Del morir y del vivir

6 de agosto del 2011

Extraña acuciosidad la del ser humano en aferrarse a la vida terrenal. Extraña también la sensación de fracaso que tienen médico y familia cuando un alma decide retirarse del cuerpo y este muere, muere la persona, más no así su esencia. Por más que nos lo digan, por más que nos hablen repetidas veces sobre […]

Extraña acuciosidad la del ser humano en aferrarse a la vida terrenal. Extraña también la sensación de fracaso que tienen médico y familia cuando un alma decide retirarse del cuerpo y este muere, muere la persona, más no así su esencia.

Por más que nos lo digan, por más que nos hablen repetidas veces sobre la vida después de la muerte, no podremos estar en paz a menos que sobrevenga una experiencia que nos permita vislumbrar dicho estado. Mientras tanto sufriremos por querer permanecer “vivos” y crearemos aparatos, técnicas y teorías que fomenten la prolongación de la vida. No cejaremos en ese intento hasta tanto no vivamos la realidad mayor, aquella que existe allende nuestros limitados sentidos humanos.

Requiere valentía inusitada oponerse a la cultura de la lucha ante la única certeza que tenemos, la muerte. Continuamos todavía queriendo prolongar la existencia a toda costa. Así mismo la sociedad implora la eterna juventud, detener el envejecimiento es la meta, aunque en la realidad solo sea el vivir de apariencias. Dejarse ir, no luchar es de bravos, de héroes. Cuando la muerte toca a la puerta y anuncia su próxima visita, requiere de entereza acogerla, prepararse cerrando círculos, brechas, soltando todo, todo en lo que hemos basado la existencia. Se nos tildará de lo opuesto, de cobardes, flojos y mucho más. Se nos trataran de imponer las ideas ajenas, los criterios culturales. Seguir el propio rumbo, la conciencia personal y no desviarnos, repito, es de valientes.

Enfrentar el proceso de morir, si tenemos esa maravillosa oportunidad de saberlo con antelación, depende exclusivamente del cómo hemos vivido. Se reflejaran en el período entre la noticia y la muerte propiamente dicha, todos y cada uno de nuestros principios y valores, manifiestos en los actos que hemos realizado a lo largo de la existencia terrenal, y en especial en lo que ellos, los actos, sembraron en los demás en forma de sentimientos.

¿Podremos los médicos algún día acompañar a esa persona que decide parar o no realizar tratamiento alguno para su enfermedad, conociendo que desembocará en una muerte pronta, sin que nos embargue la duda del bien y del mal, la culpa del hacer o dejar de hacer, o el sentimiento de fracaso? ¿Podremos enfrentar nuestra propia finitud? Si, si creo que lo lograremos. Será un camino espinoso, pero como siempre con el verdor de la pradera adelante.

Recuerdo haber leído en días pasados la anécdota, cierta o no, en que Alejandro Magno solicitó que en su entierro fueran los más prestigiosos médicos de ese entonces quienes cargaran su ataúd, con el fin de que ellos llegaran a reconocer sus propias limitantes ante la enfermedad y la muerte.

Ya existirá algún día la cátedra en las facultades de medicina donde nos hagan reflexionar sobre el momento adecuado de parar, suspender o decidir no administrar un tratamiento. Donde logremos la capacidad de decir, no más, es suficiente, basta ya.

Llegará el día en que como seres humanos descorramos el velo que nubla nuestra visión, que nos hace no ver más allá de la vida terrenal. Ese día viviremos cada instante a plenitud, gozando al máximo esta experiencia humana, sin sufrimiento, para acoger luego la nueva vida al morir, así como el feto en el vientre de la madre, muere en sentido figurativo, muere a ese ambiente, para nacer a la luz del día.

www.medicointerior.com

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