De Pepe Zuleta, a quien conocí en un café

27 de noviembre del 2010

A veces para José Zuleta Ortiz lo ajeno es lo que no le pertenece. Lo que impulsa al balcón de la amante de otro, al asalto erótico de “La mujer de en frente”,  en el poema Mirar otro mar (2006) que termina con la frase: “Todos somos amigos de lo ajeno”.  Origen del título de otro cuento y de la antología Todos somos amigos de lo ajeno que reúne trece relatos publicada por Alfaguara en mayo pasado.  Porque los poemas y los relatos de Zuleta se articulan como vasos comunicantes.  Láminas de cristal que se reflejan unas a otras.

Es ladrona y hace trampa Irina, la croupière del casino del Hotel Intercontinental de Cali para pagar las deudas de su padre en “La última carta”. Lino de Pombo, por el contrario, se deshace de lo suyo al liberar, arrebatado de pasión avasallante, a su esclava Francisca en “Fuego sobre el estanque”. Guardan lo ajeno los criminales de “Tinta fresca”.  Adolfo invade lo que no es suyo en “Se alquila pieza a persona sola”, que me remite a la literatura fantástica.  También se roba o se presta de una tradición literaria.  Como en “Un perrito color té claro” que evoca a Bioy Casares y me suena a Borges.

Tomar lo ajeno es usurpar la creación artística, quehacer interrogado en toda la colección. Fernando en Barcelona es el falso autor de un cuento atrapado en otro cuento, el ya aludido “Todos somos amigos de lo ajeno”.  Y si Fernando con su suplantación triunfa en un concurso, con Laura Viscailuz como jurado, Zuleta no se queda atrás de su personaje al ganar con esa narración y otras que dialogan con lo ajeno de diversas maneras, el Premio Nacional de Literatura a Cuento Inédito 2009. Reconocimiento a una escritura limpia, de semanas de borrar y reescribir sobre el borrón.

En “Escribano del agua”, o la peste de la vanidad de ser publicado que nos ha invadido, hay autores que no lo son, obnubilados por el éxito fácil.

Lo ajeno puede ser la niñez distante: “Atisbo la infancia disuelta en olvidos y sé que en ella está todo cuando puedo cantar”, dice el poeta que hace cuentos.   Él, a los nueve años, en San Fernando, en “Vinieron para despedirse”.   Y es separarse del hijo hasta olvidarlo, la peor de las omisiones, uno de los objetos abandonados que guarda en su caja de embolar el protagonista de “Ladrón de olvidos” hasta cuando, borrado de todas las memorias, le llega la muerte. La muerte real.  Mi relato favorito.

El exilio y la nostalgia son formas de extrañeza.  “Barcelona”, sueño de mejor vivir que se descompone para que Aurelio regrese a Colombia.  Intento de realizar el  “European Dream” que se repite en “Cuando vuelva, van a ver”.

En tiempos de burlar los límites y de exaltación del caos refresca una escritura sin dramatismo. Casi inefable.  Salida del asombro de mirarse al espejo reconociéndose en él.

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