El gran debate o la gran debacle

24 de mayo del 2014

“La paz es sagrada y por eso hay que sacarla de la campaña electoral”.

No se esperaba mucho de un debate presidencial antecedido por el juego sucio y las acusaciones mutuas, de última hora, sobre actividades ilegales en cada campaña, entre los dos candidatos que punteaban las encuestas. Muy poco se aspiraba a ver un sano debate ideológico o político en televisión en medio de un ambiente enrarecido por los falsos positivos de infiltración de dineros calientes en un bando y de espionaje a la paz o a las mesas de negociación en La Habana, en el otro. Un debate al que se negó durante semanas el principal contradictor de los demás, el candidato presidente, porque prefirió la batalla mediática y el uso del poder para hacer promoción a su gobierno, en una novedosa modalidad de propaganda política pagada por el Estado. Hubo mucho ruido de expedientes y de sindicados que no permitió las nueces de escuchar las sustanciales diferencias de pensamiento o de propuestas de gobierno por parte de los candidatos.

Un debate en el que ninguno de los acusadores ha podido demostrar contundentemente las pruebas en contra del otro. Ni el expresidente Alvaro Uribe, promotor de Oscar Iván Zuluaga, pudo exhibir los soportes de sus afirmaciones cuando sugiere que 2 millones de dólares, de los 12 que habrían entregado los narcos al asesor JJ Rendón, entraron a la campaña de Santos, ni el bando del candidato presidente ha podido demostrar que el tal hacker, con el que la Fiscalía ha puesto su granito de arena para alinderarse políticamente, cometía delitos de interceptación o de acceso a información secreta del Estado colombiano por órdenes del candidato uribista. El debate no podía ser atractivo como ejercicio de controversia político-académica, o propositivo sobre modelo el económico o político porque resultó ser más mediático y jurídico ya que se centró en el desprestigio del contrincante para lograr una especie de subjudice de opinión a partir de una emoción descalificadora del contrario.

Un debate electoral en el que no han sido ocultas las preferencias de los grandes medios de comunicación, unos por parentescos y otros por cuenta de la larga mano de la mermelada, que se han parcializado a favor del candidato presidente, por lo cual no podía despertar grandes expectativas de neutralidad. Por eso el debate al final resultó un poco soso y si acaso tuvo momentos emocionantes fue cuando se entró precisamente al terreno de la guerra sucia que se han hecho el candidato presidente y el aspirante Zuluaga. De resto, con muy poco entusiasmo, apenas se logró que Enrique Peñalosa explicara su visión, contraria a la de Santos, sobre una minería con prioridad ambiental o que Marta Lucía Ramírez planteara su discrepancia con negociar la paz en medio del conflicto, sin exigir a las FARC no involucrar a la población civil y suspender ya las acciones terroristas.

El hecho es que las ideas por buenas que sean como la de Clara López sobre la necesaria participación política de los guerrilleros o las del propio Oscar Iván Zuluaga sobre la necesidad de pactar el cese al fuego con las FARC, son sólo un lunar en el debate. Lo que brilla son los consejos de los publicistas que le sugieren al presidente Santos hablar de extrema derecha para descalificar a Uribe, como si alguien creyera que Santos no es de derecha; o un Zuluaga fingiendo salirse de los chiros para exigir respeto cuando le sugieren que gobernaría bajo los dictados de Uribe. O cuando Santos dice que vino a descubrir que Uribe dice Mentiras, como si no hubiera sido cómplice de ellas en los ocho años anteriores. O el cuento chino de que la gran mentira de Uribe es que habla de fraude en las elecciones pasadas. ¿Será que Santos cree que en Colombia no hay fraude, que no se compran votos, que no se usa la mermelada para obtenerlos o no se arreglan elecciones en las registradurías regionales? ¿O será que Santos es quien se dice la gran mentira, y además se la cree?

En todo caso el debate reflejó que si gana Santos o Zuluaga el país irremediablemente asistirá en los próximos cuatro años a una profunda crisis de gobernabilidad. O como dice el candidato Enrique Peñalosa, que se la van a pasar acusándose y defendiéndose. Y el país ya conoce lo que significa esto desde esas épocas no muy gratas del proceso 8.000. Aparte, el debate dejó escuchar un par de mujeres de mucho perrenque como Martha Lucia Ramírez y Clara López que bien hubieran podido jugar un mejor papel en un escenario no polarizado. A un Peñalosa frentero, deslindado de Uribe y que tiene claro que trabajaría con uribistas o santistas siempre y cuando sean calificados. Dejó ver un Santos que hubiera manejado mejor las cosas si no fuera por las concesiones clientelistas que tuvo que hacerle a su vicepresidente Germán Vargas Lleras y a un Zuluaga que hubiera sido un buen candidato de no haberse comprado las peleas viscerales del expresidente Uribe.

Al final de cuentas lo que también se nota en este debate y en sus consecuencias en las redes sociales es que la polarización se tomó definitivamente el escenario. Y si bien eso en muchas ocasiones permite que emerja una tercería refrescante, no es menos cierto que las tercerías entre dos polos radicalizados pueden sufrir un efecto demoledor. En un panorama polarizado, o se emerge como espiral centrada y como alternativa a la confrontación sectaria o se desaparece por el efecto moledor de la licuadora. En la polaridad brotan las pasiones, y aún más las bajas; y una posición no radical es bien vista por los que no quieren entrar en ese juego. Al tiempo que la aparición de la tercera vía despierta respeto y tiene acogida, nunca logra la febrilidad que despierta la radicalidad, en los apasionados de los polos opuestos. Los votantes neutrales se alegran de que exista un Peñalosa, por ejemplo, pero jamás se irían a hacer matar por él. Y el voto sin pasión camina lerdo.

Pero en medio de todo resulta crucial que se dé una segunda vuelta entre Santos y Peñalosa. El candidato verde merece llegar a la segunda vuelta para que el debate por la presidencia se cualifique. Para que se salga de las páginas judiciales y se sitúe en las políticas. Para que las guerras sucias queden en evidencia si los asesores de Santos, los alumnos de JJ Rendón, la pretenden utilizar. Pero lo que es seguro es que la disputa entre Santos y Peñalosa subiría el nivel de gamines que ha adquirido la puja entre los candidatos punteros. Los colombianos deben apostarle a que la segunda vuelta sea un debate con ideas, donde no juegue cínicamente la mermelada, no campeen irresponsablemente las estrategias difamadoras y no tengan oficio los asesores que soportan su éxito en el desprestigio del contrario, donde la sombra de la guerra entre uribistas y antiuribistas no marque la agenda. Y sobre todo donde no se juegue con la paz. La paz es sagrada y por eso hay que sacarla de la campaña electoral, o si no serán las FARC las que pongan la agenda y eso sería la gran debacle.

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