De cómo llegué al rural en taxi

27 de junio del 2012

Es tradicional que los médicos escribamos cuadros costumbristas. Por ejemplo Evaristo García, paradigmático médico vallecaucano, publicaba sus “Reminiscencias lugareñas: Tiempos idos” en el diario Relator de Cali hace un siglo.  En estas semanas de vacaciones lo imitaré. Cuando era un joven estudiante de medicina me irritaban los recuerdos heroicos de mis profesores sobre “sus tiempos”: […]

Es tradicional que los médicos escribamos cuadros costumbristas. Por ejemplo Evaristo García, paradigmático médico vallecaucano, publicaba sus “Reminiscencias lugareñas: Tiempos idos” en el diario Relator de Cali hace un siglo.  En estas semanas de vacaciones lo imitaré.

Cuando era un joven estudiante de medicina me irritaban los recuerdos heroicos de mis profesores sobre “sus tiempos”: en mis tiempos hacíamos turno cada dos días, en mis tiempos hacíamos nosotros mismos los hemogramas y parciales de orina, en mis tiempos…etc. Parecía que yo estudiaba medicina en una época cuando se aprendía y se hacía menos, en una época de mediquitos débiles e inútiles. Las escuelas de medicina y sus hospitales han sido tradicionalmente estructuras muy jerarquizadas, para bien o para mal, con un orden mantenido a picotazos y esos comentarios de los mayores a los menores eran eso. Pero hoy siendo ya un profesor mayor se me escapan ante los estudiantes las mismas frases: en otros tiempos… In illo tempore les digo y remato: pero ustedes no saben nada de latín ¿no? Bueno, en mis tiempos, muchachos, los rurales eran de verdad rurales. Hoy encuentro muchos jóvenes cumpliendo su año de servicio social en clínicas urbanas o institutos de investigación, con impolutas batas blancas, en aire acondicionado.

A nosotros nos servía el año rural para conocer el país real que muchas veces nos parecía otro país.  A mí me tocó ser médico rural en Caicedonia, Valle. Ir a veredas como el cañón de Aures, oír cuentos de los años de la violencia, jugar inocentemente al escondite entre cafetales con niños y maestras o billar y cervezas en tiendas de pan y chitos.  No hice mucho pero aprendí bastante.  ¿Cómo llegué ahí? Esa es la historia.

Después del internado estaba casado y mi esposa, también médica, casi en el segundo embarazo. A veces digo que mi primer hijo se llama Internado Rovetto y el otro Rural Rovetto.  Solicitamos plazas cercanas y solo estaban disponibles Caicedonia y Sevilla en el Valle.  Me tocó tomar inmediatamente el más lejano en aquellas colinas cafeteras cercanas al Quindío.  Solo había pasado una vez por allí, tras cruzar la línea mareado en un Expreso Palmira cuyo chofer no tenía el mínimo respeto por las leyes de la mecánica newtoniana. Después de aquella alucinante experiencia y con adolescente esnobismo anglófilo decidí viajar a tomar mi puesto de medicatura rural en tren para dejar mis únicas posesiones: esposa, hijo y medio y Renault-4 color naranja en Cali.

Tomé el tren un sábado en la mañana.  Encontré casualmente una vieja amiga artista gráfica y su hermano con quienes hice el viaje charlando y mirando de reojo, como se debe contemplar el mundo según San Gregorio Magno, el “lírico” Valle del Cauca.  De repente se detiene el tren en una pequeña estación con un letrero: Caicedonia. Dudo en bajar porque no veo ni pueblo ni casas alrededor.  Finalmente desciendo y mis amigos me pasan el maletín por la ventana.  El tren arranca y sigue.

La pequeña estación está cerrada. Yo, romántico lector de novelas, me sentía como el Yuri de Doctor Zhivago. Por la esquina de la casita sale no Lara sino un jovencito y me mira.  Le pregunto por transporte al pueblo. Me indica que caminando entre alambrados llego a Caicedonia en cuatro o cinco horas. Añade que su papá le había contado que hace años, antes de la Violencia, a veces venía un carro. Absolutamente solo pues el niño siguió su camino crucé el río La Vieja a pie por la carrilera.

Llego a un retén de esos de guadua con cuerda y me siento con unas pocas personas a esperar. A la media hora subo con ellos a un polvoriento bus que me lleva por pueblos hasta Armenia. De allí, vencido y extraviado, tomo taxi de vuelta a Caicedonia.  Me presento al director del hospital quien me informa que me estaban esperando pues estoy precisamente de turno ese primer fin de semana y el otro rural ya había salido para Cali en bus. No creo que haya durado mucho el apodo pero durante unas semanas fui para las burlonas auxiliares el Rural que Llegó en Tren y Taxi.  Hoy al viajar a Armenia por la doble calzada busco con nostalgia la carrilera que atravesé a pie para cruzar al Quindío.

No creo que los médicos rurales de aquellos años hiciéramos mucho más que coger puntos, vacunar, hidratar niños y remitir pacientes o partos complicados a la ciudad más cercana.  Además del dantesco control de venéreas en las prostitutas. En otra ocasión contaré lo del disparo en la ingle, el ahogado, el prohombre del pueblo muerto en la procesión de Jueves Santo y la herida de machete en el cuello mi último día de rural pero no hubo muchos otros momentos cumbres. Lo importante era lo que la Colombia real nos enseñaba.

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