De raizales y extranjeros

26 de julio del 2011

Una persona xenófoba odia todo lo que le es ajeno, extraño o diferente. Una persona xenófoba puede llevar este odio hasta la persecución y el exterminio. Una persona xenófoba puede cualquier día tomar las armas para matar 90 personas, explotar un carrobomba en la mitad de Oslo y convertir su locura en asesinatos, como acaba […]

Una persona xenófoba odia todo lo que le es ajeno, extraño o diferente. Una persona xenófoba puede llevar este odio hasta la persecución y el exterminio. Una persona xenófoba puede cualquier día tomar las armas para matar 90 personas, explotar un carrobomba en la mitad de Oslo y convertir su locura en asesinatos, como acaba de suceder con un rubiecito sicópata y xenófobo en Noruega, o como ha sucedido muchas veces en la historia de la humanidad, en Alemania, la Antigua Yugoeslavia o Ruanda.

Los países, las ciudades, las regiones o simplemente algunas agrupaciones se escudan en la xenofobia para disculpar sus propios fracasos. Hitler acusaba a los judíos de la crisis de Alemania y los ultraderechistas europeos señalan a los “sudacas” como los causantes del desempleo en la Eurozona. La derecha norteamericana intenta recrudecer la persecución contra los inmigrantes ilegales dizque para detener la crisis económica. Todos estos grupos xenofóbicos actúan de la misma manera: culpan a otros de sus errores y luego los persiguen, bien sea como una acción individual o como una política de estado, pero el resultado es el mismo, la discriminación.

A los xenofóbicos hay que tenerles miedo porque son torpes y los torpes se convierten fácilmente en asesinos, enfermos de odio y enceguecidos por sus propios fanatismos, sean étnicos, religiosos, sexuales, territoriales o económicos.

En Cali, mi ciudad, cada cierto tiempo salen a relucir tendencias xenofóbicas para señalar a los “no caleños” como culpables de la crisis del municipio. Que si hay muchos negros del Pacífico, que si los que deben gobernar son los caleños raizales, que si tal persona es paisa, o pastusa, que si los apellidos no son tales o cuales y así van construyendo una ideología política dizque para garantizar que la ciudad salga de su atraso.

Estas son torpes imitaciones de la xenofobia internacional. Tal vez quisieran que las gentes de la Costa Pacífica se devolvieran todas para Guapi, Timbiquí, Tumaco o Quibdó. Tal vez desean que los corteros de caña llegados de Nariño, dejaran este oficio en manos de caleños de nacimiento. Tal vez preferirían que nadie se casara con personas de Bogotá, Medellín, Popayán, Pereira o Barranquilla, que sólo se dieran matrimonios entre caleños y así asegurarían una ciudad mejor.

¡Ay de Cali si prospera esta miope visión de lo que es una ciudad! ¿Qué habría sido de Nueva York sin los millones de inmigrantes que la convirtieron en una metrópoli diversa? ¿Qué pasaría en París sin musulmanes o en Madrid sin sudacas? No nos engañemos, a Cali y a cualquier ciudad o Estado la tienen que gobernar las mejores personas, no las nacidas en tal o cual cuna, aunque esa cuna sea de oro y esté ubicada en el mejor barrio de la ciudad.

El debate sobre alcaldías y gobernaciones no se puede desviar a expresiones xenofóbicas para pedir la partida de nacimiento de los y las candidatas. De ser así en Bogotá tendrían que prescindir de candidaturas tan importantes como las de Petro y la Parody, ambos procedentes de la Costa Atlántica, y en Cali deberían descabezar a Clara Luz Roldán, María Isabel Urrutia o Sigifredo López, por no haber nacido en la Clínica de Occidente.

Para ser elegido gobernante lo que hay que ser es probo, limpio, capaz y no violar la ley y esto se mide en las campañas, no en las partidas de bautismo; en los debates, no en los ataques rastreros por twitter; en la trayectoria de quienes se  postulan y no en sus relaciones sociales; y sobre todo se mide en las actitudes éticas que se asumen para hacerse elegir, donde no deben caber esguinces a las normas de financiación, inhabilidades, dobles militancias o publicidad. Lo demás es pura y torpe xenofobia.

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