Cumbre de las Américas: del ‘Consenso de Washington’ al consenso sin Washington

Mar, 24/04/2012 - 01:03
Como corresponde a la magnitud del evento, los comentarios al respecto son infinitos y contradictorios. Vale la pena recoger algunos.

Como corresponde a la magnitud del evento, los comentarios al respecto son infinitos y contradictorios. Vale la pena recoger algunos.

Para quienes lo cuestionan es el fiasco más grande como continuidad de la decadencia de las cumbres que lo han antecedido y acabó prácticamente con la posibilidad de que se generen futuras cumbres. Lo que califica este tipo de reuniones es el documento final que se expide y aquí ni siquiera se produjo uno. Desde el punto de vista de la gestión local también se ataca los gastos en que se incurrió para lo que solo queda como una promoción de relaciones públicas que nada deja al país (la ministra dice que el presupuesto era solo de 34 millones de dólares y que no se gastó todo, pero omite otros gastos como Presidencia o Seguridad y Fuerzas Armadas que probablemente hacen que se exceda de los 90 millones que se habla). Y, con el chiste que se debería darle a Obama la ciudadanía honoraria de Cartagena, se destaca como la limpieza de la ciudad requirió hasta sacar a la población pobre que la hacía deslucir. En resumen, se preparó mucho el teatro y el escenario pero se les olvidó concretar el guión y montar la obra.

Los que ven lo contrario señalan que se gana con que no se vuelvan a realizar estas cumbres donde nada se concluye; que el resultado de no emitir ningún comunicado es positivo, pues muestra que ya no se buscan consensos alrededor de ‘saludos a la bandera’ y frases pomposas pero sin propuestas concretas, sino que se ‘habló de frente’ y se expresaron las diferencias. El gasto habría sido para que Colombia, más que Santos, asumiera un liderazgo regional y calidad de actor internacional, y la prueba sería la inclusión de nuestro presidente en la lista de personas más influyentes del mundo y la portada en Time; esto debería ser visto no como gasto sino como inversión, y al anterior resultado se adicionaría lo que gastaron las comitivas que significó un ingreso para los locales. Es la visión a lo Maturana de ‘perder es ganar un poco’.

Para Obama fue parte de su campaña en Estados Unidos, pues, siendo el latinoamericano el 15% del electorado americano, el mostrar buenas relaciones en la región le debería producir dividendos. Curiosamente el efecto en últimas podría acabar siendo el contrario. Esto porque le tocó levantar la condición suspensiva respecto a la aplicación del Tratado de Libre Comercio, y hacerlo en contra de la solicitud del sindicato más fuerte de los Estados Unidos –el AFL-CIO– que pidió que no lo hiciera hasta que no se llenaran los requisitos exigidos (mencionaban que seguía siendo el país con más sindicalistas asesinados, que el número aumentaba, y que, de los dos mil asesinados y sobre los cuales existían procesos judiciales, menos del uno por ciento habían concluido en sentencia contra los responsables). La explicación de porqué asumió esa decisión sería que era la reciprocidad al Dr. Santos por el esfuerzo hecho para lograr el show que debía haber favorecido a Obama (incluido el pulso sobre la asistencia o no de Cuba), pero que ante el fracaso de la reunión solo le dejaba frustraciones.

En lo último tuvo mejor suerte el presidente que el señor de las guayaberas, que los promotores de ‘Demo’ el burrito de Turbaco, o que el doble de Obama, quienes después del despliegue mediático de antes del evento, durante él ni siquiera existieron, y después aún menos. En esto el contraste es con el escándalo de las prostitutas que pasaron a ser la verdadera noticia de la cumbre y sobre lo cual aún sigue la novela (ya se rumora que no fue –ni podía ser– que salieron los miembros del cuerpo de seguridad del presidente de los Estados Unidos a ver qué encontraban en las calles de Cartagena –por ser tildada de la capital del turismo sexual– sino que era parte de lo contratado y previsto con los vistos buenos de su organización –como el alojamiento o la alimentación–).

En esencia lo que sí salió de la reunión fue la ‘liberación’ del grupo de la disciplina que imponía Estados Unidos. La ausencia de los resultados propuestos en la Agenda –de la cual ni siquiera se supo cuales iban a ser los cinco puntos (integración, tecnología, etc.)– se debió al protagonismo que adquirieron los temas que dividían los países –Cuba, Malvinas y política de drogas–, división que fue más allá de los que están en el Alba, y, aunque no se destacó el nuevo Unasur y la Celac como alternativas a la OEA, la conclusión sí puede ser que estamos en el paso del ‘Consenso de Washington’ al consenso sin Washington. (Y no fue ni caricatura ni montaje, pero pareciera la mejor ilustración, cuando Obama se acercó a algún ciudadano a hablarle, los periodistas le preguntaron qué le dijo y éste simplemente respondió: ‘no sé; es que yo no hablo inglés’).

En referencia a eventos paralelos se dieron como parte de la promoción gubernamental la ‘cumbre empresarial’ y la ‘cumbre social’. Como es obvio con mayor énfasis en la primera que en la segunda, aunque sin mayores resultados esperados o logrados en ninguna de las dos (para eso se dan los foros respectivos donde lo que se logran son contactos y acuerdos específicos y no sobre temas generales).

El otro evento paralelo –no oficial– fue ‘la cumbre de los pueblos’ en la que participaron miles de personas y sí produjo una declaración final. Al nivel mediático fue, como era lógico, totalmente invisibilizada (ni siquiera se mencionó una marcha de varios miles de asistentes a quienes se les prohibió acercarse a donde se reunían los presidentes), aunque la verdad es que tampoco concitó el entusiasmo que hubiera debido (probablemente porque la cumbre social oficial le disminuyó la capacidad de convocatoria).

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