Cuando el pueblo se quedó sin sol (cuento)

25 de agosto del 2018

Por Ignacio Arizmendi Posada.

Cuando el pueblo se quedó sin sol (cuento)

Ese día las nubes empezaron a brotar en lo alto y a posarse extrañamente sobre el pueblo, cubriéndolo de sombras y temores. Los parroquianos creyeron que era algo pasajero, y lo creyeron porque nunca había sucedido algo similar. Sin embargo, pasaban las horas y los días y las nubes no desaparecían. La inquietud, entonces, comenzó en las mentes de aquellas buenas gentes, que hablaban del cielo, de la falta de luz y sol y de otros tópicos relacionados, sin dejar de hacer toda clase de suposiciones.

La inquietud fue tanta, que el presidente del Concejo municipal –formado apenas por cinco ciudadanos– se interesó en el asunto y llamó a un cabildo abierto. Nada más natural que dar la oportunidad para que cada quien, en su estilo y espontaneidad, dijera las cosas en un lugar tan representativo como la sede del organismo, que nunca había tratado un problema similar.

Cuando el presidente –pintoresco e ingenuo– abrió el foro, Pesimio, un poblador taciturno y grave, pidió la palabra. Si bien casi todos los presentes sabían que diría algo hostil, no faltó quien se sorprendiera de lo afirmado por este hombre: “Estoy seguro –dijo– de que no se puede hacer nada. El problema de estar sin sol y sin suficiente luz del día no tiene solución. Estamos condenados. ¡Es un castigo de Dios!”.

Ante tamaña manifestación, alguien que siempre era su antípoda, Optimio, solicitó hablar de inmediato. Por supuesto que los asistentes al foro vaticinaron que el parroquiano, extrovertido y sagaz, afirmaría algo en contraposición a lo expresado por su antecesor. No les faltó razón: “¿A ustedes les preocupa que no haya sol?, preguntó. ¡Disfrutemos de las sombras! ¿Y que hay muchas nubes? ¡Mejor! ¿Y que tienen formas caprichosas? ¡Buenísimo! Los niños y los viejos gozan interpretándolas. ¡Algún día volveremos a estar con sol! ¡Se acordarán de mí!”. Antes de terminar hizo una pausa, estudiada, para agregar: “¡Vivamos y disfrutemos la vida de cada día!”.

“¡Estoy de acuerdo!”, exclamó una señora entrada en los sesentas. “¡Yo-tam-biénnnn!”, gritó con cierto ritmo uno de los viejos de la comarca, mientras su boca liberaba un humo mezclado de niebla y esperanza.

Con todo, ninguna de las intervenciones había hablado de soluciones. Después de Optimio, transcurrido un corto murmullo, alguien más indicó que deseaba aportar su grano. Los pueblerinos dirigieron las miradas hacia la parte de atrás del salón. Se trataba de Imaginia. “Vamos a ver con qué sale esta…”, alcanzó a musitar uno de ellos a un vecino, con una pizca de ironía. La oradora, aguda y poeta, fue clara, clarísima: “Tengo una solución: que todos soplemos desde la montaña para alejar las nubes. Montamos unos turnos para soplar, usamos ventiladores, agitamos periódicos y revistas, cobijas y costales, y nos ideamos unos premios para quienes soplen más fuerte y más tiempo. Con seguridad y buen ánimo, algo podremos hacer”.

Algunos rieron, otros sonrieron y los menos se hicieron los locos ante la propuesta de Imaginia. Pero no faltó quien la acogiera, aunque sin acogerla: “Lo que propuso mi congénere allá no es tan fácil como ella dice. Eso requiere de una tecnología muy costosa, imposible de tener con nosotros. Mejor démosle tiempo al tiempo y aceptemos las cosas según vienen, como propuso Optimio”.

Quien había hablado era Razonia, franca y crítica. Sin embargo, Imaginia, luego de finalizado el foro –sin nada concreto, por supuesto–, consiguió unos voluntarios para subir a la montaña más alta y soplar. “Vamos a intentar a ver qué sucede”. Lo hicieron en la noche, a hurtadillas para evitar posibles burlas. El resultado fue sorprendente: lograron alejar parte de las nubes.

Al otro día, el pueblo tuvo sol en algunas zonas, y los parroquianos, sin saber qué había pasado, se maravillaron. Uno propuso felicitar a Optimio porque había profetizado que el sol y la luz volverían, y varios lo acompañaron, pero el buen hombre dijo que no había tenido que ver en el asunto. Ello los llevó a suponer que Imaginia había puesto en práctica su idea, y se acercaron hasta su casa a congratularla y agradecerle. Reconoció que había sucedido exactamente así y que el mérito era de los voluntarios.

No obstante, lo que luego llamó más la atención de todos fue que tanto Pesimio como Razonia quedaran estupefactos con lo que había acaecido. Tan estupefactos, que guardaron silencio durante semanas. Como si una nube misteriosa y súbita hubiera cubierto sus lenguas y sellado sus labios para siempre.

Juro que este cuento es cierto.

INFLEXIÓN. La vida es un cuento. Bien o mal contado, pero cuento.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO