Cura para los males de las curadurías

14 de julio del 2017

Elección por concurso y grupo élite para vigilar.

Cura para los males de las curadurías

Foto: Superintendencia de notariado y registro

Estoy de acuerdo con Carlos Castillo: Dicen que las curadurías no son transparentes. No lo puedo afirmar. No tengo pruebas. Pero, al igual que mi amigo Pacho, solo puedo constatar las arbitrariedades de las obras que aprueban los curadores.

Debo sufrir, como cualquier ciudadano consciente, el descalabro de nuestras ciudades, donde se construye todo lo que se quiere, como se quiere. Es verdad que existen normas urbanísticas, siempre han existido. Hoy, casi todo parece regido por los POT que las administraciones preparan y los concejos aprueban. Después siguen las elaboraciones de los planos parciales para cada una de las áreas o zonas de la ciudad”.

Y de aquí en adelante todo es posible, incluso que los edificios de apartamentos se caigan o se vean esperpentos y mamarrachos urbanísticos.

Por eso resulta plausible la decisión que por fin ha tomado el Superintendente de notariado y registro, Jairo Mesa (empujado por una ley): ponerle cura a los males de las curadurías.

En adelante “la Super” (SNR) asume el control, inspección y vigilancia de las curadurías, antes a cargo de las secretarías de planeación de cada municipio, con todo el poder político y el tráfico de influencias que las caracteriza, especialmente en ciudades intermedias y pequeñas.

Después del derrumbe del edificio Space en Medellín se inventaron la “ley de vivienda segura” (antes no lo eran). Y ahora tendrán que verse con la ley 1796 de 2016, que ojala no sea tan manoseada y burlada como la ley 80 de contratación (Dicen, con humor, que esa ley “no pegó” en la Costa).

Lo que viene es un concurso de méritos para elegir curadores, como ocurre hoy con los notarios (donde también hay algunos sesos. Al fin y al cabo todo es “humano y político”).

Los alcaldes nombrarán los curadores de una lista de finalistas o elegibles que salgan del referido concurso.

Vuelvo con Carlos Castillo, que además de buena pluma, sabe explicar bien el asunto: -La realidad es que no tenemos planes de ordenamiento ni de desarrollo urbano. Y a lo que el curador no llega, el alcalde lo improvisa. Cada nuevo alcalde llega con propuestas estrambóticas, o de reformas sacadas de su magín, o de acciones que echan por tierra lo hecho por el alcalde precedente.

Las prioridades varían: unos se preocupan por la rápida circulación de los automotores; otros, por las zorras que invaden la calle; otros, por generar ciclovías; otros, por echar a los vendedores ambulantes que estorban el comercio formal; otros, por restringir el parqueo en las calles”.

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