Dangond y los Urabeños

18 de enero del 2011

Hace un tiempo, en una grata conversación con Ana María Ibañez, mi admirada sobrina investigadora y docente de la Universidad de los Andes, le propuse que aplicara en sus clases lo que yo había aplicado alguna vez en las mías: Deje que sus alumnos se autocalifiquen, al fin y al cabo ellos son los interesados en aprender.

Eso es cierto, tía -me respondió contundentemente Ana María-, pero también es cierto que los docentes tenemos una responsabilidad ante la sociedad y no podemos entregarle profesionales mediocres, la calificación es la forma de medir si están cualificados o no para ejercer una profesión.

Esta respuesta me dejó callada. Hoy la recuerdo cuando intento entender qué debe primar en una sociedad, la norma o la cultura. Al evaluar estudiantes estamos aplicando normas o estándares establecidos previamente en forma objetiva. Si se quiere ser economista se debe manejar las matemáticas, las estadísticos; si se quiere ser doctor, se debe saber de anatomía, química, biología. Pero si se quieren mejores seres  humanos, éticos y equilibrados, ¿qué se debe saber?

La cultura, esa materia prima de que está conformada la sociedad nos da los valores, las pautas y nos permite medirnos frente a diversas situaciones, inclusive debería permitirnos autocalificarnos en un aula universitaria…. Parece mucho pedir porque cuando el medio en el que nos movemos no nos enseña responsabilidad, respeto, amor por el aprendizaje, esfuerzo, es imposible que un estudiante que se autocalifique.

De hecho, después de esa conversación con Ana María, intenté poner de nuevo en práctica mi método y hubo conato de rebelión entre los estudiantes. No,  profesora, su tarea es calificarnos, no puede pasarnos esa responsabilidad a nosotros. Para eso le pagamos, fue más o menos la respuesta que obtuve de las directivas cuando les comenté mi propuesta. Y por supuesto, tuve que regresar a las evaluaciones y las notas.

Lo anterior me sirve para criticar esa cultura que permite que Silvestre Dangong le toque el pene a un niño frente a un auditorio delirante que lo aplaude. La misma cultura que legitima el poder de los asesinos de Margarita Gómez y Mateo Matamala, dos soñadores que se adentraron en terrenos donde prima la cultura mafiosa del más fuerte.

No son las normas lo que hay que cambiar en este país, ¡es la cultura! Aquí hay leyes buenas y para todo, pero ninguna se cumple. Hay abusos y asesinatos por todas partes, en una tarima o en una playa soleada. Está enferma esta sociedad en sus valores, construida sobre el concepto equivocado de que me porto bien si me vigilan, pero hago lo que me da la gana cuando no me vigilan o cuando me valgo de mi poder. Por ese camino no vamos a conseguir mejores seres humanos, ni mejores profesionales.

En esta disyuntiva entre norma y cultura se mueve el tema de Dangong y de los Urabeños. Al primero lo disculpan porque está amparado en una “cultura” que legitima sus actos y a los segundos se los explica por la incapacidad de aplicar la ley en “su” territorio. Para mí esa misma cultura que ampara a Dangong ha llevando a que se produzcan los segundos y ahí se juntan la norma y la cultura. Si no cambia la cultura, difícilmente arreglaremos las cosas haciendo normas que no se cumplen.

Felipe Zuleta, se lamentaba en este mismo medio, de que estuviéramos haciendo una tormenta en un vaso de agua con el caso Dangong. “en este país en donde a diario mueren niños como consecuencia de la violencia intrafamiliar, de los abusos y de las balas perdidas, entre otros factores, lo sucedido a Silvestre Dangond con el menor no deja de ser una anécdota más”. Zuleta nos regaña por discutir una costumbre muy usual en la Costa y prácticamente dice que lo que pasó es una pendejada. Pues no, respetado Felipe, no es una pendejada. Cuando la cultura se vuelve tan laxa como la que tenemos aquí, se parece a los elásticos de los calzones, que al final se sueltan y terminamos con ellos abajo y ahí sí cualquiera nos puede tocar el pito o la vagina…

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