Biblia, Fútbol y Telenovelas

28 de febrero del 2015

“Ya basta de estos tristes personajes que desde el congreso minan el laicismo.”

Si se quiere tener a un pueblo adormilado y con las neuronas en reposo, la opiácea triada biblia, fútbol, telenovelas es de garantizada efectividad; de vivir Maquiavelo añadiría a sus lúcidas máximas los dos últimos elementos de los que carecía su época.

Bien sabido es que la ventaja intelectual de los seres humanos no radica en la cantidad de neuronas que cada cual posee –claro, entre más se detengan más posibilidades de producción intelectual–, sino en la manera como estas son utilizadas, “rellenadas”, es decir en la cantidad de enlaces que se hagan entre ellas, son las llamadas sinapsis que se anudan como fruto de las acciones a que se las someta; se pueden especializar en fútbol, en filosofía, en biblias, en actos humanísticos, en planeaciones de guerras, en violencia, en asesinatos, en consecución de dinero, a cada cual de escoger… pero su elección acarrea consecuencias para sí y para quienes nos rodean.

¿Son acaso nocivos per se estos elementos? En realidad todo depende de las proporciones que se le inyecten al cerebro y de las exclusividades con que se practiquen. La biblia es de por sí nociva aun en dosis homeopáticas; su extremada violencia y su dogmatismo inherente con que fue elaborada y acomodada –dizque por la divinidad– así la consagran. Es un libro definitivamente castrador cuando es escogido como única lectura y cuando es seguido a pie juntillas y más cuando adobado con las interpretaciones acomodaticias de sus exégetas, en particular de los improvisados pastores cristianos de garaje que infunden en sus peroratas veneno intolerante y anti libertario, además de colocarla por encima de la ley laica.

La biblia no es un buen alimento de la actividad intelectual por más que unos tantos piensen lo contrario y se desgañiten predicándola desde sus púlpitos a la anestesiada grey, que dócil ejecuta en tareas impuestas una alienante lectura. La actividad intelectual es más noble y debe superar con creces estas lecturas simples. Si no hablamos del Corán, que es del mismo corte, es porque por fortuna en Occidente aún no estamos contagiados por tan nefasta influencia, así suframos los efectos del terrorismo que soterradamente emana de tan rabioso libro.

Ya basta de confundir la biblia con la Constitución o de encumbrarla a la categoría de manual de conducta rector de la actividad laica del país.

El Congreso de nuestra República no es una iglesia, ni un templo de garaje, en todo caso no debe serlo. Si cada cual decide, y con mayor razón los congresistas, leerse los desabridos versículos bíblicos, o suras coránicas, bien a ellos de hacerlo, pero que permanezca a nivel personal y no en donde se supone ser el ágora de la democracia y de la igualdad no confesional.

El ser humano se diferencia de la bestia en la medida en que a sus urgencias físicas básicas (alimento, sexo, supervivencia,…) le añade una actividad intelectual que lo magnifica. Le permite raciocinar, analizar los hechos que lo rodean y puede emprender acciones cultas que lo elevan, enaltecen y le dan libertad, que su discernimiento le es propio o su escogencia de pensar es de un nivel elaborado.

Quienes dedican parte de su tiempo a actividades nobles que hacen engrandecer su cerebro, crean sinapsis neuronales más orientadas al análisis, tienen más posibilidad de ser mejores seres humanos, aportadores de ayuda a los demás, de generadores de ideas. Por supuesto, sin caer en la falacia de pensar que todos los intelectuales son buenos seres humanos, los hay de pésima condición y a veces más pérfidos en la medida en que saben planear mejor sus malas intenciones; pero, hay una tendencia a que entre más adecuadamente se prepara el seso, más posibilidades se tienen de ser un mejor ser humano; y esto no se hace a base de biblia, fútbol y telenovelas.

Ya basta de prejuicios sin bases científicas. Ya basta de conceptos opusdeianos como el de universidad de la Sabana que consagran verdades sin más fundamento que los dictados por el libro de marras. Ya basta de mordazas a la libertad de expresión de la prensa como la reciente amarrada a Yohir Akerman, columnista del diario ‘El Colombiano’, a quien sus directivas destituyeron por exponer dudas sobre el bíblico libro, al que insisten en entronizar como infalible y rector de vida. Ocurrencia arbitraria y anacrónica.

Qué decir, también, de la insípida y amañada propuesta de la muy bíblica senadora Viviane Morales –a no dudar en asocio con su nefasto y Lucio marido– de someter a referendo nacional la oportunidad de adopción de hijos a las parejas homosexuales; esas que ella discrimina, aun teniendo una hija lesbiana. Trata esta congresista confesional de olvidar que función del parlamento es también la protección de las minorías y que el mecanismo de referendo obviaría esto y sería ganado, lo sabe ella, sin duda ninguna a su bíblica causa debido al prejuicio religioso, la ignorancia y la desinformación de la masa votante. En una democracia se elige un congreso para legislar en nombre del pueblo evitando la consulta directa así como los altísimos costos asociados.

Llevan siglos los biblio-teócratas en una discriminante lucha que busca perpetuar la fe religiosa y la superstición aniquilando la razón y el conocimiento; esas son las batallas medioevalescas que nos propone Viviane Morales y su combo de pastores cristianos para evitar que se establezcan modernos conceptos como la eutanasia, el verdadero matrimonio homosexual, la adopción no discriminatoria de hijos, la redefinición de la noción de familia y la verdadera instauración del estado laico.

Ya basta de estos tristes personajes que desde el congreso minan el laicismo con sus peroratas y actuares bíblicos. Ya va siendo buena hora de que las verdades privadas ocupen su sitio: en los garajes y catedrales privados sin injerencia sobre la legislación laica.

Cuando biblia, fútbol y telenovelas se constituyen en los únicos, o predominantes, elementos culturales e intelectuales de una colectividad, hay motivos más que inquietantes para cuestionarse sobre la efectividad y la calidad de la democracia en manos de gentes entrenadas de esta manera. Ese rechazo tácito a la Ilustración, de la que tanto carecemos, es un fértil caldo de cultivo para la pérdida de libertad, del estancamiento del progreso, de la ascensión de tiranías.

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