De nuevo la eutanasia: vivir y morir con dignidad

14 de julio del 2019

Opinión Fernando Fernández

De nuevo la eutanasia: vivir y morir con dignidad

La cuestión de la eutanasia sacude nuevamente a Francia lanzando una viva discusión que reclama un marco legal sólido, en donde sin temores, fanatismos ni arbitrariedades pueda ser ejercida. La posibilidad legal y sin tapujos de implementar la aspiración humana de tener una muerte digna, de finalizar la vida cuando esta deja de serlo realmente, porque el ser humano ha quedado reducido al estado vegetal o condenado a un compendio de dolores extremos sin posibilidad alguna de cura. 

El francés Vincent Lambert sufrió un accidente que lo sometió al estado vegetativo sin ninguna posibilidad de recuperar su normalidad vital. Durante diez años su familia, y a expensas de su total letargo, se trabó en discusiones personales y ante tribunales de justicia para, los unos, perdurar su “vida” en estado vegetativo irreversible a través de intubación y conexión a máquinas alimentadoras, respiradoras y palpitadoras; y los otros clamando por una desconexión del paciente y así cesar ese simulacro de vida a la que estaba siendo sometido. Esta semana un alto tribunal, después de numerosos fallos legales, se pronunció en favor de esta última posibilidad, y permitió que Lambert fuese arrancado de los aparatos que lo mantenían artificialmente respirando y así descansase en paz.

A raíz de este “affaire” que se convierte en símbolo de urgente necesidad de legislación en Francia y en el mundo, he decidido retomar apartes de un artículo publicado por primera vez en este espacio periodístico en el año 2013, por considerarlo de actualidad y de necesidad de debate también en nuestro país.

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Cómo desdeñar la tristeza y dolor que embarga a los enfermos terminales que en la antesala de muerte se entregan a tremendos estertores, aullando conscientes una desgracia que transmiten a su entorno, quien impotente no sabe aplacarles tan horrendos sufrimientos, y que como recurso consolatorio acude a la superstición religiosa para calmar los suplicios que ningún analgésico inventado ya logra menguarles.

Evoco a un conocido cuyo incurable cáncer detectado hace varios años le conduce a un patíbulo cada día más visible, pero que en virtud del dolor le parece lejano, se retuerce de insoportable dolencia, de normal impaciencia y de infamia ante su irreversible degradación física y moral. “Qué dios se acuerde de mí”, musita con frecuencia, es su única esperanza; su familia y contexto cercano calla pensando exactamente lo mismo, rumiando con amor y estoicismo tal desenlace como solución única y final a este monstruoso e injusto padecimiento. Y, claro, pienso también en mí, cuando la inexorabilidad del tiempo pueda marcarme ese mismo derrotero.

  • La palabra eutanasia tiene su etimología en el griego: eu (‘bueno’) y thanatos (‘muerte’).

Pocos se atreven a tomar medidas, a hablar libremente sin los tapujos a que han condenado dos mil años de judeocristianismo, a gritar a los cuatro vientos que la vida tiene sentido cuando es vivida con goce y dignidad; al menos para los que creemos que el hedonismo debe ser una búsqueda permanente, un propósito más real que la utopía de la felicidad. 

  • “La eutanasia es la acción o inacción hecha para evitar sufrimientos a personas próximas a su muerte, acelerando este insalvable proceso para evitar la crueldad del dolor”.

¿De dónde nace todo este sadismo que obliga a soportar tan atroz calvario? Sin duda, sus mayores fundamentos son de origen religioso, cuya ideología ha logrado confiscarnos la propiedad de nuestras propias vidas para ponerlas en manos de un ser extraterrestre a quien aparte de atribuirle omnipotencia sin límites también se le hizo dueño de cuerpos y almas: este experimento de expropiación no ha sido de gran provecho, este fantástico espécimen resultó insensible a nuestro dolor, y parece más bien regocijarse del sufrimiento de los seres que dizque creó con gran esmero.

  • “La eutanasia tiene por finalidad evitar sufrimientos insoportables o la prolongación artificial de la vida de un enfermo.”

Y entonces como único recurso se entra en oración a ese dios bondadoso que “nos ama”, para que acabe con el remedo de vida que resta a quienes de tal manera sufren: que así como los ha traído se los lleve, es decir que cese la sevicia y el sufrimiento a que los ha condenado. Sí, “que dios se lo lleve” dicen/piensan resignadamente… lo que connota que haya un mínimo de humanidad y misericordia, que se detenga la espera sádica de la caprichosa voluntad de la entelequia de leyenda que en el mejor de los casos es autista. El rezo es una petición a un dios para que este se apiade, es una súplica al testaferro de nuestras vidas para que interrumpa el arbitrario e inútil sufrimiento. Cómo si de algo pudiese servir tal oración, aparte de embaucar la mente con engañifas cerebrales. Ya los experimentos de que da parte el científico Richard Dawkins nos han explicado la inutilidad de tal práctica. Se rescata el beneficio de la autosugestión inducida, en cuyo caso un sicólogo entrenado puede ser de mayor utilidad. 

Entretelones se escucha el retintineo sado-dramático: expiarás tus faltas para ser digno de un mejor mas allá, comenzarás tu infierno en tierra, te purificarás antes de entrar al paraíso. Pamplinas. El dolor insoportable es aquí y ahora, y a él hay que ponerle remedio y fin, así como lo hemos venido mermando en tantos siglos de ciencia médica, así como hemos paliado el sufrimiento físico y siquiátrico con descubrimientos terapéuticos que han hecho más llevadero este “valle de lágrimas”.

  • “Más perniciosa práctica es el ´ensañamiento terapéutico´, mediante la cual se procura posponer el momento de la muerte recurriendo a cualquier medio artificial, pese a que haya certeza de que no hay opción alguna de recuperar la salud, con el fin de prolongar la vida del enfermo a toda costa, llegando a la muerte en condiciones inhumanas. Normalmente se hace según los deseos de otros (familiares, médicos) y no según el verdadero bien e interés del paciente”.

Si bien es cierto que la religión y sus creencias fabricadas y fuertemente ancladas constituyen el atolladero no resolutorio, también hace parte de este meollo la impotencia que produce la ausencia (o precariedad) de un marco jurídico que permita una celeridad que evite el extremo dolor, sin convertir a los actores bienintencionados en delincuentes, y evitando obviamente abusos que pudieran derivarse de un inadecuado uso. 

¿Quién no ha tenido que vivir de cerca este drama, esta fatalidad? Y ¿cuántos podrán escapar de vivirlo personalmente? Pocos, muy pocos. Se utilizan eufemismos para no herir susceptibilidades y eludir la discusión religiosa y legal, por ejemplo se habla de “limitación del esfuerzo terapéutico”, práctica muy común en el mundo médico.

Mientras nos liberamos de todas estas trabas religiosas y se defina un marco legislativo, sigo divulgando entre mis cercanos que llegándome una imposibilidad de recuperación corporal frente a una enfermedad extrema, se me salve de un sufrimiento intolerable, de una vida vegetativa e inhumana; que me ayuden no con rezos sino con métodos eutanasiadores, como la sedación profunda que me libere de tal tormento. Claro, firmaré un documento escrito para evitarles problemas, por fortuna existen asociaciones que propenden por este derecho y permiten dejar constancia expresa de la voluntad del único dueño de nuestros propios cuerpos: nosotros mismos.

No estamos condenados al sufrimiento extremo y menos en contra de nuestra voluntad.

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