De una semana a otra

25 de noviembre del 2015

En un mundo en el que el terror y todos sus tentáculos se han globalizado.

De una semana a otra

No alcanzamos a digerir lo que nos han hecho tragar cuando ya nos están atiborrando de nuevas atrocidades. Podría decir que nos están convirtiendo en adictos al dolor, al sufrimiento y al terror que nos aplican sin compasión alguna.

Qué bien se aprovechan de la penosa condición a la que nos han llevado, durante el desencadenamiento de lo terrible, cuando nuestra capacidad de asombro y la necesaria reacción de repudio ante los ataques cometidos acá y allá se han visto ensombrecidos por la continua aparición en la escena nacional y mundial de desmanes uno peor que el otro.

No nos permiten un segundo de respiro para mantenernos anestesiados a punta de dosis cada vez mayores de violencia e injusticia. No es de extrañar que a una noticia terrible se le sume otra y otra; es su forma de distraer para que no fijemos nuestra atención en aquello que entrañe cierta gravedad.

Con que vergüenza ajena recibimos los colombianos las falsas palabras de rechazo de Santos ante los ataques terroristas en París, conociendo de sobra la hipocresía y falsedad en todos sus actos. En nada nos equivocamos al recibir con desprecio ese gesto histriónico de desgarrarse las vestiduras ante los atentados en París cuando presenciamos como cambió el libreto de tragedia a comedia.

Lo que tenía preparado el dictadorzuelo de entrada para el festín era el indulto como un premio a los terroristas que han azotado a Colombia durante décadas. La claudicación total será el segundo plato para tan hambrientas bestias y de plato fuerte un país bien sazonado durante cinco años.

Mientras el mundo libre responde a los ataques de los terroristas no le queda tiempo para mirar el patio trasero de Obama. Craso error del que se aprovechan las ratas cuando se limpia la casa y la basura se tira en el patio. Pareciera que El Bumerán Chávez del periodista Emily J. Blasco escrito desde Washington, la ciudad en la que se conoce todo lo que ocurre en cualquier lugar del planeta, la misma en donde un periodista de mirada tan aguda como lo es el connotado corresponsal del ABC de España desenredó el intrincado nudo de alianzas del terrorismo internacional con la poderosa empresa criminal compuesta por narcoterroristas de nuestro continente en la que sobresalen las FARC, quedó condenado a un rincón del patio trasero sin que se ocupen de él.

¿Cómo entender un acto de tamaño cinismo que sobrepasa las fronteras, como el de congraciarse con quienes son aliados de los que cometieron los actos terroristas en Francia, pase de agache entre la comunidad internacional? Lo que está ocurriendo en Colombia es de tal magnitud que si los mandatarios del mundo libre no lo ponen en su agenda de guerra al terrorismo las consecuencias serán aterradoras.

En un mundo en el que el terror y todos sus tentáculos se han globalizado, descuidar gestos de tamaño cinismo como el de Juan Manuel Santos, tan sólo comparables a los de Gadafi o Chávez, van a resultar muy costosos para la paz mundial.

Si hasta ahora no habíamos podido comprender la mirada complaciente de una parte del pueblo colombiano con las concesiones de Santos al terrorismo, de una semana a otra se nos ha vuelto imposible entender esa mirada condescendiente de parte de los mandatarios y del pueblo de los países del primer mundo.

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