En defensa de la fogosa Paloma Valencia

En defensa de la fogosa Paloma Valencia

29 de agosto del 2016

Quienes conocemos la medianía del Congreso, a veces más pobre que rico –hablando de condiciones académicas o intelectuales- miramos con simpatía y admiración a la senadora Paloma Valencia, al margen de su fogosa admiración por Alvaro Uribe Vélez. O quizá por lo mismo, por su lealtad y firmeza con el polémico expresidente.

Pocos tienen el bagaje cultural y la erudición de la aguerrida congresista, situación que la pone en lugares de privilegio. No por apellidos ilustres, que los tiene. O condiciones económicas y abolengos de los cuales también dispone. Sino por su erudición que le permite participar en los más encumbrados debates sobre la vida nacional.

“No soy una artista”, dice autora del cuadro de San Uribe 

Que si políticamente se está de acuerdo con ella, es otro asunto. Pero imposible desconocer el verbo, la capacidad oratoria, el enorme conocimiento, fruto de su paso por encumbradas universidades del mundo.

Y para quienes no la conocen de cerca, doy testimonio que goza de buen humor y alta sensibilidad. No de otra manera se mofa ella misma de tanta sátira por una cosa o por otra. Por el tono vehemente de un discurso o el cuadro de Uribe que pintó una gran artista, que también imaginó en su santidad a otros personajes de la vida nacional.

Hay quienes son devotos de Galán, o de Santos o de Pizarro. Algunos lo serán de Timochenko. Pero ella lo es de Uribe, respetable como todas las relaciones de admiración o rechazo que tienen los colombianos con sus políticos.

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¿Que tiene una voz aflautada, o chillona, o que grita en sus discursos? Eso es relativo. La voz de Jorge Eliécer Gaitán resultaba estentórea. Y de Santos se decía que era tatareto.

Depende también del momento. No es lo mismo una entrevista –donde Paloma se muestra aguda, cordial, inteligente, nunca insulta ni agrede- y otra muy distinta es el calor y la emoción de la plaza pública o el auditorio efervescente, donde el público se estremece, grita, sube, llega incluso al arrebato.

Obviamente que ese discurso emocionado no puede escucharse con la misma percepción un domingo por la mañana en piyama. Quien lo haga puede quejarse de una estridencia innecesaria.

Averiguando sobre el particular, en ese discurso que tanto le critican a la senadora, establecí que la aplaudieron por casi cinco minutos continuos, contagiados por la vehemencia partidista, su fuego verbal lleno de alusiones y consignas que la gente compartía y celebraba.

Nadie me ha llamado a defenderla y pienso distinto, no soy uribista ni milito en el Centro Democrático. Pero encuentro plausible su ejercicio político y también el tono de sus discursos.

Me quedo con ella y no con un senador de la misma bancada, cuya acción más sobresaliente es cargarle el maletín al exmandatario.

Para destacarse en el Congreso hay que tener más que la condición de reptil. Y es aquí donde me le quito el sombrero a la lúcida y combativa Paloma Valencia.

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