De la ola invernal a la transición planetaria

13 de enero del 2011

Ante el cambio de luces producido con relación a la administración anterior, los colombianos hemos vislumbrado una esperanza en el inicio del gobierno del presidente Santos.  Las nuevas señales expresadas en la conformación del equipo de gobierno, el restablecimiento de las relaciones con las Altas Cortes y el nuevo rumbo en la reconstrucción de las relaciones comerciales y diplomáticas con los países vecinos, nos llevan a pensar en un nuevo estilo de gobierno.

En medio de este optimismo y de un camino de cielo despejado, fuertes nubarrones anunciaron en el país las contundentes lluvias que generaron el desbordamiento de importantes ríos y la ruptura de varios diques que ante la fuerza de las aguas, retomaron sus antiguos cauces.

El país, mirado desde el aire, confirma la tragedia de poblaciones flotando en el agua y la huella de los derrumbes que arrastraron poblaciones, carreteras, puentes y vehículos. Imágenes de animales y cultivos ahogados tras las corrientes de agua que pasaron como mares enfurecidos.

Este desastre se traduce en la tragedia de miles de familias que en medio del dolor enterraron a sus muertos, y de muchas personas que aún con desespero buscan afanosamente médicos y medicinas para atender a sus familiares afectados por lesiones severas, infecciones gastrointestinales, problemas respiratorios y amenaza constante de epidemias.

Como si fuera poco, la población experimenta estados sicológicos alterados a causa de la desesperación, la impotencia, la tristeza y la depresión, al sentir que perdieron el trabajo de toda una vida. La experiencia de ver a sus animales ahogados, los cultivos destruidos y sus tierras anegadas e inhabilitadas para reiniciar las labores agrícolas, les ha dejado sumidos en el más profundo desconsuelo.

En consecuencia, la destrucción de viviendas, escuelas, hospitales, alcantarillados, redes de energía, es decir, la afectación de tan importante infraestructura, implica para el Estado  la necesidad de conseguir recursos adicionales para atender la catástrofe, en un país que padece niveles preocupantes de miseria y desempleo, atraso considerable en obras de infraestructura y un déficit alarmante en vivienda y salud.

Atender las secuelas de este desastre conlleva, por parte del gobierno y la sociedad, la reubicación de poblaciones,  solucionar sus necesidades más urgentes, implementar las obras de infraestructura, impulsar procesos económicos y, especialmente, apoyar a las comunidades en el trabajo de restauración del tejido social,  lo que implica acompañarlas en el camino de trascender el dolor, superar la tristeza y encontrar la motivación y los nuevos proyectos que les permitan retomar el rumbo de sus vidas.

Elaborar el diagnóstico de la tragedia, diseñar el proceso de reconstrucción y poner en funcionamiento los programas para superar la crisis, son tareas urgentes y complejas que seguramente el equipo que acaba de nombrar el presidente Santos sabrá llevar adelante con experiencia y empeño.  Nos corresponde a los colombianos respaldar esta misión y estar atentos a este proceso, para que esta labor no se vea empañada por el clientelismo y la corrupción.

Pero más allá de toda la logística que se está desplegando para la recuperación del país ante la tragedia invernal, el universo nos llama a detenernos frente al momento singular de transición por el cual está pasando el planeta; a comprender el “para qué” de esta evidente actividad del globo terrestre  expresada en terremotos, huracanes, inundaciones y sequías.

Acerca de la situación planetaria se plantean diversas interpretaciones. Una de ellas, es la que se propone desde los movimientos religiosos que consideran que el mundo se va a acabar, que las tragedias que padece la humanidad son anuncios bíblicos y que las catástrofes son los castigos de Dios por los actos soberbios y violentos del ser humano.

Otra apreciación, que viene desde la llamada intelectualidad, tiene la tendencia a ridiculizar la explicación anterior, y coloca el énfasis para interpretar por ejemplo, la tragedia causada por el invierno, únicamente en fallas humanas, como la falta de planeación, la no inversión adecuada de los recursos, la inoportuna construcción de vivienda en zonas de riesgo o en últimas, a los ciclos que siempre se han repetido en la naturaleza.

Lo incuestionable es que con la destrucción de los bosques, la modificación del curso de los ríos, las contaminaciones producidas por los derrames de petróleo y el uso indiscriminado de la tecnología, hemos contribuido enormemente al calentamiento de la Tierra con todas sus consecuencias,  y que como humanidad nos hemos extraviado al considerar que el norte de la existencia es la lucha por el dinero, el poder y el consumo, sin importar a qué costo para el equilibrio del planeta.  Es justamente  la satisfacción de estos intereses egoístas,  lo que sigue dando origen a las guerras, la corrupción y la criminalidad.

Por todo esto la tierra misma nos está diciendo que es fundamental modificar nuestra  relación con su naturaleza,  y con nuestro ideal de felicidad tantas veces sustentado  en el tener, el conquistar y el dominar.  ¿Seguiremos gastando recursos, canalizando talentos para las reconstrucciones actuales y las que vendrán, y soñando nuevos territorios para continuar repitiendo la misma forma de relacionarnos con los demás, con la tierra y con la vida?

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