Culebrón

29 de junio del 2012

Lo sucedido con la reforma a la Justicia es el perfecto escenario para un pésimo guión. Cuenta con todos los elementos del culebrón del peor estilo. Hubo muchos malos actores posando, luego de ser desenmascarados, de tiernas ovejas. Está el que asumió el papel de rey de burlas, como el ministro Esguerra, que sigue insistiendo […]

Lo sucedido con la reforma a la Justicia es el perfecto escenario para un pésimo guión. Cuenta con todos los elementos del culebrón del peor estilo. Hubo muchos malos actores posando, luego de ser desenmascarados, de tiernas ovejas. Está el que asumió el papel de rey de burlas, como el ministro Esguerra, que sigue insistiendo que la reforma era buena salvo por el detalle de promover la impunidad. Hay un papa florentino estilo Borgia que manipula todos los personajes y logra salirse con la suya pues ha creado tanta cizaña entre los actores que la trama termina concentrándose en las escenas y personajes menores.

El problema de este culebrón es que sucede en la realidad política colombiana. Más grave aún, se desarrolla alrededor de un tema vital para esta sociedad como es la administración de justicia. El problema más serio de Colombia es la impunidad y tuvimos la oportunidad histórica única de enfrentar este desafío con un proyecto estructural que le diera a la justicia su papel de promotor de la paz. Pero desde el principio, el Gobierno decidió conciliar y complacer a todos. Como era obvio el actor de reparto, Germán Vargas Lleras, terminó presentando un proyecto baboso y sin ninguna profundidad. Alertados de la mediocridad del guión, los actores menores entraron escena y convirtieron lo que había podido ser una obra maestra en una telenovela de la peor especie. Alargaron y estiraron los capítulos para que entraran todo tipo de protagonistas siniestros. Terminó siendo un lamentable espectáculo de mal gusto, peligroso para las instituciones del país.

Y luego, los mismos que convirtieron el guión en una opereta terminaron posando de salvadores de la patria y protestando por los papeles de malos que habían asumido. Con el cinismo llevado al extremo posaron de dignos engañados por el perverso director de la obra. Criticaron el guión, la escenografía, la música, los subtítulos, el vestuario, los diálogos, las luces y el sonido. Criticaron todo excepto su pésima actuación. Como actores de tercer nivel, los congresistas salieron a declamar poemas, rasgarse las vestiduras y llorar con lágrima postizas. Exigieron que la audiencia no los juzgase con dureza, que les dieran una segunda oportunidad y despotricaron de los críticos que no valoran sus escondidas virtudes.

En este proceso perdimos todos. Los actores demostraron su pésima calidad y la pobreza de su liderazgo. El presidente de la Cámara y el del Senado demostraron que para ejercer las dignidades no se requiere ni capacidad ni profundidad. Los espectadores chiflaron tan fuerte que la opereta tuvo que ser suspendido pues el escándalo era de talla mayor y amenazaba con convertirse en una asonada. Los actores intentaban culpar a otros por su lamentable desempeño. “Es culpa del autor” gritaban unos refiriéndose al que detrás de bambalinas observada el desastre. “El culpa del director” afirmaban otros mientras el ministro destituido no entendía lo que le estaba sucediendo. Y el público indignado exigía que los responsables de este bodrio pusieran la cara.

Como siempre sucede, el empresario no devolvió el dinero y los espectadores se fueron frustrados. La función concluyó lánguidamente mientras los actores como era de esperarse se salieron con la suya y esperan ansiosos que los contraten para otro culebrón.

representante@miguelgomezmartínez.com

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