De la mala conciencia a tomar consciencia

7 de octubre del 2019

Por: Carlos Salas.

Ser o no ser uribista Opinión de Carlos Salas

Los colombianos, habiendo sido testigos de excepción de eventos trascendentales ocurridos en las dos décadas iniciales del siglo XXI, deberíamos contar con los elementos para entender las causas y los fines que están en el fondo de lo que los acontecimientos revelan acerca de una grave realidad mundial. Por desgracia, seguimos ciegos porque nos han convertido en chivos expiatorios, haciéndonos pasar como los culpables por razones sociales y no como las victimas de una maquinación perversa que va más allá de nuestras fronteras. Así, nos ha sido imposible salir de una mala conciencia con la que nos han manipulado y maniatado impidiéndonos tomar consciencia acerca de una realidad llena de falsos presupuestos que condicionan los hechos a preceptos ideológicos.

¿Cómo entender que durante la lucha frontal emprendida entre 2002 y 2010 por el Estado y su ejercito contra el terrorismo de las FARC no hubiésemos tenido en cuenta los factores internos y externos que estaban y siguen estando, detrás del poder destructor de esos grupos criminales infiltrados tanto en las instituciones como en la academia?

Luego del fracaso de las conversaciones emprendidas en El Caguan entre Pastrana y Tirofijo, nuestras debilitadas Fuerzas Armadas se vieron en el deber de emprender una ofensiva contra unas fortalecidas guerrillas. Por suerte  llegó a la presidencia un líder dispuesto a asumir esa lucha.

La efectividad de las acciones emprendidas se vieron desde el comienzo. Pasaron ocho años y el país comenzaba a ver la luz al final del túnel y Álvaro Uribe terminó su segundo mandato con el aplauso de la mayoría de sus compatriotas. ¿Ante ese positivo panorama quién podía imaginar lo que se vendría inmediatamente después? Nadie, aunque ahora sí es de todos conocida esa negra historia fundada en la traición.

En el campo de la toma de consciencia fue poco lo que se avanzó durante la era de Uribe. Apenas una marcha contra las FARC con la que el pueblo colombiano demostró un respaldo total a su presidente y un rechazo al grupo criminal que había tenido bajo su yugo a toda una nación a punta de asesinatos, secuestros y extorsión. Pero eso fue todo.

Nada podía ser más contradictorio que ver a un país enfrentando a la guerrilla más sanguinaria del continente y a su vez mirara de manera complaciente al llamado Socialismo del siglo XXI que se tomaba la región. ¿Cómo entender que se siguieran haciendo negocios con Chávez conociendo plenamente sus alianzas con las FARC y el ELN, que se tolerara la injerencia de un Correa en la frontera con Ecuador cuando se sabía del financiamiento de su campaña por las FARC, que se creyera ingenuamente en un Evo Morales como un representante de los bolivianos cuando se sabía que era un narcotraficante, que a un Lula se le viera como un benefactor de los desposeídos cuando era el creador junto a Castro del Foro de Sao Paulo mientras que una pareja de corruptos como los Kirchner fueran quienes gobernaran un país como Argentina lo mismo que un Ortega en Nicaragua y otros de su especie que se les veía como exóticos e inofensivos gobernantes de republiquetas bananeras y a Castro como alguien del pasado? Esto era inaudito.

Grave error cometimos al menospreciar el poder de ese entramado de criminalidad. A quienes advertían del peligro para la región y especialmente para Colombia, del Foro de Sao Paulo se les calificaba de extremista. Si era sobre el crimen transnacional organizado se les tomaba como autores de ciencia ficción. Y si mencionaban el poder del castrochavismo se les tachaba de locos.

Perdimos ocho años envalentonados con los éxitos en el campo de batalla mientras se fortalecía el enemigo muy apoyado desde el exterior, agazapado al interior de una democracia frágil y por ello tan favorable a los fines perversos de una estructura criminal que, como un rizoma, crece indefinidamente generando raíces y brotes que salen a la superficie de manera tan inesperada como invasiva.

En esta víspera del absurdo llamado a indagatoria a Álvaro Uribe ante la Corte Suprema, considero que ha llegado la hora de pasar de la mala conciencia a tomar consciencia para no seguir cometiendo los errores del pasado que han llevado a que no podamos erradicar al invasor rizoma del comunismo en su peor versión, el del llamado muy pomposamente Socialismo del siglo XXI.

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