir de muchos, vago. No importa que durante casi treinta años haya llevado el peso de la economía familiar y las riendas de los asuntos financieros, como su esposa es la que hoy en día trae el dinero a casa, ahora es un mantenido.

Ahora Aicardo trata de compensar su falta de trabajo con sus cursos de actor y sus ocasionales trabajos que le salen en la actuación, pero el asunto no ha sido fácil, por lo que su estado de ánimo no siempre es el mejor.

Al mediodía, regresando del curso de actuación, Aicardo llegó al Transmilenio bastante molesto. La estación estaba repleta y desde luego había fila para comprar el boleto. A pesar de la cantidad de gente, la fila que más parecía una ¨C¨ que una línea recta, debido a que una columna obstaculizaba el paso, se movía relativamente rápido. Dos señoritas y un muchacho que parecían universitarios conversaban animadamente frente a Aicardo y detrás de él iba un hombre robusto, mal encarado y con pinta de pocos amigos. Bastante cerca a la taquilla, al llegar a la columna que interrumpía el paso, las muchachas se fueron tranquilamente por el lado derecho de la columna, mientras tanto, el mal encarado se apuró por el lado izquierdo y se instaló muy orondo delante del trio, colándose enfrente de todos. Las estudiantes y el joven se molestaron y conversaron entre ellos pero muy prudentes, no se atrevieron a decir o hacer nada. La indignación invadió a Aicardo, sin pensarlo dos veces se colocó delante del mal encarado mirándolo directo a los ojos, y muy sereno, sin una grosería o amenaza, señaló a una de las estudiantes y le dijo al tipo —ese no es su lugar, el turno le corresponde a esa señorita—. El tipo lo miró con ojos de gorila asesino, se cruzó de brazos y no se movió. —Mire, solo le estoy pidiendo que respete el turno, si usted no vuelve a su puesto yo no lo dejo pasar—. Aicardo también se cruzó de brazos, irguió la espalda y puso cara de decidido, cosa que no sentía ni un poquito. El tipo, sin casi levantar la voz insultó a Aicardo, y en el instante en que estaba pensando si golpearlo o lanzarse a estrangularlo, un movimiento entre la gente lo distrajo y por alguna razón decidió no atacar y quedarse quieto.

Se desocupó la taquilla y Aicardo permaneció inmóvil frente al tipo y le dijo a una de las señoritas, —siga es su turno—. La joven pasó, y Aicardo siguió impávido mirando al mal encarado directo a los ojos, detrás de la señorita pasó la amiga y luego el muchacho. En ese momento, Aicardo se volteó y fue a la ventanilla, compró su boleto y le dijo al mal encarado, —ahora si siga, es su turno—. El tipo de nuevo lo insultó con una voz apenas perceptible, y Aicardo se fue apresurado a coger el Transmilenio, rezando por no encontrarse con el gorila alfa-macho en el bus.

Mientras el vehículo pasaba las estaciones hacia el sur, y la ciudad se iba oscureciendo con pinta de aguacero, Aicardo pensaba que había sido imprudente con lo que había hecho. Un puesto en una fila no valía un puñetazo o una puñalada. Debía buscar otra forma de ventilar sus frustraciones y no ir por ahí buscando camorra. Aunque aun sentía la sensación de ira que le causó la falta de respeto y civismo del mal encarado, ahora se arrepentía de haber corrido un riesgo tan innecesario. Al llegar a la estación antes de bajarse, alguien lo llamó —¡Oiga, señor, señor! —Aicardo se volteó y vio a las estudiantes de la fila que lo miraban con admiración. —Gracias, dijo la joven, — gracias por lo que hizo—.

La sonrisa se asomó a los labios de Aicardo, y vio a Bogotá un poco menos nublada. De vez en cuando vale la pena y es necesario, de la manera más decente posible, hacer valer los derechos de uno y de los demás.

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