Crónicas de un tipo cualquiera – 10 Ciudad de contrastes

12 de septiembre del 2012

Aicardo Rodado deambula por las calles tratando de pensar y de ser posible calmar su estado de ánimo. El pobre hombre aún no se convence que su mujer lo está engañando con otro y busca un lugar tranquilo donde pueda analizar la situación con calma y quizá ver las cosas desde un punto de vista […]

Aicardo Rodado deambula por las calles tratando de pensar y de ser posible calmar su estado de ánimo. El pobre hombre aún no se convence que su mujer lo está engañando con otro y busca un lugar tranquilo donde pueda analizar la situación con calma y quizá ver las cosas desde un punto de vista más positivo. Avanza sin fijarse realmente por donde va, pero a medida que pasan las cuadras, se da cuenta que su ánimo se va apagando aún más y su tristeza, si eso es posible, aumenta a medida que camina. Se detiene y cae en cuenta que va por la calle 72 hacia el sur por la Avenida Caracas.

Aicardo mira a su alrededor y observa la ciudad que normalmente algo de satisfacción le produce y piensa que Bogotá es una ciudad de contrastes, tal como su existencia, días de lluvias torrenciales seguidos de días con un sol abrazador, picante y frentero. Fríos que le llegan a uno hasta la medula de los huesos y calores que hacen pensar en ciudades tropicales. Noches oscuras, lúgubres y frías, como esta etapa de su existencia, seguidas de noches casi tibias y veraniegas, como hasta hace unos meses había sido su vida. Contrastes fuertes que acentúan la atracción que ejerce esta metrópoli sobre sus habitantes, pero que aumenta el desagrado y a veces hasta desespero ocasional que se siente contra ella, al verla tan pobre, desdibujada y fea, tal como su actual existencia de desempleado, pobre, viejo y engañado.

Pero en realidad, ¿qué es lo que hace que en ciertas ocasiones Bogotá se vea estéticamente tan sin gracia? ¿Cuáles son esas cosas casi que imperceptibles para la mayoría de sus habitantes, que en ocasiones la vuelve tan desagradable? Sin pensar en la tragedia humana o social, son detalles pequeños, pero que al acumularse se vuelven monumentales, como el maquillaje exagerado y corrido en una mujer borracha, despelucada, trasnochada y mal vestida para el día.

Aicardo mira por la calle 71 hacia el oriente y se da cuenta que uno de esos aspectos que afean, son los cables de la luz y el teléfono. Sin que sean muy obvios, esos cables desdibujan el paisaje que uno ve. Se cruzan frente a la mirada, ya sea manchando los montes o las edificaciones, quitándole nitidez a la imagen y haciéndola borrosa, poco clara, sucia y chocante. Sin lugar a dudas el manojo de cables que fláccidamente cuelgan como cuerdas para secar la ropa, por toda la ciudad, es uno de los cuatro elementos más horribles, que hace que veamos a Bogotá fea y mal presentada.

Otro elemento entre los más notorios que daña la vista de la ciudad, son los letreros, avisos, pancartas o pasacalles de todo tipo que cuelgan, pegan, colocan, emplastan y atraviesan en los negocios, edificios, casas, puentes, postes, árboles, muros y cualquier otra superficie en que se pueda exhibir o promocionar algún negocio o producto. Desde luego que teniendo en cuenta nuestro espíritu mercantilista tan colombiano e imaginación y creatividad tan limitada, los letreros y avisos no concuerdan con el estilo del lugar, son desproporcionadamente grandes, no son estéticamente atrayentes, y lo más triste y decepcionante es que ni siquiera cumplen su función comercial, algunos, como la mayoría por Chapinero, cerca de la Avenida Caracas, por donde está pasando Aicardo, tienen los caracteres y la información tan abarrotada y saturada que nadie se interesa o le alcanza el tiempo para leerlos.

Avisos vulgares y desproporcionados en restaurantes y almacenes de ropa de moda, políticos, pastores y proyectos de la ciudad tratan de comunicar sus propósitos con avisos horribles que tapan lo bonito del medio y sin respeto alguno por el ciudadano contaminan visualmente y destruyen cualquier intento por mantener una estética urbana agradable para el habitante o visitante.

El tercer elemento afeador de nuestra urbe, son los buses, camiones y demás vehículos de gran tamaño que además de contaminar con vapores inmundos, y ruidos ensordecedores, contaminan la visibilidad con su aspecto antiestético, ofensivo y desagradable.

Por ultimo aunque no necesariamente el que menos impacto negativo causa, son los carritos, carretas, o puestos de ventas ambulantes. Vitrinas horribles de un sinnúmero de productos, que se ven como moles desordenadas, sucias, caóticas y en muchos casos antihigiénicas, que obstruyen el paso y deterioran la imagen de cualquier andén, calle o rincón, no importa que tan bien cuidado o presentado se encuentre. Son negocios que ni siquiera se toman el trabajo de ser, pintorescos o de alguna forma exóticos y de esa manera disimular un poco el peligro e incomodidad que presentan para los peatones. Aicardo decide tomar el Transmilenio y regresar a su casa antes que la angustia lo desborde y en un ataque de locura se suba a un poste y trate de cortar los cables que tanto lo deprimen.

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