Nos pasamos la vida callando para evitar conflictos

31 de mayo del 2014

Reseña crítica del libro “ Estoy mucho mejor ” de David Foenkinos.

“Tenía ganas de llorar, pero por suerte ya no sabía como hacerlo;
hacía tiempo que no lloraba;
mis ojos habían perdido el manual de instrucciones de las lágrimas”.D.F.

Nos pasamos la vida callando para evitar conflictos, y como consecuencia de esta temeridad ocultamos nuestro pensar, nuestro sentir, nuestros deseos, nuestra inconformidad. Dejamos que prime el silencio frente a lo que no compartimos para preservar el ordenamiento social establecido, nos acogemos tantas veces a mutismos y sigilos falaces, a lo políticamente correcto –compostura que nos ha sido dictada y que bien puede ser lo opuesto de nuestro razonamiento–, asistimos impávidos al desmoronamiento de nuestro yo, cómplices mudos de la destrucción de nuestra propia personalidad.

A quienes atentan contra nuestra integridad ideológica preferimos ignorarlos que darles frente, hemos aprendido a eludir la confrontación; a la discrepancia le tenemos miedo, al antagonismo pavor; a la colisión la consideramos peor que la verdad enunciada, que la franqueza directa, aún cuando sea expresada con tacto. “Deje así” se dice en lenguaje corriente.

Y como todos tienen razón –dicen las buenas costumbres– entonces nuestra personal lógica hace mutis por el foro dejando que nuestra mente rumie sordamente frustraciones inexpresadas.

Como mordaza a nuestra expresión aluden quienes piensan y actúan diferente a nuestro sentir: el respeto. Esa vapuleada noción que es joker fácil de cualquier discusión y con el que se frena cualquier expresión de desacuerdo, al tiempo que se condena al ostracismo la mínima crítica que se haga del proceder o pensar del otro. Respeto en su uso corriente se convirtió en callar, asfixiar nuestro lamento, acallar y dejar de formular nuestras ideas, no oponernos, asentir adulonamente, dejar hacer y decir pasivamente por inadmisible que nos parezca.

Todo esto a costa de nuestro sometimiento y adhesión a la sacrosanta paz de la manada que no desea conflictos, ni divergencias y cree que la uniformización es garante de armonía social. Sin darse cuenta de que la acumulación de estas divergencias no dichas inflan el balón personal y el mismo social hasta que explota con estrepitosa virulencia que hace más daño que si paulatinamente y de manera asertiva se hubiesen expresado y solucionado.

En este sentido, el último libro del escritor francés David Foenkinos es un oasis que nos atrae y alimenta en medio del desierto de mutismo dócil, de la mansedumbre bobalicona a que nos condena la sociedad. Se trata de una historia contada en primera persona en donde a su protagonista le aparece de repente un insoportable dolor de espalda. La novela narra la evolución de esa molestia que logra a veces mitigar pero que se incrementa al ritmo de las circunstancias vividas; un dolor al vaivén de causas, albures y circunstancias externas. “Yo no vivía mi vida, la padecía”. Un simpático termómetro marca el final de cada capítulo con una calificación numérica la “Intensidad de ese dolor”, así como su “Estado de ánimo”.

Trata el protagonista de curar su dolencia con ayuda de médicos, amigos, terapeutas, psicólogos, análisis radiológicos, analgésicos y hasta prostitutas, sin conseguir mejoría. “La muerte parece a veces la única forma decente de alivio”, se decía. Este padecimiento es el revelador de que su vida “normal”, plana y sin contratiempos aparentes está cargada como mínimo de aburrición: “Mi vida se desarrollaba en el decorado de una película de acción, pero carecía de intriga”, pero que analizada con más pericia estaba colmada de enormes falencias y problemas por resolver: en su vida matrimonial, en su trabajo, con sus dos hijos, con su vida económica, con sus amigos, con su pasado afectivo, con sus padres, con su niñez y con sus objetivos de vida. A su geografía comportamental que parecía llana le aparecen fuertes depresiones que el padecimiento de espalda pone de relieve.

Y es que el dolor del protagonista nos concierne, es un reflejo de nuestras propias vidas, le acaece a un individuo corriente: un trabajador dedicado en un gabinete de arquitectura desde hace más de diez años, citadino (parisino), clase media, casado, con dos hijos. Una vida familiar habitual en la que sus hijos ya se han emancipado y la relación conyugal escasea de encuentros sexuales cuando no afectivos. Resuelve los conflictos con silencio y aceptación de la imposición de los demás. ¿A qué precio? el de la aniquilación de su personalidad que le acarrea la aparición de una afección psicosomática espaldar.

Poco a poco nuestro protagonista va solucionando su dolor de espalda que no es otro que el generado por la tribulación del entorno que pasivamente ha aceptado y contra el que no ha luchado para imponer su razón y principios. Es la novela de Foenkinos una enumeración de soluciones que el protagonista encuentra a su mal. Mezcla el escritor una entretenida trama a un delicioso humor que atrapa al lector en la red de una escritura sencilla, sin pretensiones y muy salpicada de cortas e incisivas frases: “Nuestras frustraciones no prescriben”, “Nuestro dolor podría ser la suma de las naderías en las que hemos fracasado”, “Algunos recuerdos no están sometidos a la fatiga de la memoria”.

Frases que también tiene para calificar su vida matrimonial que descubre en crisis: “Con el tiempo, a veces hasta la ternura se convierte en rutina”, “La vida cotidiana es una máquina temible que te lleva a dejar de observar al otro”, “El amor se oculta y deja paso a una nueva verdad del corazón”, “La vida de pareja anestesia nuestras capacidades de seducción”.

Parece advertirnos el escritor en esta nueva novela, mediante una amena historia, que nuestra mente puede calculadamente soportar un gran número de problemas y hasta camuflarlos, pero nuestro cuerpo, receptáculo aparentemente silencioso, termina por detectar este cúmulo nocivo y se desfoga como una válvula de escape dando alarmas a su propietario, invitándolo y obligándolo a cambiar de vida, a poner remedio a las causas que consciente o inconscientemente lo atormentan, antes de que, como suele ocurrir, se generen psicosomáticamente enfermedades mortales.

La mayor fuente de estos problemas, aunque también contribuyan los existenciales y los económicos, está en la relación con nuestros congéneres que aunque la edulcoremos y tratemos de desentendernos para no entrar en conflicto, está siempre presente, marcándonos nuestra propia vida. Hemos de darle razón a Sartre cuando nos avisaba: “L´enfer c´est les autres”.

De colofón, mi recomendación de lectura del libro de David Foenkinos que muy acertadamente intituló “Estoy mucho mejor” y quien personalmente vino a darle lanzamiento en Colombia en 2014, con ocasión del Hay Festival de Cartagena. Autor de quien ya habíamos hecho en esta columna una reseña crítica de su gran Best Seller “Delicadeza”.

“Yo siempre encontraba razones para no salirme de mi angosto destino”, se cuestionaba el protagonista de nuestra novela. Qué no nos ocurra lo mismo.

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