De los caciques a las urnas

21 de agosto del 2011

Recuerdo lo que se decía sobre la elección popular de alcaldes y gobernadores antes de la Constitución del 91: “El país no está preparado”. Era lo que pensaban los políticos y no es de extrañar, los políticos siempre están climatizados y no quieren que les cambien el hábitat en el que despliegan sus poderes por […]

Recuerdo lo que se decía sobre la elección popular de alcaldes y gobernadores antes de la Constitución del 91: “El país no está preparado”.

Era lo que pensaban los políticos y no es de extrañar, los políticos siempre están climatizados y no quieren que les cambien el hábitat en el que despliegan sus poderes por exiguos que sean. Mucho menos se lo cambian ellos mismos, se suicidarían. Si el ambiente en el que pelechan es el de la elección popular se aferran a ella pero si su modo es el bolígrafo, se agarran del bolígrafo y no lo sueltan. De manera que no se puede creer en lo que dicen los políticos porque sus argumentos vienen después que se responden la pregunta de “dónde voy yo”.

A la camada de “caciques” políticos regionales de los años sesentas, setentas y ochentas que montaron sus toldas al amparo del Frente Nacional, los acabó el cambio de reglas de juego. Cuando desapareció la antigua papeleta y llegó el tarjetón, luego con la elección popular de alcaldes y gobernadores quedaron tendidos en la lona. Porque la papeleta era tramposa y la trampa la manejaban ellos y porque los alcaldes y gobernadores los ponían a dedo.

Para no desgastarse en vueltas y competencias que podían desmontarlos, se amangualaban dos “caciques” y ponían de común acuerdo el títere que les garantizaba que podían seguirse repartiendo la marrana, “esto para usted esto para mí”. La burocracia y los presupuestos de los municipios y los departamentos los manejaban en una libreta que cargaban en el bolsillo y si el títere sacaba las uñas, lo defenestraban así llevara ocho días en el puesto.

El resultado para las comunidades era catastrófico. El estado local era tal cual, de bolsillo, y en las ciudades, pueblos y departamentos mangoneaban por lo general dos personas, uno liberal y otro conservador en yunta. Amos de vidas y haciendas, perseguían y enriquecían al que les daba la gana. Incluso no era raro ver “caciques” de los que se decía “él no roba pero deja robar”. Se contentaban con el trono y el báculo. Contaban con el poder inmenso de señalar quién o el hijo de quién tenía puesto, contratos, privilegios, oportunidades y futuro.

En ese mundo de tiranos quien no tuviera alma de vasallo estaba muerto, no aguantaba la persecución y el garrote. De la dictadura de los “caciques” no se salía sino con la visita de la parca o con la entronización de otro más tenebroso que el anterior, cuando otro gallo más espueludo y arrogante se apoderaba de la plaza a punta de codo, de plata, de intrigas o de bala.

Pocas veces el relevo de estos personajes se hacía al son de discursos convincentes y de teorías y que recuerde, ningún dictadorzuelo de pueblo o de departamento obraba con la mente elevada y puesta en el bien común. Primero estaba la solidez del feudo que se garantizaba a garrote y luego si sobraba tela, los tipos escuchaban con benevolencia lo que les decían voces sensatas e ilustradas sobre el deber ser. Pero ¡ay que alguien intentara pensar por cuenta propia o se atreviera a discutirles sus fallos fundados en caprichos y en intereses de poder!… ¡le “mochaban la cabeza”!… se hacía lo que decía el amo y punto, por ignorante que fuera, que por lo general eran más bien burros.

No digo que las cosas con la elección de alcaldes y gobernadores son perfectas, pero al menos hay derecho al pataleo y a la rectificación cada cuatro años y hasta menos cuando la justicia y los organismos de control funcionan. Ahora ¿Qué cuánto se demora cualquier comunidad para rectificar? Eso depende… algunas son campamentos apacibles de esclavos y de idiotas útiles, pero cuando las comunidades “se ponen las pilas” cambian en las urnas su situación de un batacazo. Se ve en cada elección en innumerables lugares que despiertan. Pero si la ciudadanía es negligente y ociosa, no sale de la rosca perversa que se elige y reelige en cabeza del marido, la esposa, el hijo, el amigote y así… “hasta cuando San Juan agache el dedo”.

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