Cucarachas a las puertas del infierno

2 de abril del 2011

Falsos dilemas o pendejadas, a los que también llamamos cucarachas, las pequeñas criaturas que han sobrevivido a todo y simbolizan la transformación del ser humano, sus procesos de supervivencia y renacimiento.  Cucarachas, en todos sus sentidos, las que guían la lectura de La puerta del infierno de Ricardo Cano Gaviria, de Ediciones Sigitur y Sílaba Editores.

Ires y venires con alardes intelectuales: exceso de referencias a libros que se deshilvanan; historia de aspiraciones libertarias, de amores no hallados. Medellín y Bogotá de los sesentas y setentas;  París donde Rolando Dupuy se reencuentra con Héctor Ugliano, ahora un fantasma.  Héctor muerto tras soñar, evocando a Kafka, que él y Rolando eran cucarachas.  Blatis americanas que descendían por La Puerta del Infierno a las catacumbas y estaban “extintos, como los fugitivos de la comuna, como los partisanos del cuarenta y ocho con las metralletas, como los revolucionarios y patriotas de todas las épocas, en una asamblea de huesos, fémures contra fémures y hermosos costillares de reyes y bufones, obreros y patriotas, partisanos y fascistas, y reinas locas que cantaban a voz en cuello”.  Perdieron de vista, como dice Ugliano, el mundo real, el país real, ese en el que podían llegar a ser unos pendejos estupendos.

Alguna vez fueron dos revolucionarios de café en su variante muy colombiana: revolucionarios freudianos; guiados por el Gran Zubiela, Estanislao Zuleta en la novela.  El Mono Ugliano, parecido al autor, se paseaba por Medellín  “entre el parque de Bolívar y la Avenida la Plata donde se encontraban los fijos de la célula del Mc Donald en la cafetería del mismo nombre: Álvaro Tirado, Moisés Melo, Jorge Restrepo, y cuando estaban en Medellín, Jorge Orlando Melo y el  Gran Zubiela, mientras los muchachos de la universidad, Hugo López, Juan Carlos Echevarría, Ernesto Pérez y José Gabriel Sanín se hacían en una mesa cercana, a intentar contagiarse de los primeros”.

Rolando también montado en el tren freudo-sartro-marxista.  Rolo sin Solange, su gran pasión, suma de todas sus mujeres: la tía Odette, la Boquineta, Magalí y su mamá, la exterminadora de cucarachas, que lo abandonó.   Rolo, niño y adolescente de Bogotá, estudió en la Nacional, fue amigo del guerrillero Bojórquez, alias el Jíbaro, conoció a Camilo y vaga con Ugliano por el Hades.  Infierno de reflexiones y añoranzas de delirios, de espejismos onanistas, de hombres envejecidos y exiliados de la Colombia contemporánea cuyo incendio no fue el bogotazo, sino la droga.  Asqueados de la cultura mediática y del machismo.

Relato de la desilusión éste de Cano Gaviria que salda cuentas con una época y con las vidas que dejan pasar la vida.  Solange le dice a Rolo: “tomas notas para todo, tomas notas para vivir, y luego te quejas de que la vida se va sola, sin tomar nota de ti…”.  Rolando, entristecido,  admite: “Tengo que decirte que los de nuestra generación, el Jíbaro incluido, y el Gran Zubiela, cómo no, fuimos unos tipos duros, como rocas, mejor dicho: como fósiles”.

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